La sensatez. (El cuento de los siete sabios)


 

Por Pedro Paunero

            Trasíbulo, tirano de Mileto, llamó aparte al mensajero, separándolo de los hombres que habitualmente lo rodeaban en su palacio y lo llevó hacia los jardines.

-Me siento muy honrado de que Periandro tenga en alta estima mi opinión. A la duda que le atormenta no responderé con palabras sino con acciones. Tú debes mirar y guardar silencio. Todo lo que veas hacer por mi parte se lo haré saber a tu señor mediante una epístola que le enviaré.

Trasíbulo cogió una vara larga y delgada y segó de golpe las mieses que crecían en el campo. Luego escribió la epístola.

Trasíbulo a Periandro.

            Nada respondí a tu enviado, sino que llevándolo a un campo de mies, vio cómo cortaba yo las espigas más altas dándoles con una vara; si se lo preguntas, él te contará lo que oyó y vio. Obra tú así, ya que quieres retener el mando: deshazte de los ciudadanos poderosos, parézcante enemigos o no, pues al tirano aun los amigos le son sospechosos.

 Periandro, el tirano de Corinto, estaba en el muelle rodeado de sus guardias armados. El aire olía a sal y la tarde caía anaranjada y tranquila. El tirano cerró los ojos y respiró profundamente.

Buena es la quietud –murmuró. El escriba, a su lado, siempre solícito para coger al aire todo lo que de los labios de Periandro sonará a filosofía, apuntó con el estilete sobre una tabla de cera dicha sentencia; Periandro inclinó luego la cabeza y dijo en voz alta-: Que este cargamento que envío a Trasíbulo de Mileto, como obsequio a sus sabios consejos, llegue a su destino con bien. ¡Que así sea, en nombre de Apolo Embasio, protector de los embarcos y de Apolo Ecbasio, protector de los desembarcos!

Levaron anclas en el muelle y el tirano, sus guardias y su escriba, miraron cómo la embarcación se perdía en el mar. Volvieron al palacio y los corintios que le salían al paso o se apartaban o saludaban, así de divididos estaban en opiniones sobre Periandro:

-¡Salve Periandro, benefactor de Corinto!

-Que los dioses te concedan larga vida, sabio entre los siete.

-¡Mírenlo, nadie antes que él se ha rodeado de guardias armados! ¿A qué, pues, le puede temer un sabio?[1]-preguntaría alguien.

-A los cambiantes designios de Apolo, tal vez- le responderían.

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El rey Egeo consulta a la pitonisa de Delfos. (Cerámica griega del siglo V a.C.).

En el mar de la isla de Cos una tormenta echa a pique la embarcación enviada por Periandro. Un mensajero a caballo llega a Corinto con la noticia del viaje interrumpido, asciende los escalones del palacio, los guardias le ceden el paso ante la premura de sus pasos y la ansiedad en su voz. Atraviesa las salas de mármol y cedro, sale a los jardines posteriores, asciende los cincuenta escalones hasta el Tholos[2] edificado sobre una colina y rodeado de cipreses altos, llama y se le abren y franquean las puertas. Dentro, sentados sobre cómodas sillas idénticas dispuestas en heptágono bajo el óculo de la cúpula, desde el cual se filtra el sol del mediodía y cae sobre un gnomon en el suelo, encuentra a los siete disertando sobre el devenir humano. Periandro se levanta y atiende al mensajero quien pone una rodilla sobre el suelo y no levanta la mirada.

-He traído hasta esta sala noticias aciagas. La embarcación que ha salido a Mileto ha zozobrado y la carga se ha perdido en el mar de Cos.

Los seis, en sus sillas, se miran y murmuran entre ellos. Periandro se vuelve y pide consejo.

-Ha sucedido en las aguas que bañan tu tierra, Tales. ¿Qué aconsejas hacer?

-En mi caso volveré a Mileto –responde Tales.

Periandro se va dirigiendo a cada uno de sus huéspedes, quienes se van levantando de la silla conforme les va nombrando.

-¿Tú, Cleóbulo?

-Regresaré a Lindos.

-¿Y tú, Solón?

-Volveré a Atenas.

-¿Tú, Quilón?

-Regresaré a Esparta.

-¿Y tú, Bías?

-Yo volveré a Priene.

-¿Y qué harás tú, Pítaco?

-Yo.. volver a Mitilene.

Los seis célebres huéspedes montan caballos blancos y son custodiados hasta las puertas de la ciudad. Van cargados de regalos; desde ahí, algunos embarcan, otros continúan el viaje por tierra hasta sus respectivas ciudades y, aunque todos poseen y practican la imperturbabilidad de espíritu y la templanza de las acciones, no pueden evitar un ligero desasosiego, como si el azar o los dioses -o aquello que une al azar con los dioses-, les sometiera a una prueba.

 

-¡Bien –dice el joven de la Jonia continental, cubriéndose del sol los ojos con la mano-, pagado está el pescado por adelantado! Aquí los esperamos, háganse a la mar.

-Has dicho verdad –responde el pescador milesio-, la mañana se levanta y los peces, con esta, asoman la cabeza entre las olas.

Los tres pescadores se hacen al mar. En un campamento improvisado, sobre la playa, aguardan los tres jonios continentales, comiendo pan con miel y bebiendo agua de frutas silvestres. No se ha separado mucho de la costa la barca cuando al primer lance de red no es pescado lo que los pescadores sacan. Al principio se asustan y uno de ellos cae sentado sobre la barca al tirar de la red sobre él.

-Pero esto… ¿qué es?

-¡Es un trípode sagrado! –responde el otro.

-¿No será parte del cargamento de la embarcación que se dirigía a la capital y que zozobró hará cosa de siete días?

-Eso debe ser y por lo tanto no podemos darlo a los jonios que aguardan en la playa.

-Aquí hay suficiente pescado para ellos –opina el tercero.

Vuelven. Se acercan a la orilla. Los jonios se levantan y observan.

-Aquí está su pescado –dice un pescador, desde la barca.

-¿Qué más traen ahí? –pregunta uno de los jonios.

-¿Es un trípode, acaso? –dice otro.

-Nos darán eso también ¿eh? –señala el tercer jonio con el dedo.

-Ustedes han pagado por pescado, no por esto.

-Hemos pagado por aquello que ustedes sacaran con la red al primer lance, y han sacado pescado y este objeto… ¡El trípode es nuestro con todo y el pescado!

-El trípode debe ser parte del cargamento que Periandro de Corinto envió a Trasíbulo, nuestro tirano en la capital, por lo tanto debe quedarse aquí.

-Nosotros devolveremos el trípode a su legítimo dueño pues fue un regalo proveniente de Corinto –expresa otro de los pescadores.

-No, nosotros hemos pagado por aquello que la red de ustedes pescara. Y “pescar” significa atrapar con la red cualquier cosa de las aguas. ¡El trípode es nuestro!

Los seis se acaloran bajo el sol apolíneo que asciende en aquella mañana que huele a sal y a sudor y a pescado. Los seis discuten en voz alta y uno asesta un golpe al otro. En apenas una hora, los seis se encuentran trenzados en una lucha campal, el pescado y la arena saltan por los aires, la sangre comienza a manar, mientras sobre la barca brilla el trípode de la discordia.

Alguien observa la pelea desde una colina cercana y da aviso en el pueblo, pronto llegan hombres armados para dirimir la cuestión. Los seis exponen sus puntos de vista ante las autoridades. Nadie se pone de acuerdo ni se toman acuerdos. Los jonios son expulsados de la isla no sin antes habérsele devuelto el pago que habían dado por el pescado. Es enviado un mensajero a Mileto, la capital, que cuenta toda la historia ante las autoridades competentes. A Cos llega una comisión para zanjar la cuestión pero los pescadores ahora han cambiado de parecer.

-Usamos nuestra red y nuestra embarcación y, como bien señalaron los jonios, lo que hemos sacado es nuestro. En todo caso, quienes han perdido han sido ellos. Nosotros nos quedaremos con el trípode.

Los comisionados vuelven a Mileto y cuentan todo a Trasíbulo, quien envía doscientos hombres armados que amenazan con tomar a sangre y fuego a Cos. Los pescadores no ceden y los capitalinos tampoco y pronto se desata una batalla en la que mueren cientos. Al presenciar todo aquél desastre Trasíbulo manda a dos hombres a consultar al oráculo de Delfos. La pitia, por cuya boca habla Apolo, envuelta en vapores olorosos y en un trance que le arquea la espalda hacia atrás, como en un ataque epiléptico, les ofrece una respuesta en apariencia clara:

 

¿A Apolo preguntáis, prole milesia,

cúyo ha de ser el trípode? Pues dadle

a quien fuere el primero de los sabios.

 

¿El primero de los sabios? ¿El primero de los Siete Sabios de Grecia? Los de Cos y los de Mileto han derramado suficiente sangre y concuerdan en que el primero de entre los siete es Tales. Parte una delegación con cinco caballos, un carro y tres hombres llevando el trípode hasta él y sus sirvientes tienen que buscarlo en el campo, porque el filósofo suele caminar y meditar bajo los manzanares que ahí crecen.

-Sabio Tales –se dirige a él uno de los sirvientes-: hasta ti ha llegado una delegación con un regalo, mismo que el oráculo ha indicado que sea para el primero entre los sabios.

Tales recibe a la delegación. Toda la historia le es contada.

-Sé lo de la embarcación zozobrada y también lo del trípode recuperado pero no sé si yo sea el primero de entre los siete.

-¿Es que no tienes confianza en tu propia sabiduría? –le espeta uno de los delegados.

En la confianza está el peligro –les dice Tales y con esa máxima será recordado en el futuro- Llévenle el trípode a Bías de Priene, él sabrá qué hacer con él.

La delegación llega hasta Priene y encuentran a Bías comiendo una manzana, le cuentan toda la historia y cómo Tales lo ha escogido a él para recibir al trípode.

-Sé de la contienda entre Cos y Mileto pero no creo ser el más sabio de los siete. Además no necesito riquezas, me basta con mi propio pensamiento y mi templanza que es lo mismo que decir que llevo todos mis bienes conmigo –les dice Bías y con esa máxima será recordado en el futuro-. Llévenle el trípode a Solón, probablemente él sabrá qué hacer con dicho objeto.

La delegación se dirige a la deslumbrante Atenas y encuentran a Solón sembrando un puñado de semillas de manzana en un tiesto. Le cuentan toda la historia hasta terminar con el encuentro con Bías y cómo este le ha remitido el trípode.

-Sé de la contienda entre Cos y Mileto pero no sé si yo sea el más sabio de entre los siete. Un trípode condujo a acciones desmedidas al grado de desatar la guerra entre ciudades hermanadas. Y yo pienso que nada debe ser con exceso, sino todo con medida –y pronuncia esa máxima con la que será recordado en el futuro-. Ahora lleven el trípode hasta Quilón de Esparta, quizá él sepa qué hacer con eso.

La delegación llega hasta Quilón y lo encuentra en su austero palacio, desnudo y frío, mirando una puesta de sol y con tres espigas de trigo en la mano. Le cuentan toda la historia y de cómo el trípode le ha sido enviado desde Atenas por Solón.

No permitas que tú lengua corra más que tu inteligencia –les suelta de golpe, y esa será la máxima con la que Quilón será recordado en el futuro-: Si aceptara ser el más sabio de los siete estaría en un grave error. Yo no sé qué hacer con ese trípode, llévenlo a Pítaco de Mitilene, quizá él sí lo sepa.

Los delegados, que para entonces ya van cansados, conversan entre sí:

-¡Maldito trípode, yo que ustedes hago como que desaparece y lo envío de nuevo al ancho seno del mar!

-No podemos hacer eso… todo este… asunto… esta cuestión que nos trae de aquí para allá es cosa de los dioses… ¿No ven cómo hasta los más sabios se quieren quitar de encima el objeto este?

-¡Por eso mismo te lo digo! ¡Echémoslo de vuelta al océano! Que se vaya hasta el fondo…

-No… alguno de los tiranos es capaz de cortarnos la cabeza, quemarnos vivos o castrarnos si se enteran que nos hemos deshecho del trípode.

Así, discutiendo, no se dan cuenta que llegan a Mitilene. Deciden enviar a buscar a Pítaco. Lo encuentran en su retiro en el campo.

-¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos sean! –les recibe con los brazos abiertos-. Este pedazo de tierra es lo que he conservado de una gran extensión que los milesios me han ofrecido en recompensa por gobernar su república. Pero como para mi esta pequeña parte me parece mayor que el todo, es lo único que he dejado para mí.

Los delegados le cuentan toda la historia hasta llegar a Quilón y cómo este le ha enviado el dichoso trípode. Pítaco se rasca la cabeza. Les indica con el dedo a los delegados que le sigan. Caminan un poco a la sombra de manzanos.

-¿Huelen el aire? Mis conciudadanos lo llaman “El campo Pitaqueo. ¡Vean, yo siembro manzanas! –y se pone a regar una serie de tiestos con plantitas de manzanos de un color verde tierno-. No necesito cosas materiales para vivir. Si quieren conocer a un hombre, revístanlo de un gran poder. El poder no corrompe, desenmascara –y con esa máxima sería recordado Pítaco en el futuro-. Yo he dejado el gobierno porque nada más podía hacer con este. Ahora llévenle el trípode a Cléobulo. Él sabe de enigmas, así como su hija Cleobulina, que es muy versada en escribirlos. Él sabrá qué hacer con este objeto.

La delegación arriba por mar a Lindos y encuentra a Cléobulo cosechando manzanas y llenando con los frutos una cesta.

-¡Salve, Cleóbulo, descendiente de Heracles! –lo saludan y le cuentan toda la historia hasta llegar a Pítaco y cómo este le ha remitido el ya tristemente célebre trípode. Cleóbulo, sentado sobre una piedra ante varias canastas de manzanas convida a sus huéspedes con vino, pan y queso.

-Tengo en alta estima a mis seis amigos –Cleóbulo sonríe-, damos en reunirnos en el palacio de Periandro ¿saben? Y pasamos tiempos espléndidos en compañía los unos de los otros, pero no sé si tengan razón en nombrarme como al más sabio de los siete. Estoy convencido que conviene favorecer al amigo para que lo sea más, y al enemigo para para hacerlo amigo. Hay que guardarse de la calumnia de los amigos y de las acechanzas de los enemigos –y esta sería la máxima con la que se le recordaría a Cléobulo en el futuro-. El trípode salió de Corinto y debe volver a Corinto. Llévenlo hasta la presencia de Periandro.

La delegación llega ante Periandro, que los recibe mientras come manzanas y abre los ojos ante el trípode y casi se atraganta con un pedazo. Tose y vuelve a toser y, por fin, puede hablar.

-¡El trípode! ¡El trípode aquí! ¿No se ha desatado una guerra por causa de este trípode?

-¡Oh, sí, sabio Periandro, así ha sido! –y le dan cuenta de toda la historia hasta llegar a la parte en la que Cléobulo se lo ha remitido.

Periandro manda por el escriba y le hace dar cuenta de la historia completa.

-Este trípode –confiesa-, según dice la leyenda, fue robado por Paris cuando partió a Troya con Helena. Según es sabido ella lo arrojó al mar cuando regresó a Esparta, después de la guerra… Jamás fue mi intención que dicho objeto volviera a estar presente en medio de otra guerra… o que fuera la causa de dicha guerra. Yo lo había enviado a mi amigo Trasíbulo y aunque estoy convencido que uno será siempre el mismo para los amigos, sean dichosos o desdichados, también creo firmemente en que hay que cumplir lo prometido –y el escriba apuntó con su estilete en su tabla de cera las máximas con las cuales recordamos a Periandro-. Por todo eso que les he dicho… ¡Digo que el trípode sea llevado a Mileto!

¡A Mileto otra vez! La delegación, que ya había acordado en hundir el trípode lleno de piedras en lo profundo del mar, si el tirano de Mileto no lo aceptaba, se presentó ante Trasíbulo, en su salón más esplendido, arrastrando el trípode hasta donde aquél aguardaba.

-¿Qué? –gritó el tirano al verlo- ¿Esa es la cosa por la que se ha desatado la guerra? ¡Llévense de mi presencia ese objeto maldito!

Los delegados van apenas a obedecer, sonriendo, ya imaginándose que el trípode yacerá en el fondo marino, cubierto de algas y coral, cuando Tales entra en escena, mira el trípode y echa a reír.

-¿Así que ninguno de los siete ha aceptado ser el más sabio de todos y se ha atrevido a opinar qué hacer con el trípode? Creo que la única solución la puede dar quien comenzó toda esta absurda andadura. ¡Oh, no se preocupen, diligentes delegados! Enviaremos a Delfos, a consultar el oráculo, a una delegación nuestra. ¿No es así, Trasíbulo?

-Por supuesto, Tales, por supuesto. Así haremos, con tal que esa cosa permanezca lejos. Ordenaré que ustedes –se dirige a los delegados-, descansen y sean atendidos durante el tiempo en que el oráculo se digne en otorgar una respuesta.

La delegación milesia volvió por fin con la respuesta, conformada en verso, y esta fue leída ante Trasíbulo y Tales para que este la interpretara.

 

No cesará de Cos y de Mileto

la famosa contienda, mientas tanto

que ese trípode de oro

no sacáis de vuestra patria

y llega a casa del varón que sepa

lo pasado, presente y venidero.

Tales tomó asiento ante una mesita repleta de viandas sobre una charola de plata. Cogió un cuchillo, mientras pensaba, y cortó por la mitad una manzana. Descubrió, dentro, la forma de una estrella que contenía las semillas y se levantó súbitamente de su silla, que amenazó con caer hacia atrás, y exclamó:

-¡Pero claro! ¡El varón que sabe lo pasado, lo presente y venidero, es el mismo Apolo que habla en el oráculo! ¡A él debe entregarse el trípode!

De esta forma el trípode fue trasladado al templo de Apolo en Dídima, al sur de la ciudad capital de Mileto. Trasíbulo ordenó a su escriba que acompañara al trípode y diera por escrito todo lo acontecido por el camino, como punto final y para tener una versión que corroborar con la enviada a escribir por Periandro. Y es así que encontramos, otra vez, a nuestros amigos de la delegación original, que son los encargados de tal tarea.

-¿Y bien? –van charlando entre ellos- ¿Quién creen que es el más sabio de entre los siete?

-¡Eso es obvio! ¡Tales, por supuesto, ya que el trípode llegó a él en dos ocasiones!

-¡Sí, debe ser Tales, él dio con la solución al problema, después de la guerra y de este ir y venir con el trípode! ¡Después de todas estas cosas!

-Mmmhhh… yo no lo creo así –opina el tercer delegado-. Si algo hemos aprendido de los siete es que, todos y cada uno demostraron, mediante sus máximas, ser personas sensatas.

-Eso es. ¡Todos se deshicieron del trípode por turno, cada vez que les tocaba! – Los tres echan a reír.

-Tienes razón. La sabiduría no consiste en saber más… ¡Sino en saber aplicar lo que uno sabe!

Dicen que el trípode estuvo muchos, pero muchos años, ante la estatua de Apolo, sirviendo de asiento a la pitonisa que siguió ofreciendo sus oráculos, tan enigmáticos y dados a ser interpretados de tantas formas distintas como pensadores hay y como gente común existe y que a ella, y al luminoso Apolo, todo eso no les parecía sino un juego divertido y perverso.

[1] “Periandro fue el primero que se hizo acompañar de hombres armados, y redujo a tiránico el gobierno republicano.” Diógenes Laercio, Vida de los filósofos más ilustres.

[2] Edificio de planta circular, rodeado por una columnata.

Pedro Paunero

PEDRO PAUNERO. NOVELISTA, CUENTISTA, ENSAYISTA Y CRÍTICO DE CINE NACIDO EN TUXPAN, VERACRUZ EN 1973. HA PUBLICADO LA NOVELA LABELLUM (MINIMALIA ERÓTICA/EDICIONES DEL ERMITAÑO, MÉXICO, 2008). CUENTOS SUYOS HAN APARECIDO EN LAS REVISTAS AXXÓN Y PRÓXIMA (ARGENTINA), KORAD (CUBA), TIEMPOS OSCUROS Y ALFA ERIDIANI (ESPAÑA), HONTANAR (AUSTRALIA), OJOS, DEL MUSEO DE ARTE ERÓTICO AMERICANO (COLOMBIA), Y EL CAFÉ LATINO (FRANCIA), ASÍ COMO EN DIVERSAS ANTOLOGÍAS (CUENTOS DE BARRIO, LECTÓRUM, 2012). ESCRIBE CRÍTICA DE CINE EN EL PORTAL CORRECAMARA.COM Y LA REVISTA CINE TOMA Y HA PARTICIPADO EN DOS AMANTES FURTIVOS, CINE Y TEATRO MEXICANOS, LIBRO COORDINADO POR HUGO LARA. ALGUNOS DE SUS CUENTOS Y ENSAYOS HAN SIDO TRADUCIDOS AL CATALÁN, AL INGLÉS Y AL FRANCÉS. HA GANADO DOS VECES EL PRIMER LUGAR DEL PREMIO TIRANT LO BLANC DEL ORFEÓ CATALÁ DE LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL PREMIO MIGUEL BARNET QUE OTORGA LA FACULTAD DE LETRAS ESPAÑOLAS DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA.
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