La literatura fantástica no es un devaneo, es un buceo profundo que requiere rigor. Entrevista a Mauricio Molina


Por Consuelo Sáenz
Con frecuencia cuando se pregunta por literatura fantástica la gente por lo regular no sabe qué autores mencionar, a no ser que mencionen a Borges; a duras penas piensan en un Francisco Tario, una Amparo Dávila, en Inés Arredondo o en Juan José Arreola, por ejemplo. Mucho menos reconocen a los autores actuales. Es como si la literatura mexicana careciera de lo fantástico o fuera un terreno solamente explorado en el pasado y poco trascendido. En la opinión del escritor René Avilés Fabila, en México, la literatura fantástica no vende. Para un Eduardo Antonio Parra sólo existe y existirá Rulfo. ¿Cuál ha sido su experiencia? ¿Por qué en México es poco reconocida la literatura fantástica?

Para comenzar ni Avilés ni Parra son representativos de la literatura fantástica. Lo de Avilés refleja una visión personal de la literatura, en tanto que la opinión de Parra, no creo que sea relevante: él trabaja en otros ámbitos con rigor y soltura. Rulfo, es cierto, es una de nuestras cumbres de lo fantástico, pero ahí están otras vertientes, como Amparo Dávila o Francisco Tario y también nuevas formas de narrar, desde Ignacio Padilla (descanse en paz) hasta Alberto Chimal. Mi experiencia ha sido discreta pero constante. Mis libros de cuentos como Mantis Religiosa, Telaraña o La geometría del caos han gozado de una excelente recepción y crítica. Mil ejemplares vendidos son para mí un éxito. No busco más que cómplices. No soy un mercader, soy un escritor. No me rijo por los criterios de la venta y la demanda. Yo he ganado premios con mi obra de corte fantástico: mi novela Tiempo lunar y mi libro de cuentos Fábula Rasa recibieron el “José Rubén Romero” y el “San Luis Potosí” del INBA, respectivamente.

En “Teoría del fantasma” (La trama secreta. Ficciones, 1991-2011) llama mi atención lo que dice el personaje:

“Un día me dijo que toda persona asistía a un doble nacimiento. […] Su segundo nacimiento, según me dijo, ocurrió cuando trabajaba en una editorial como corrector. […] En un libro había aparecido un error imperdonable, desastroso. No habían servido las revisiones y relecturas: nada había detenido la presencia de aquella errata recalcitrante. Había traspasado, como un fantasma, las miradas escrupulosas de los correctores. Lejos de horrorizarse, como ocurrió con su jefe, quien de inmediato le pidió la renuncia, el hecho le causó un asombro secreto, ya que había sido una especie de corroboración: la vida carecía de finalidad y fundamento. Sus actos, su presencia misma en el mundo, no tenían ningún sentido. No existía una gramática para justificar nuestras acciones. Como tantas otras personas se dio cuenta de que no era más que una especie de errata en el libro de la vida”.


Dicho planteamiento me remite al concepto de Alfred Schütz El mundo de la vida en las ciencias sociales y la sociología fenomenológica de la vida cotidiana. El conocimiento natural y el sentido común que permite creer en un cierto control por parte del actor social en la vivencia, los objetos, las personas, etcétera. El acervo de conocimiento que tenemos de las cosas y su eficiencia pragmática. Cuando ocurren fenómenos contingentes que rompen de alguna manera nuestro control aparente sobre los sucesos, ¿cómo vuelve el ser humano a recuperar la zona de confort y qué papel juega esto en su narrativa?

Hay una diferencia radical entre ser humano, persona y personaje. A mí me gusta poner a mis criaturas en problemas, en situaciones enigmáticas o terribles. Guiados por sus instintos, poseídos (alienados) por potencias o fuerzas que no pueden entender, no hay regreso. Las pasiones, las obsesiones, las pulsiones, los deseos, dominan la escena. No me interesa que mis personajes vuelvan a una imaginaria “zona de control”, siempre relativa; me interesa que escarben, como los personajes de Kafka, en busca de su propia condición. Ahora, en la vida hay que ser más cuidadoso. Salirse de lo cotidiano, vivir una experiencia contingente, puede sacarte por completo del universo como decía Hawthorne, pero también puede ser una experiencia muy rica desde un punto de vista existencial. Uno puede regresar más rico y pleno de una experiencia así. A veces es bueno tomarse unas vacaciones de uno mismo y no tomarse tan en serio.

Al fallecimiento de Gabriel García Márquez, usted escribió: “Los presagios eran funestos como en los antiguos manuscritos de Melquíades el gitano: llovió hielo toda la tarde bloqueando los caminos. En la madrugada la luna se tornó roja a causa de un eclipse, pero había quienes no cesaban de afirmar que se había bañado en sangre o, peor aún, que la había devorado un jaguar. Luego murió Gabriel García Márquez. Al otro día la ciudad se estremeció con un temblor. Y luego dicen que el realismo mágico no existe”. Otra vez, parece imposible escapar de los presagios, el destino o la fatalidad de la predestinación… ¿es supersticioso o simple recurso literario?

La fatalidad, el destino, son recursos literarios. En la vida las cosas no ocurren así, por desgracia o por fortuna. Profetas como Daniel, Juan, Mahoma o Nostradamus son interesantes porque piensan en términos escatológicos, es decir, hacia el fin de todas las cosas. Pero el azar, lo imprevisto, se encuentran en una dimensión mucho más cercana. Siempre pensamos en el destino a partir de lo que fue, no de lo que pudo ser. Para mí habitamos en un mundo de potencia, mientras que en la literatura, como bien lo entrevió Borges, vivimos en un mundo de la predestinación. Creo que se trata evidentemente de un recurso literario, porque no podemos saber lo que va pasar mañana. El Tarot, la astrología, cualquier principio de adivinación trascendental, sólo son válidos si encuentran un destino artístico. Son cajas de herramientas artísticas y literarias. La vida, como diría Rimbaud, está en otra parte. Nos aferramos a esos principios, como a la Relatividad o a la teoría de los Hoyos Negros (y no pretendo de ninguna manera equipararlos con la metafísica new age), porque no sabemos si mañana vamos a morir golpeados por un meteorito, en un asalto o si vamos a cruzarnos indiferentes con el amor de nuestras vidas en una calle y dos años después vamos a vivir con ella.

Es usted un estudioso de los libros extraños e indescifrables, ha dedicado suficiente tiempo y tinta al respecto. Uno de esos libros es el Códice Voynich. Un libro que data de 1404 a 1438. Escrito a mano, con ilustraciones de herbolaria, astrología, astronomía, con pequeñas ninfas desnudas danzando entre flores como captadas por un microscopio, y lo que parece ser símbolos de tratados de alquimia o medicina. El códice mide 25 por 16 centímetros y consta de 240 páginas. Hace poco se publicó que estaba previsto vender algunas copias del manuscrito. ¿A qué conclusiones o acercamientos ha llegado usted acerca del mismo?

No he llegado a ninguna conclusión porque se trata de un texto indescifrable. El manuscrito Voynich me interesa por varios motivos: en primer lugar, a 500 años del nacimiento del Bosco, creo que de ser cierta su datación, habría que repensarlo: mujeres desnudas en capullos transparentes, orgías en miniatura, signos astrológicos. Por otra parte me interesan los enigmas. Las pruebas que se le han hecho indican que se trata de una transcripción de otro texto, es decir que sus signos no son azarosos, sino que alcanzan, por su diversidad, la complejidad de un lenguaje natural. Umberto Eco ha escrito acerca de la imposibilidad de crear un lenguaje universal. Nunca escribió acerca de un lenguaje que una sola persona pudiera entender, un lenguaje privado tan oscuro que fuera refractario a cualquier lectura. No se trata, tampoco, del lenguaje de un loco. Finalmente creo que el Voynich es una suerte de metáfora de la literatura: el autor busca transmitir una historia, una sensación, una trama, pero el lector ve otra cosa. El Voynich se erige como una metáfora de la lectura, la recepción, el hermetismo. También me interesa la posibilidad de que se trate de un engaño, de un libro prefabricado para sembrar enigmas. James Joyce, al escribir el Ulysses o el Finnegan’s Wakesembró” enigmas, referencias, juegos destinados a los académicos o a los estudiosos obsesionados. En mi trabajo suelo introducir elementos personales, referencias a otros libros, citas, con el fin de enriquecer el texto. Es una especie de práctica del hermetismo. No hay mayor placer que dejar un buen enigma oculto en un texto aparentemente simple.

Alguna vez mencionó que llegó tarde a la literatura porque antes había querido ser otras cosas, y que se dio cuenta de que era un escritor cuando ganó el premio de Punto de Partida de poesía con el poema Blues y otros poemas, fue ahí cuando se dijo: ¡Mira, sí tengo posibilidades! Dicho esto, ¿qué importancia encuentra en los concursos y premios literarios para la autoestima y convicción de una persona, para creer que lo está haciendo bien, que tiene posibilidades?

 He perdido muchos más concursos de los que he ganado. Los premios siempre son para los individuos, no para un país, una sociedad. Cuando recibí el premio Punto de Partida de poesía pensé no tanto que era la corroboración de una obra, ni mucho menos su predestinación cósmica, sino algo que estaba haciendo medianamente bien. Ni mejor ni peor que los otros concursantes. Ese premio simplemente me sacó de querer ser biólogo o dedicarme a la poesía, arte al que he sido fiel practicándola por otros medios, buscando en la prosa narrativa los efectos que un poeta buscaría en su trabajo, como el ritmo, la cadencia, la multiplicidad de sentidos. Los concursos no son necesarios ni innecesarios: están ahí desde siempre. La elección de competir es de cada quién. La remuneración es una parte del gusto de hacerlo. La parte verdaderamente gozosa es limar, construir, corregir, hacer más perfectible lo enviado. No sé si me siento más o menos orgulloso de Blues y otros poemas, o de Tiempo lunar. Lo único cierto es que los escribí guiado por la honda certeza de que estaba, en algunos momentos, expresando algo que estaba ahí y no se había dicho. Algo frágil, ni grandilocuente ni espectacular, una partícula de expresión, nada más. Si crees que has logrado hacer eso, vas por buen camino.

¿Por qué no continuó en el camino de la poesía?

Por supuesto que lo he hecho: toda mi obra tiene como sustento a la poesía. Mis cuentos funcionan en muchos casos como poemas: las imágenes se espejean unas con otras. Me gusta ocultar un lenguaje simbólico debajo de tramas aparentemente realistas. No sé si lo he conseguido.

Últimamente ha salido a la luz toda clase de protestas hacia los concursos y convocatorias literarias y hacia publicaciones espurias (Antología México 20); fuertes denuncias hacia los críticos literarios y su desempeño, sobre todo, a lo que Heriberto Yépez definió: “La mafia literaria mexicana es sustentada por criterios estéticos contrainsurgentes (hoy neoconservadores): una crítica literaria tomada por la derecha cultural. Esa crítica de derecha reseña y repudia; borra y antologa. Esa crítica de derecha es la autora intelectual del desplome de la literatura mexicana”. Es por todos conocido que usted ha fungido como jurado en varios concursos nacionales e internacionales. Desde su trinchera, ¿qué opinión le merece lo que parece ser un descontento por parte de alguna mayoría?

Cuando te encuentras con una dicotomía desarticulada que proclama la existencia de una literatura de derecha y de izquierda te encuentras con un discurso maniqueo. ¿Tolstoi o Dostoievsky?, ¿Revueltas o Paz?, ¿Kafka o Thomas Mann?, ¿Luckács o Benjamin?, ¿Bajtin o Propp?, ¿Benedetti o Borges? ¿Dante o Cavalcanti?, ¿Góngora o Quevedo?… Y así ad nauseam. No creo que haya unos de izquierda o de derecha. Hay buena y mala literatura. La mala literatura es muy fácil de descubrir: es la que repite lugares comunes. El Borges conservador revolucionó la lengua lo mismo que el comunista Vallejo. La literatura no se rige por esquemas parlamentarios. Cuando mis conocidos de internet me salen con una retahíla de “autores de derecha” y se sacan a Bioy o a Céline, paso a preguntarme por sus aportaciones estéticas. A fin de cuentas Joyce y Pound eran profundamente conservadores y estéticamente revolucionarios. De ahí que, en literatura distingo buenos y malos escritores, renovadores y conservadores, y en ambos encuentro gozosos hallazgos. No sé qué es la insurgencia literaria ni mucho menos la contrainsurgencia. Las antologías son parciales, injustas: no se trata de reunir al sindicato de escritores para que todos voten. Los criterios pueden ser criticables. Pero quien esté en contra de una selección que haga la suya propia, que convoque a sus cuates, que haga un mitin. El tiempo y la distancia darán su veredicto. Acabo de ser jurado en el II Premio de Cuento Fantástico “Amparo Dávila”. La experiencia con los otros jurados, la discusión, fueron muy estimulantes y dimos con el cuento maestro. Esto no quiere decir que fuera el único bueno ni mucho menos. La discusión fue acalorada y ríspida y, debo decirlo, con el mayor rigor posible.

¿Cuál es la relación de Mauricio Molina con la crítica?

Me gusta la buena crítica literaria. De Julien Benda a Pietro Citati o de Roland Barthes a George Steiner, se trata de un género tan legítimo como la poesía. En México Villaurrutia, Jorge Cuesta, Emmanuel Carballo, Juan García Ponce y en mi generación Christopher Domínguez han cultivado este género que exige un temperamento muy especial.

Surrealista y desconcertante resulta para los lectores y personas comunes que estamos lejos de los escenarios y la jugada literaria, inclusive para los que están dentro, leer y escuchar los reclamos de unos y de otros, las distinciones entre excluidos y favorecidos. ¿A qué atribuye usted tanto malestar y desaprobación en general?

México tiene, con la beca de Jóvenes creadores y con el Sistema nacional de creadores, un esquema bastante inclusivo. Los que no se sacan la beca se sienten excluidos, hablan de amiguismo, y a los que se les otorga prefieren no hablar. No hay un “malestar general”. Hay que ponerse a trabajar, escribir, ser fiel al propio arte. No veo a Baudelaire ni a Rimbaud buscando una beca, la verdad. Tampoco veo una desaprobación general. Hay malestar como con todo. La salida es escribir sin esperar nada. La verdadera vocación no necesita de reconocimientos. La relación entre favorecidos y excluidos está determinada por factores que van desde el gusto de los jurados –algo siempre relativo: nadie es monedita de oro—, hasta la trayectoria de unos frente a otros. Las variables son múltiples. No se pueden reducir las cosas a la decadencia cultural del país, el patente empobrecimiento de nuestra educación. Es un problema multifactorial.

Hace unos días, fuimos convocados medios de comunicación, artistas y promotores culturales a Un diálogo con Javier Corral, gobernador electo de Chihuahua, así lo llamaron. Él señaló su interés principal por la cultura, a la que definió como: “Uno de los principales instrumentos que tiene la comunidad para desarrollarse, para crecer integralmente. Porque si la cultura se viera como un aliado de la educación, del desarrollo económico, del desarrollo social, de la promoción turística, la cultura y lo cultural sería una política prioritaria de los gobiernos”. ¿Qué opinión le merece el rescate de la cultura como parteaguas al desarrollo de un país? ¿Y cuál debería ser la estrategia a seguir para unirla con el sistema educativo mexicano?

Creo fundamental que la cultura y la educación deben ir juntas. El problema es que nuestra clase política es en general ignorante, no saben qué hacer frente a los productos culturales, no los entienden. Es evidente que hay que trabajar desde nuestras trincheras, como creadores, por la preservación de nuestro legado cultural y por la creación de nuevos canales para la difusión del arte. La cultura, desde tiempos de Vasconcelos, es el único baluarte que tenemos frente a la barbarie que impera en el país.

Entre lo muchos autores que lo han inspirado se encuentra Kafka. Leí también que usted considera que ciertas obras de Kafka “no se leen impunemente” ¿a qué se refiere con “impunemente”?


La lectura de Kafka deja (o al menos a mí me pasó) una marca en quien se le acerca, es como una picadura. A mí me dejó una marca muy profunda. Lo mismo sucede cuando lees a Rulfo o a Dante: cuando lees sus obras dejas de ser el mismo.

Las palabras recurrentes en su obra son fantasma y secreto –las que yo he ubicado, podrá haber muchas otras-, también clausura y final. La sociología nos dice que el secreto no equivale al silencio, entendido éste como un vacío, es decir, algo que no se nota y no ocasiona efectos por estar encubierto o apartado. Para teóricos como Simmel, Goffman, Foucault y el mismo Umberto Eco que conciben al secreto como una forma activa de la vida, que estructura relaciones, las impulsa, condiciona o anula. La cultura cristiana y el pecado, la penitencia y la confesión. ¿Qué atracción ejercen estos temas en su narrativa?

Me gusta recordar aquella hermosa frase de Milorad Pavic: “el secreto es más antiguo que la verdad”. Creo que todos tenemos derecho al secreto. Ese es el enigma del individuo. Aún en la confesión mentimos, incluso con el psicoanalista, sin saberlo, al contar nuestros sueños, les estamos dando una vuelta. Los secretos, pequeños o grandes, fútiles o gravísimos, conforman nuestra vida. El proyecto de un ser transparente, propio del cristianismo (más simple) es imposible. La transparencia no es lo propio del individuo y ahí reside su singularidad. Qué aburrido un universo sin secreto. Ya lo dijo el Zohar: “el mundo sólo existe por el secreto”.

¿Somos mentirosos por nacimiento o las estructuras sociológicas nos alientan a la mentira?

Somos proclives a la mentira. Las reglas sociales nos obligan a ello.

¿Quiénes son más, los engañados o los mentirosos?

Los engañados, por supuesto, pero sólo porque los mentirosos no saben que los engañan.

¿El secreto amplía la vida o las ilusiones?

Amplía la vida hacia múltiples dimensiones, enriquece las ilusiones, me atrevería a decir que las mantiene vivas.

Hace unas semanas, una amiga española nos comentó de su decepción al estar frente al GUERNICA. ¿Existe alguna obra que después de verla causara en usted una decepción?

No, al contrario. Cuando vi “Las meninas” en el Prado no podía dejar de ver el cuadro, lo mismo con los cuadros de Vermeer en el Rijksmuseum de Amsterdam. Quizá me decepcionó la Mona Lisa, más por el aparato de seguridad montado en su entorno que la obra en sí. Pero aproximarme a los originales, sea un Modigliani o un Tamayo siempre es una experiencia fundamental para mí.

 

“Si el lenguaje es la casa del ser, como afirma Martin Heidegger, entonces los epitafios, las esquelas, las necrologías, son una manera de seguir existiendo” escribió usted referente a una reseña literaria. ¿Ha pensado que diría su epitafio?

 

La verdad no lo he pensado. No creo que deje ni lápida ni epitafio alguno. Las tumbas son tristes. Pero pienso en este poema del poeta persa Omar Khayam traducido por José Emilio Pacheco:

“Yo, por mi voluntad, nunca hubiera venido

Y si me consultaran no me iría

En este mundo en ruinas sería mejor

No haber sido, no ser, no irse jamás.”

 

Haré algunas preguntas cortas según algunos de sus personajes, temáticas o gustos y usted su definición.

 

¿El milagro es una utopía?

El milagro es un hallazgo

 

¿Las chicas vuelan?

Sólo algunas, las más afortunadas

 

¿Los muertos son hermosos?

Sólo los de los recuerdos

 

¿Caen ángeles del cielo?

No. Ellos deciden venir por cuenta propia.

 

Invente una frase en Guíglico…

Astrotrufas en la medulante profanía

 

 

Si fuera a definir su estilo narrativo con una canción, ¿cuál sería?

Tomorrow never knows (Beatles)

 

¿John Coltrane o Miles Davis?

Billie Holliday

 

¿Shostakovich o Schedrín?

 

Shostakovich, el de los 24 preludios y fugas para piano y el del quinteto para piano.

 

¿Termina algún día la búsqueda por el asombro?

Ese día te mueres

 

¿Formular una buena pregunta suele ser más importante que contestarla?

 

Todo el tiempo

 

 

Escritor invitado

Miguel Lupián, ficcionista de lo extraño y director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso, le pregunta: Al ser un autor que ha demostrado (por mucho) que lo fantástico no está peleado con la calidad literaria, ¿qué le aconsejarías a los jóvenes autores apasionados por este tema; cómo prepararse, cómo hacerse camino ante una industria editorial que (en la mayoría de los casos) no valora a los “sub-géneros”?

 

Lo fundamental es el trabajo. Ser fiel a las propias obsesiones. Buscar la precisión en lo que se quiere expresar. La literatura fantástica no es un devaneo, es un buceo profundo que requiere rigor. No sólo hay que leer literatura fantástica, hay que impregnarse de la tradición literaria. Leer continuamente. Lograr que tu trabajo te deje lo suficientemente satisfecho para mostrarlo a los otros. Alejarse de los lugares comunes y los clichés. Si tu trabajo alcanza la calidad suficiente alguna editorial va a abrir la puerta porque hay un grupo muy nutrido de lectores de literatura fantástica, de terror, de ciencia ficción, de policial. Ahí están. Cada vez más se abren las puertas de editoriales para incorporar los llamados subgéneros. Pero lo más importante es afinar las herramientas de trabajo, las palabras. Cuando un libro está bien escrito en algún lado va a encontrar su nicho. Yo desarrollé mi trabajo desde los años noventa y lo que imperaba (no siempre) era el realismo, como hoy imperan otros temas. Hay que aprender a romper el hielo. Y también recomiendo mucha mucha paciencia. No todos los lectores, no todos los jurados, no todas las editoriales te van a abrir las puertas o van a recomendar o reconocer tu trabajo. Por eso es importante la fidelidad a tus fantasmas, a tus obsesiones. De ahí nace la literatura.

 

Detalle del autor, Enciclopedia de la literatura en México: Mauricio Molina nació en la ciudad de México el 11 de abril de 1959. Narrador y ensayista. Realizó estudios de lengua y literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesor de cursos y talleres en la UIA y la Universidad del Claustro de Sor Juana; jefe del Departamento de Voz Viva en la UNAM; jefe de redacción de la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México. Colaborador de Biblioteca de México, El Ángel, El Nacional, El Sol de México, La Cultura en México, Letras Libres, Luna Córnea, Sábado, Siempre!, y Vuelta. Becario del CONACULTA, 1990. Miembro del SNCA desde 2004. Premio Punto de Partida de Poesía 1982. Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 1991 por Zona vedada (publicada como Tiempo lunar). Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2000 por Fábula rasa. Premio Nacional de Ensayo Abigael Bohórquez 2003 por Último siglo. Pasajeros de la Literatura del siglo XX.
Su libro más reciente es La puerta final, Cuadrivio Ediciones, 1ra edición, 2014. Actualmente imparte el taller La eternidad de lo efímero en Skribalia, Escuela Global de Escritores en Línea.

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