Por Gabriela Pérez

La luna inclemente me recuerda mi naturaleza. Me da risa imaginarme con los dientes bañados por la sangre de esos niños, con todo y risa, aquí estoy. La noche helada me impide sentir las piedras punzantes sobre mi cuerpo. No quiero ni puedo moverme. He oído sus pasos, estoy segura de que no tardarán en encontrarme. El pasto crecido me oculta bien por ahora. ¿Hay alguna salida? Ninguna, sólo esperar.

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Es tan basto el silencio en mi noche, invade en pleno la buhardilla que he construido en mi vientre. Son vanos los intentos para disimularlo, incauta la emulación de la improbabilidad del mañana. No puede domarse a la paz que acecha. El silencio es tan grande que la desesperación se amedrenta, se avergüenza.

Le dije a él que afilaría mi oído para degustar su silencio. No escucha, pero, el oído solo, está a la expectativa mi cuerpo entero. Inclino la cabeza y comparto con el silencio su situación insomne, su vacío en movimiento; la ausencia íntegra de susurros, de promesas, de desasosiego.

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En la espera pasan muchas cosas. La cándida mañana y el rocío me bañan, el camisón largo y vaporoso me envuelve, siguen los pies descalzos y expuestos, la cara pálida y la mirada escrutadora. Las rodillas y la nariz me sangran. Camino lento, tan lento como puedo para que las piedras no se me claven en las plantas. En ese momento me veo a mí misma desde lejos; y la imagen que recibo es profana, soy, sin querer, un símbolo de ferocidad y concupiscencia reprimida. ¿Reprimida, soy realmente concupiscencia reprimida? La imagen está mal, así que voy poco a poco convirtiéndome. La transformación es lenta, un dolor de cabeza anuncia el nacimiento en la frente de un cuerpo esmerilado, el dolor de espalda da pie al cambio de vértebras. Mis dedos se juntan, se mezclan, se confunden. La metamorfosis me parece cotidiana, natural, todas son sensaciones conocidas, cada paso, el viento acariciándome la crin.

Me habla de nuevo Luna, de nuevo me miente, increpa, ¿quién dice Gabriela, que no has vivido ya lo que tenías que vivir, que no has sentido ya todas las partes de tu cuerpo? Le molesta que yo no la mire, apenas la escuchaba. Me ocupa mirar las hormigas que viajan de una de mis patas a la otra.

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Si el sueño fuera una tregua, un puro reposo de la mente, ¿por qué entonces el pasto otrora largo se encogió, y ellos me encuentran? ¿Quién seré esta noche en el oscuro sueño, del otro lado del muro? Ya no tengo crin, no soy una. Son muchos que me toman, me quitan la piel, los músculos, me acomodan los huesos de uno en uno. Me entero de que hay un eclipse solar, de que necesito un velo porque soy la ofrenda. Se supone que aquí exploro el plano más bajo de mi actividad mental. No comparto ese estadio, ¿no son acaso todas las artes una forma de sueño? ¿he soñado mi vida o ha sido verdadera? Lo sé, no me llamo Alicia y no he sido acompañada por un rey Rojo que se entretiene soñándome, pero como aquí no hay lógica, pido que todos se callen. Si el rey despierta, corro el peligro de apagarme como una vela, nada me garantiza que esté realmente viva o que el rey me sueñe a mí o que esté incluso soñando a otra. Las dos opciones bordean la pesadilla.

EL mundo, desgraciadamente, es real; soy real también, como la duela donde los colores que me bañan me posan, donde de vez en vez padezco hiperosmia. No hay en el silencio viento dejando rastro, no hay iracunda nieve mostrando pasos. Está la noche con la llamarada de mis lámparas, con el espasmo que me provoca el cansancio, con el tiritar de las hojas de los árboles. Están los gallos que aún no cantan porque no dan todavía las tres de la mañana. La experiencia de un universo personal, signado por una original, particular, caótica forma de mirar el mundo, de inconfundible inspiración literaria tornan mi realidad en sueños.

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La sensación cálida, colorida y etérea me debilita, la delicada sumisión, la rendición placentera me deja exangüe. Entre tanta luz, mis ojos perdidos desesperan porque no encuentran otro cuerpo. Había asumido la necesidad de reflexionar acerca de las cuestiones últimas, de los interrogantes permanentes, al punto del deber de pensar; y, en consecuencia, alternaba el ejercicio de la imaginación con el del pensamiento. Pero he ahí que cada vez que quería examinar el yo “no encontraba a nadie en casa”. El mundo como voluntad y representación, la esencia de mi vida es de naturaleza onírica. El pensamiento me permitía transitar sin abstenerme de la razón ni de la intuición. Aquella noche incluso le conté de la bruja que al leerme el cuerpo me dijo: tengo una pregunta —¿eres bailarina? –No, me gusta y necesito bailar todo el tiempo, pero no sé hacerlo. —pues entonces a ti no tengo mucho que decirte, ¿en qué momento de tu vida decidiste dejar de sentir y sólo pensar?

¿Alguien ha soñado el tiempo?, ¿podría ver mi historia como un sueño del tiempo? ¿y si ahí sueño que alguien me sueña? ¿Es esa la razón por la que escribo?

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En ese cuadro aparece el silencio. Es tan magnánimo que no me exige nada, no cuestiona, no juzga, no espera. Me acompaña. Si en ese instante intento dejarlo, si me mudo dejando que irrumpa cualquier estruendo, me sorprendo, sea cual sea muta en suave tañido de flauta. Haga lo que haga mi corazón late acelerado. Esté como esté, el silencio se presenta siempre desnudo. No recuerdas si alguna vez le temiste a la oscuridad, a las sombras que aún en ella surgen. Te sabes ahí hoy, reconoces que has descubierto muchas cosas sin saber qué hacer luego con ellas, eres, lo sabes, la vestal de un secreto. Lees porque la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido, la lectura y la escritura no son actividades diferentes, sino que se identifican en un solo acto creativo: el lector está reinventando lo que el escritor quiso haber creado, y aun cuando las distancias geográficas y temporales impidan que se conozcan, ambos se encuentran creando el texto en esa comunión que acontece en un instante único, importa poco, claro, si el lector es uno mismo. La invención, fruto del sueño, es la que te permite, en conflicto con la implacable realidad, emprender el camino hacia el conocimiento, el centro, la clave, te permite descubrir, transformar, olvidar los enigmas del universo que intentas cifrar en el lenguaje.

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Mueves el cuello, arqueas la espalda, recuerdas que tus vértebras habían cambiado, intentas recuperar la armonía entre los arquetipos y esplendores platónicos, eternos y absolutos, y la realidad, huidiza y fragmentaria. Sospechas que es un sueño imposible, ya que no te es dado alcanzar las leyes divinas. Niegas la divinidad. Pero no te rindes, y en ese empeño de aproximación al nombre original, la confusión con que se presenta el mundo te conduce siempre a los mitos de la creación, te sumeges en el caos primordial, anterior a cualquier proyecto divino. Sueñan también los dioses, piensas, y en su sueño se genera el origen de la vida. Resuenan nuevamente los fuelles, cuentas, de nuevo son todas cifras múltiplos de siete. Las ensoñaciones y los sueños tienen, en las palabras y las letras, una forma circular, utopías, paradojas, juegos del olvido y memoria. Figuras simbólicas y recurrentes, espejos, laberintos, tigres blancos, la luz, la sombra, la lluvia… Imágenes que no sólo son signos de tu particular universo poético, sino son verdaderos programas estructuradores de tus textos.

Se ha hecho tarde.

¿Hoy tienes tiempo?

Te has hecho amiga de un profundo deseo de dormir… ¿Sabes?: el sueño es un estado de divinidad, todo el que duerme es un dios, y tú lo que tienes es solo un gran deseo de dormir. La vigilia nos sumerge en la ilusión común, despiertos vemos todos lo mismo; vemos tierra, agua, aire, fuego. Cuando duermes sólo tú estás en tu mundo. No podría nadie, ni siquiera quien te oye dialogar con los fantasmas que surcan por tu espíritu, aun cuando lo ansiara, no podría nadie traspasar los umbrales de tu mundo mirífico de sombras.

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¡Oh, bienaventurada si duermes!, extingue en la noche dolores, amplifica dudas. Apaga la luz, apaga el cosmos. El sueño y el silencio se han vuelto productos de lujo. Báñate en sombra que si fuera sueño sería vida, sombra que al paso del tiempo acomoda los recuerdos. A la orilla del silencio, donde la voz no alcanza a pronunciar, abre las alas, reluce el cuerno, deja caer las pesadas garras, agazápate junto a las voces delgadas de las corrientes de aire, saborea el pautado espejo, la calle azogada que dobla tus palabras, que te roba la sombra, que te la devuelve armada con una daga.

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De nuevo crispan los cristales de la voz, y de la piel, de los rostros y las cosas cuando los ojos cierran sus ventanas. Sollozas, te agitas. Necesitas desde hace días un pez, una balsa, un cuenco vacío de arena y lleno de agua. ¿Eres un haz de súbitas serpientes, sabes dónde está el muérdago, el corazón del anegado bosque? No cedes, bajas al antro en donde vuelve la verdad. Bebes de bruces como animal herido. Te han enseñado que los dragones beben su tiniebla al fin.

Gabriela Pérez
Gabriela Pérez
ELDA GABRIELA PÉREZ AGUIRRE NACIÓ EN LA CIUDAD DE MÉXICO, EL 6 DE MARZO DE 1976. ESTUDIÓ QUÍMICA EN LA UNAM; POR PASIÓN, ES PROFESORA DE CIENCIAS, EN EL INSTITUTO ESCUELA Y AUTORA DE DISTINTOS LIBROS DE TEXTO, DE QUÍMICA Y FÍSICA PARA SECUNDARIA Y BACHILLERADO. CONFORMÓ PARTE DEL EQUIPO DE CIENCIAS DEL INSTITUTO LATINOAMERICANO COMUNICACIÓN EDUCATIVA, COMO AUTORA DE LIBROS DE TEXTO Y DE GUIONES PARA TELESECUNDARIA, FUE EDITORA DE LA REVISTA CIENCIAS, DE LA UNAM. PARTICIPÓ EN LA ESCUELA DINÁMICA DE ESCRITORES DE MARIO BELLATIN Y HA CONDUCIDO EL PROGRAMA TRIPULACIÓN NOCTURNA DE RADIO EFÍMERA. LUEGO DE COLABORAR CON LA EDITORIAL TALLER DITORIA EN EL ÁREA DE DIFUSIÓN Y PROMOCIÓN, FUE FUNDADORA Y EDITORA DE AUIEO EDICIONES Y DE LOS LIBROS DEL SARGENTO.

 

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