Por Pedro Paunero

¿Acaso los marinos vieron a un perro salir de un barril? ¿Acaso lo vieron salir de entre los pliegues de una vela?

-¿Qué no es ese Leoncico[1], el perro de Balboa? –dirían, mientras el perrito correteaba por cubierta, huyendo de los hombres que intentaban atraparlo.

En todo caso, Vasco Núñez de Balboa apareció como un árbol que crece ante los mismos ojos asombrados, saliendo de ese barril[2]. O ¿será mejor decir que fue desenvuelto, como un niñito de brazos de entre sus pañales –para nacer a la Historia, con mayúscula-, de la vela doblada del barco? ¿Y si aventuramos una tercera posibilidad, en este recuento de aventuras, y sugerimos que, en realidad, el barril estaba justo en medio de una vela de barco[3] doblada? Porque en esto no se ponen de acuerdo los historiadores. La verdad es que ambos, perro y hombre, no son sino unos polizontes a bordo del barco de Martín Fernández de Enciso, que, con destino a San Sebastián de Urabá, va a socorrer al gobernador Alonso de Ojeda, cercado por indios belicosos en esta América recién parida del Siglo XVI.

-¡Te dejaré en la primera isla desierta que avistemos, con todo y perro, para que sean pasto de los caribes! –amenaza de Enciso.

Los marinos se oponen, conocen a Balboa y su valía.

-Señor Capitán ¿no ve lo útil que Balboa puede ser? Ha recorrido antes la región hacia donde nos dirigimos.

De Enciso se queda callado y pensando.

-¿Has perdido hasta la camisa en Santo Domingo, eh, Balboa? –los marinos lo acogen, le dan palmadas en la espalda, se ríen- ¡Y ahora huyes a Tierra Firme!

Es un “don Nadie” este Balboa, pero el capitán se maravilla de su popularidad y le perdona. Por supuesto, también a Leoncico, que con esta aventura entra en el seno de la señora Historia. Y allá van, hacia el Darién. Tras nueve años de vagar por la isla de La Española, se ha decidido por embarcarse, por fin, clandestinamente, en busca de riquezas. ¡Si serán soñadores estos españoles! Aventureros, ambiciosos, a veces fanfarrones, a veces crueles, religiosos… Siempre valientes. Balboa no niega la cruz de su parroquia o, mejor dicho, de su castillo pues ha servido de criado (¿qué otra cosa puede ser un paje y escudero?) del sordo Pedro Portocarrero, VIII Señor de Moguer. Un “don Nadie”, pues.

Y como todos los marinos cojean del mismo pie que Balboa, bueno, en lo que resta del viaje van haciendo a un lado al señor capitán y, de pronto, es Balboa quien comanda la nave. Se puede escribir una larga novela de aventuras que trate de la vida de Balboa (sí, y también de Leoncico) y quedarnos cortos. Verán: el barco encalla y entre todo lo que se pierde en el agua van los documentos que otorgan poderes a de Enciso, hecho del que se valdrá posteriormente Balboa para “desempoderarlo”.

-Mire usted señor bachiller –nos hemos olvidado que de Enciso es, también, bachiller, es decir, persona instruida-, San Sebastián está perdido, yo sé de un territorio mejor para fundar un poblado –sugiere Balboa o ¿sutilmente ordena?

Ojeda, a quien llaman “el temerario”, ha muerto. Los indios le han clavado una flecha envenenada en la pierna, que, con el tiempo, le acarreará la muerte.

-¡O me pasas ese fierro por la herida, en el acto, o hago que te ahorquen! –ordena a su cirujano. Así, momentáneamente, es salvado.

Parten en barco a Santo Domingo. Entra cojeando en la ciudad. Del bravo Ojeda queda sólo un espectro y ahí muere. En el arruinado poblado de San Sebastián, los hombres del bachiller encuentran a Francisco Pizarro, un porquero que aún demorará algo en entrar –también, pero con furia-, en la Historia, y a quien Ojeda ha delegado funciones. Y es aquí mismo en dónde hemos oído los consejos sensatos de Balboa.

Allá van, a fundar Santa María la Antigua del Darién, primer poblado colonial permanente en el Nuevo Mundo. La cosa estuvo así: el cacique Cémaco, con sus guerreros, no soltaría tan fácilmente sus tierras. Los españoles se encomiendan a la Virgen de la Antigua y le prometen, si ganan la batalla, nombrar poblado en su honor. Entran en combate y salen victoriosos, claro, de no ser así no estaríamos hablando hoy de ese poblado. Los guerreros de Cémaco huyen a la selva. Y aquí comienza otra batalla, la de nombrar capitán de entre los hombres.

De Enciso es bachiller, o sea un engreído tinterillo[4] y por esto no lo tragan pero Balboa es tan pobre y tan ambicioso como cualquiera, además es un líder nato, siempre dispuesto a entrar a la selva, hundirse en el lodo, subir la cuesta y bajar la cañada al lado de sus hombres, ayudando, empujando, alentando; es decir, haciendo cosas que los compañeros de lances, agradecen y reconocen.

-¡A la cárcel por conspirador! –ordena Balboa y allá va a dar con sus huesos el aborrecido tinterillo, hasta Santo Domingo.

Mientras tanto, como dicen los cómics aunque esta sea novela de aventuras, en Santo Domingo gobierna don Diego Colón, hijo y sucesor de Cristóbal Colón, ni más ni menos, quien confirma a Balboa como capitán. También lo hace el rey, don Fernando “el católico”, ya viudo, desde su trono en España y, lo demás pareciera pan comido. Pero con esto de los descubrimientos y las hazañas de conquista nada es fácil ni sencillo y, aunque esquematicemos, hay mucho más de fondo y tan profundo como la Mar Océana.

Dense cuenta ustedes cómo, en esta historia, no faltan ni las intrigas, ni la consabida subtrama amorosa. Un cura irrespetuoso con Balboa es enviado a la cárcel; a Diego de Nicuesa, cortesano y un “gran tañedor de vihuela” (por ser muy dado a las serenatas), muy admirado por indios y españoles por sus suertes circenses sobre su yegua andaluz, y que tiene pretensiones de gobernador, lo embarca en una nave que se desarma en un mar infestado por tiburones; dos bachilleres conspiradores terminan como pájaros en una jaula. Balboa se gana la confianza de los indios y la envidia de los blancos. Pacta con los pueblos originarios que se va encontrando a su paso y es de entre estos que conoce el amor. Se trata de la hija, o sobrina, que eso no está claro, del cacique indígena Careta, muchacha hermosa que se enamora perdidamente de Balboa, y vive amancebada con este “don Nadie,” cuya figura crece a pasos agigantados. La conocemos como Anayansi.

Balboa y sus aliados indios vencen a otros pueblos, siembran maíz, fundan nuevos poblados, queman aldeas, encuentran oro, esclavizan humanos e intercambian sangre, carne y clorofila. Cierta nación india piensa caerle encima, surgiendo de entre la selva o de entre la furia, pero la buena y enamorada amancebada de Balboa le avisa a tiempo, pues así también se fundan naciones mestizas: del amor más puro y la admiración más grande. La novela sigue escribiéndose. Un buen día, el hijo del derrotado, y ya bautizado como cristiano, cacique Comagre, se enoja y derriba la balanza en la que se pesan los miserables gramos de oro que han encontrado. Los españoles han estado discutiendo entre ellos y casi han llegado a los golpes.

-No entiendo estas rencillas por poca cosa; han venido a estas tierras a hacer la guerra por oro, cuando yo podría enseñarles tierras ricas y prósperas al otro lado de estos montes.

Su nombre, Panquico, su pecado, haber despertado la codicia pero, también, el ansia de aventura. Así es cómo Panquico continúa:

-Hay tanto oro allá que la gente usa vajillas de oro para comer y vasos de oro para beber.

¡Oh, utopía, oh, novela de caballerías! Balboa escribe al rey e inflama de fantasía las cartas; habla de caciques caníbales que engordan niños de pecho como a lechones, de oro que se recoge de las orillas de los ríos cuando las aguas bajan y, lo más importante, islas numerosas y cientos de naves de tierras lejanas que navegan un mar calmo, un océano pacífico y no feroz como el mar Caribe. Un océano por explorar y poblar y despojar de sus riquezas.

-Si V. A. me da mil hombres de los de Santo Domingo, habituados al clima, y no de Castilla, le descubriré ese mar y esas regiones.

¿Y qué necesita un rey para otorgar permisos, sino que se le sugiera que engordará con tales descubrimientos, las arcas reales? Pero, ¡un momento! que hay alianzas que respetar. ¡No, no, no! No será Balboa quien se lleve el crédito de tal hazaña sino él, el rey Don Fernando, quien lo obtenga, a través de gente de toda su confianza y de esta manera superar a la difunta reina, Doña Isabel, que se llevó el crédito de financiar a Colón. Y así le tiende a Balboa la traición.

Si hacemos un ejercicio de analepsis o, como se dice en lenguaje de cine, un flashback, encontraremos el origen extravagante o friki, del personaje que Don Fernando “el traidor”, ha designado para gobernador de las tierras nuevas.

Un buen día lo encontraron muerto. O eso creyeron. Lo que importa es que lo metieron en un ataúd y lo llevaron a velar con las monjas del monasterio del Torrejón. Se pasaron toda la noche orando por el descanso de su alma, como suelen hacer los católicos. Al otro día ya lo llevan a enterrar pero ha sembrado tal cariño entre sus sirvientes que uno de ellos, justo cuando van a bajar a la fosa el ataúd, se abalanza sobre este, lo abraza y se pone a llorar como Magdalena al pie de la cruz. ¿Y qué es lo que escucha? ¡Momento, abran esta caja que el amo está vivo! La abren y salta el amo, como muñeco con resorte de caja con sorpresa.

Desde entonces, cada año, da en celebrar una misa de réquiem que escucha desde su sepultura abierta en la iglesia y, cada vez que viaja, hace llevar consigo el dichoso ataúd. No, no es un vampiro o un actor dándose ambiente, pues no duerme dentro, pero si hace que la servidumbre meta y acomode la caja a cualquier habitación donde ha de pernoctar.

Y allá va Pedro Arias de Ávila –por contracción de su nombre denominado “Pedrarias Dávila”-, de profesión ajustador, a sus sesenta años, con todo y mujer que es Doña Isabel de Bobadilla, la sobrina de la marquesa de Moya, a través de la Mar Océana, con veintidós naves, dos mil hombres y abundantes enseres, telas, provisiones, cañones, estandartes reales y, por encima de todas las cosas aún de su mujer, el ataúd, que funciona como talismán y emblema de inmortalidad. O por lo menos de una vida prestada para hacerse al mar y a las hazañas más allá de España y más allá de Europa. Más allá de la sensatez humana, en la primera expedición en grande hasta el momento, que partiera hacia el Nuevo Mundo.

Pero Balboa no es un tonto que se quede de brazos cruzados; se adelanta al rey, a Pedrarias y a cualquier otro, con nueve canoas, un bergantín y ciento noventa españoles, una jauría de ladradores y colmilludos perros y el orgulloso Leoncico, compañero de andanzas. Va en pos de descubrir el Mar del Sur, ese océano supuestamente pacífico y rico, tanto en pueblos como en oro. Lo acompañan, como es de esperarse, un ejército de indios aliados quienes, recordemos y tengamos siempre presente, jugaron un papel decisivo en aventuras de exploración y conquista, debido a las alianzas con los españoles.

Y es que, miren, desembarcan en Acla, andando, andando, dan con una tribu indígena de piel negra; tienen que enfrentar, y vencer en batalla, a los guerreros del cacique Torecha, que es muerto en acción y cuyos hombres se unen a Balboa; pasan por una nueva odisea, mueren hombres, atraviesan montes… ¡Ya falta poco –le dicen los guías indios-, detrás de ese cerro se puede ver! Avanza sin temor, como la Santa Juana, con sólo sesenta y siete españolitos y varios indios sin contar. Balboa tiembla, suda, está tan ansioso como si fuera a conocer novia por primera vez. Se le acelera el corazón. Le falta el aire, la respiración.

-Quédense aquí, al pie del cerro –ordena.

Y Leoncico –que piensa para sí que, juntos son dinamita-, quiere acompañarle pero él lo hace detener. No sabe qué pueda haber, en realidad, tras ese monte.

Ahí va, sube que te sube, haciendo rodar piedras debajo de sus botas, con el corazón como caballo desbocado, entre hierbajos y florecillas salvajes, como nadando en el aire plácido y fresco. Cuando dan las diez de la mañana del 25 de septiembre del año 1513, Balboa lo ve desplegarse a sus pies. De un azul transparente y calmo, tranquilo y sí -¡Oh, Señor!-, pacífico.

Balboa se quita el sombrero, cae de rodillas, las manos al cielo, llorando y orando. Abajo, al pie del monte, los sesenta y siete claman y Leoncico ladra. Alguien coge dos ramas y confecciona una burda cruz, el clérigo Andrés de Vera canta el Te Deum Laudamus. Los hombres graban cruces en los árboles, amontonan piedras como señales: Aquí, aquí mismo hemos contemplado el mar y atravesado Tierra Firme hasta el otro lado. El escribano inmortaliza los nombres de los sesenta y siete en un acta. Pero aún no han alcanzado el mar, tan sólo lo han visto desde arriba y lejos, como si de un plano cinematográfico en picado se tratara. Así que descienden, entablan otra batalla, esta vez con el cacique Chiapes y lo vencen. Ahora sí: el mar ancho y ajeno recibe a Balboa que se interna en las aguas hasta las rodillas, mientras enarbola el estandarte de los reyes católicos.

¡Vivan los muy altos y poderosos reyes don Fernando y doña Johana[5], en cuyo nombre y por la real corona de Castilla tomo posesión de estas mares e tierras e costas e puertos e islas australes!…

Y continúa diciendo en voz alta y emocionada todas las demás linduras que un conquistador cristiano suele decir. En Castilla la Historia –sigue siendo con mayúscula que, recordemos, esto se está escribiendo en presente continuo-, tampoco se detiene. El rey da en nombrar a las tierras con las cuales Balboa le ha puesto a soñar como Castilla de oro. Pedrarias hace, por fin, su entrada triunfal. Todas las naves están revestidas de banderolas de colores, baja un obispo (los colonos en tierra contienen el aliento), la pareja real, es decir, Pedrarias y su mujer (que bien pueden sentirse un par de emperadores), descienden lentamente; los sigue y los precede toda una corte hecha de pompa y circunstancia, mujeres hermosas, sirvientes, cajas y cofres… y algunos documentos expedidos contra Balboa por parte de su majestad. ¿No les digo que esto es materia de película?

Todavía no ponen pie en las nuevas tierras –Pedrarias y esposa-, cuando le cuchichean al oído la noticia desastrosa: Balboa ha descubierto el mar, el nuevo mar, el del otro lado, sí, sí, ¡que sí, la Mar del Sur! Se siente la tensión en el relato. Llega carta del rey -que ya se ha enterado de las hazañas de Balboa-, misiva que recibe Pedrarias quien se hace el tonto con Balboa: “Mire usté, Balboa, el cartero no ha venido…” Pero tiene que entregársela, al fin y al cabo que es una mano real quien la ha escrito. Balboa es nombrado ahora Adelantado del Mar del Sur y Gobernador de Panamá y de Coiba, para pesar del viejo carga ataúdes.

Ahora mismo escribo al gobernador que mire mucho por vuestras cosas y os favorezca y trate como a persona a quien tengo yo tanta voluntad de hacer merced y que tan bien me ha servido y sirve y tengo por cierto que así lo hará. Vos, entretanto, por mi servicio, ayudadle y aconsejadle en todo lo que hubiera de hacer, y aunque no pregunte todas las cosas, tened cuidado de lo avisar y aconsejar.

De esta forma Balboa se escapa de la cárcel, antes de caer en esta. Pero en tierra de rumores y chismosos se mueven los ociosos… y los aventureros. A oídos de Balboa –y de Pizarro-, ya llegaron las noticias –y estas sí serán ciertas-, de una civilización asentada mucho más al sur. ¿A que les suena conocido, cierto? De Cuba, en secreto, llegan ayudas y setenta hombres en barco, pero el señor gobernador se entera y allá va a dar Balboa, ahora sí, a la cárcel. Pero, si para algo más que para orar sirven los obispos, este interviene y Balboa es perdonado, no sin antes enseñarle Pedrarias una jaula de madera: La próxima te estarás ahí, como loro enjaulado. La solución es que te cases con mi hija por poderes, misma que está en España, y así hasta en familia quedamos… ¡y en Santa Paz!

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Vasco Nuñez de Balboa toma posesión del Mar del Sur. Grabado de Vicente Urrabieta. Museo Naval de Madrid

Así convienen. Balboa está ahora casado con una mujer que ni siquiera conoce. El suegro deja partir al yerno rebelde a las montañas, donde abunda la madera y este funda la Compañía del mar del sur. Con ayuda de carpinteros españoles, de cargadores indígenas y esclavos africanos, se desbrozan montes, se talan y sierran árboles, se cosen velas, se construyen barcos. Y por primera vez los europeos navegan por la Mar del Sur, gracias a Balboa y su don de gentes.

Mientras tanto, en la colonia, Pedrarias no endereza tuertos, ni desface agravios, mi Señor Quijote, sino que quiebra alianzas y somete inocentes. A sangre y fuego toma poblaciones indígenas completas; arrasa, quema, destruye; a los indios los desuella, los quema vivos, los descuartiza, incluso mata a un cacique, Ponquiaco. La colonia se empobrece. Los hombres mueren de hambre en las calles. Caen como moscas. Y en España el rey se pregunta por las riquezas que no llegan, pues todavía falta mucho para la frase aquella –real o inventada- de “que coman pasteles.” En una partida de ajedrez, Pedrarias pierde cien esclavos y, así, mueve, a la vez, sus otras piezas. Avisa al rey que no es su culpa suya sino de Balboa, el explorador y mentiroso, el gran fiasco de la empresa.

Pizarro detiene en el camino de regreso a Balboa, con todo y perro. Pizarro tiene, ahora, libre el camino del Perú y de la Historia y del juicio de la Historia. El capítulo de Balboa –que irrumpió desde un barril o de entre los pliegues de una vela-, llega a su fin. Tras un juicio sumario lo condenan. Se levanta el último proscenio. Los escenógrafos lo preparan todo. Un patíbulo. Un tablado tras el cual, escondido -¡el muy cobarde!-, habrá de disfrutar el suegro, la muerte del yerno. Un tocón y un hacha, o una silla y una espada para ese menester, donde, sentado, perderá Balboa la cabeza. Escoja usted cualquiera de las dos versiones. Lo cierto es que Balboa perdió, literalmente, la cabeza, el 15 de enero de 1519.

Iluministas: ¡luces y sombras! Al escenario sale un pregonero que anuncia:

Ésta es la justicia que el Rey y su teniente Pedro Arias de Ávila mandan hacer contra este hombre por traidor y usurpador de los territorios de la Corona.

Ponga de fondo la música melodramática de su predilección, o, si lo prefiere, en off, la voz de un Balboa enojado y derrotado:

Mentira, mentira; nunca halló cabida en mí semejante crimen; he servido al Rey como leal, sin pensar sino en acrecentar sus dominios.

¡Luces, cámara, acción! Ahí rueda como coco la cabeza de Balboa. Es una escena granguiñolesca y gore. De golpe cae el telón. Pero todavía no termina la obra. Como ustedes, quisiera yo saber qué fue lo que pasó con Leoncico, pero nada más de él dicen las crónicas. ¿Acaso fue el primer perro que salió, comandando una jauría de caninos exploradores, por tierras bravas a fundar Nueva Canarias, como haría su padre, perro y aventurero, al lado de Ponce de León, en pos de –según dice la leyenda-, el paradero de la fuente de la eterna juventud? Pues no, no lo sabemos. Y lo lamento, pues los perros son necesarios en toda película y novela de aventuras que se precie de serlo.

Lo que sí sabemos es que el ridículo suegro carga ataúdes (cuya hija jamás conoció a su esposo), ese viejo protegido de su majestad católica, se fue a la costa, con hombres, escribano, estandartes y espada en mano, se metió al agua hasta las rodillas y comenzó de nuevo la escenita que, Balboa, ya había actuado mucho mejor. Y tomó posesión del mar, en nombre de sus majestades.

Escuchamos nueva música de fondo, luego vemos un fundido en negro y, mientras van apareciendo los títulos finales, lo podemos escuchar. Su voz es atiplada y se impone al rumor del mar:

… desde las piedras de los ríos, hasta las hojas de los montes…

Así fue “descubierto”, dos veces, el océano Pacífico[6].

[1] Leoncico era hijo de un perro cuyo dueño era el explorador y conquistador Juan Ponce de León (1460-1521), descubridor de La Florida.
[2] Así lo narra Las Casas.
[3] Así lo narra Fernández de Oviedo.
[4] Germán Arciniegas. Biografía del Caribe. Editorial Sudamericana. Colección Piragua. Segunda edición, octubre de 1966. Buenos Aires, Argentina.
[5] Fernando II de Aragón, “el católico”, tomó la regencia de Castilla (1504) para gobernar al lado de su hija, Juana I de Castilla, llamada “la loca” (1479-155) a quien encerraría poco después, de por vida, en Tordesillas; en 1505, Fernando casó con Germana de Foix (1488-1538), al enviudar este de Isabel, “la católica.”
[6] Fernando de Magallanes daría un nuevo nombre al Mar del Sur. En 1520 lo denominaría como océano Pacífico.
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