La palabra de Gabriela: Futuro diario de viaje

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Por Gabriela Pérez

He descubierto que tu cuerpo es el vacío del que todo puede surgir. ¿Es el azar quien me trajo aquí? Pregunto entre la primavera, la flor y el gato que trajo un mago que vino de Holanda. Pregunto entre ellos, ¿qué es eso del azar?

Es el mismo mago que escogió para mí el externo principio, el mismo que no quiso que yo tuviera ese poema. No conozco el poema, pero como sé que existe, me ha dejado rastros. Es esa hoja herida que me duele porque me hace falta.

En esa hoja que sangra, gotean lentamente futuros recuerdos del Báltico.

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Me abrazo a la sirena que nunca vi. Camino en las algas verdosas sobre el lago. Me baña el primer mar gris desde nuestro balcón: gimo por la lejanía de Berlín, nado en el agua de aquella fuente dedicada a la dicha de vivir, y me topo con una ballena, impávida, encallada en la playa.

Tu vacío y yo estuvimos en esa ciudad medieval. Me complací ahí observándote mirar a esa mujer de tez pálida, cabellera oscura, mirada oliva y cristalina, ella que con sonrisa contagiosa estampa con caracteres de plomo, en una fábrica de papel, postales de relojes que a la hora precisa albergan aves en sus ramas. Supimos sin decirnos nada que en ese fulgor oscuro ella y su caligrafía eran la luz.

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La irrupción solar y el insomnio me permitieron disfrutar en la madrugada siguiente el potente viento.

Más tarde, bajo el fuego ardiente, el palacio de invierno y el imperio arribaban juntos. El programa es reducido porque, aunque sabes que desde siempre soy incapaz de organizar y administrar eficientemente el tiempo, me has dejado la tarea de planear a mí. Aún así, logras ver el impacto con que recibo a Tiepolo. El arrobamiento con el que me apresan la mirada agrietada de ese viejo, el opaco peso del tiempo que refuerza las venas en las manos hinchadas y azuladas, y el temor, el profundo temor que me despierta Tiepolo.

En otra sala una guía recita frente a un cuadro de Leonardo un hermoso verso. El grupo que tiene entorno la alaba la tilda de poeta y cuando ella aclara que no han sido sus palabras sino las de Petrarca, le replican diciendo que con él, las mismas palabras, no sonarían bellas. Tú y yo reímos de la escena. Tú ríes después de mí cuando discierno de la opinión de una de las n voces autorizadas que dice que el que tenemos enfrente es el mejor cuadro del Hermitage. A mí, la verdad, me gustaron mucho más otros. Declinas en la discusión porque a pesar de que es un hecho el que no sé mirar, que no entiendo el arte y que no siempre escucho, en lo que sí soy experta es en sentir placer.

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Por eso me dejé conquistar por los españoles, los flamencos, la danza, las historias y las menciones de los progresos en uno que otro artista.

Trece horas después sigue faltando mucho, pero yo tengo el cuerpo agotado y la mente exhausta. La sobredosis de belleza me da náuseas, y además, tengo hambre y muero de antojo de Borscht.

Luego de un respiro veo al todo en mil fragmentado. La amplitud, las coles plantadas a las puertas de la catedral durante la guerra. Hay exceso de luz, de vacío, de infinito. Mis lagrimas rotando en la distancia de las alturas de la cúpula te convencen de subir conmigo, de esperar junto a mí a que la vista me embriague. Cargo todo y estamos al día siguiente en el mercado, invité sin decirte, a Sibelius, quiere degustar con nosotros catorce quesos, salame de oso, trozos de alce, crema de salmón con vino blanco, arenque, pan y risas.

Las sorpresas crecen. Caminamos por una calle con calefacción en las banquetas, entramos al bar de hielo. Eran de hielo los muebles, los vasos, el piso. Todo era de hielo. Por eso recibí tan bien a la estatua femenina en la puerta del teatro, ¿la recuerdas?, era una actriz a escala y temperatura humana que nos contó que los escudos sobre los quicios, indicaban que las construcciones tenían seguro contra incendios.

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El seguro para ti no fue válido. No recuerdo cómo, pero tras muchos intentos logré que me transportaras con alguien que había nacido con la nostalgia del cielo. Yo quería saber cómo había pasado él su estancia en el infierno. Me faltaba información. Sabía que en algún momento August Strindberg había destrozado el retrato de su hija pequeña en medio de fuertes alucinaciones y delirios. Con una extraña meticulosidad, clavó diminutos alfileres en los ojos y la boca de la fotografía y escribió sobre ella palabras ininteligibles. Después, se pinchó un dedo con uno de los alfileres y dejó caer varias gotas de sangre sobre el retrato de la niña. Por último, lo lanzó a la chimenea, donde pudo verlo consumirse.

En los días siguientes, la magia negra que había efectuado sobre su hija de apenas cinco años no parecerá tener ningún efecto. A lo largo de su vida, Strindberg atravesará profundas crisis. Las visiones y los delirios que acompañarán cada una de ellas, harán que se le diagnostique esquizofrenia.Pero se negará a recibir tratamiento. A partir de la lectura del místico Swedenborg creerá haber encontrado una explicación a las obsesiones que le persiguen desde hace tiempo, creyó que se trataban de pruebas para conseguir una purificación espiritual. En su pequeña habitación del Barrio Latino, en París, poseía un auténtico laboratorio químico en el que trabajaba durante días, sin ni siquiera acordarse de comer o dormir. Gracias a sus experimentos, consiguió demostrar algunas teorías que hasta entonces no habían sido probadas y algunas de sus publicaciones en revistas científicas tuvieron una gran divulgación. Sin embargo, para Strindberg estos descubrimientos no tenían ningún valor. Más que una disciplina científica, la alquimia para él era un camino espiritual. En su Infierno nos cuenta que buscaba, la esencia: “Las almas, quiero decir los cuerpos desmaterializados, permanecían flotando en el aire, lo cual me llevó a intentar aprehenderlos y analizarlos. Provisto de un pequeño frasco lleno de acetato de plomo líquido emprendo esta caza de almas, quiero decir de cuerpos, y apretando el frasco destapado en mi mano cerrada me paseo como un cazador de pájaros liberado del trabajo de atraer a su presa. En mi casa filtro el abundante precipitado y lo coloco bajo el microscopio.”

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No te gustaron las pinturas azules que tenía August en su casa. Pero te disgustó más la eternidad que yo pasé hablando de él y de sus letras. Agradeciste entonces llegar al siguiente recinto de “esta carta escrita por los astros”. El subterráneo más profundo que yo he conocido, con estaciones en las que era imposible suicidarse por la forma en la que estaban construidas. Quedé enamorada de aquella que nos llevó al mercado, ¿ya te diste cuenta de que me encantan los mercados?

Te divirtió que a mí me intrigara mucho más la vendimia en la calle de los lugareños. Justo a las puertas del mercado ellos vendían sus cosechas caseras, y aunque ellos no hablaban mi lengua y tampoco yo la suya, me enteré de que lo sembraban en su jardín o en macetas en la terraza. Fueron ellos quienes nos explicaron cómo llegar a la casa de Dostoyevsky.

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Me viste beber las letras en su cuaderno de notas, sin acercarme me senté en su escritorio. Su grandeza me abruma mucho más que la de los otros acompañantes, me cuesta respirar. Te apiadas y me regalas un descanso junto al río. Quieres seguir andando pero te exaspera mi falta de orden. La señora del teatro que deletreaba cirílico sale de la taquilla y me explica cómo llegar con mi poeta perdida. Me describe, lo sé, la imagen de Anna Ajmátova con su amiga y me guía hasta ella. Puedo ver algunas de sus lecturas y admiro su cámara antigua, los angostos pasillos de su casa y la extraña comodidad de su cocina me devuelven la calma.

Por el archipiélago más bello que existe y contra todo pronóstico, explicas tú muchas cosas de Tycho Brahe. Por eso, al llegar a su torre estallaste en furia porque yo sólo veía niños, porque los imaginaba creciendo y convirtiéndose en personas maduras y felices. ¿Cómo podría ser eso realidad, Imprecabas, si sus padres son personas tristes y desanimadas? No te convenció mi argumento de que la transición entre cada niño y el adulto feliz que sería, estaba hecha de azúcar. De bloques tomados del polvo obtenido en plantaciones de Brasil.

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No entiendo si no lo ves, o si no quieres verlo aún, pero juegas todo el tiempo conmigo en la buhardilla. Tratas de enseñarme a ver de manera distinta, me giras los contextos y me ayudas a develar nuevos significados en viejas imágenes. Presionas diferentes puntos de mi cuerpo, a veces aislados que no me dicen nada, pero el conjunto, lo sabes, hace que me sienta cómoda y hermosa mientras me tiñes con capas magenta los significados.

Pierdo la dimensión. Llego a la simplicidad de la línea. Con la nueva retórica cambia la intención del discurso, los cristales tienen nueva vida. Usas la hidra para explicarme el caos en mi temporalidad. Entonces las dos cabezas son una sola. Dos y ninguna, el colmo de la paradoja. Lo corto se vuelve largo no sólo en antítesis lexical. Te digo que mi movimiento fatuo da origen a la mueca de una de tus obras. Las rocas no se mueven Gabriela, negaste afirmando lo contrario.

Tienes espacios, me dijiste, pero no los suficientes como para aletargar la relación entre la dualidad y el lenguaje, entre tu conciencia y la memoria.

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Respiro y giro el cuello. Quiero abandonar posiciones plácidas. Deseo que pensamientos cándidos, pero insumisos, entramen mis palabras. Quiero buscar adjetivos que sacrifiquen, que den muchas vueltas antes de llegar a casa.

Sin saber en qué punto de nuestro viaje estamos te pregunto si escuchas también el canto de victoria que extingue el canto de dolor. Como respuesta nos afianzamos en un abrazo, los dedos de tu mano izquierda me cierran los ojos, y me susurras instrucciones para describir, como tú, con acciones y no con palabras. Para convertir cada escena en narración. Entiendo. Me callo.

Gabriela Pérez
Gabriela Pérez
ELDA GABRIELA PÉREZ AGUIRRE NACIÓ EN LA CIUDAD DE MÉXICO, EL 6 DE MARZO DE 1976. ESTUDIÓ QUÍMICA EN LA UNAM; POR PASIÓN, ES PROFESORA DE CIENCIAS, EN EL INSTITUTO ESCUELA Y AUTORA DE DISTINTOS LIBROS DE TEXTO, DE QUÍMICA Y FÍSICA PARA SECUNDARIA Y BACHILLERADO. CONFORMÓ PARTE DEL EQUIPO DE CIENCIAS DEL INSTITUTO LATINOAMERICANO COMUNICACIÓN EDUCATIVA, COMO AUTORA DE LIBROS DE TEXTO Y DE GUIONES PARA TELESECUNDARIA, FUE EDITORA DE LA REVISTA CIENCIAS, DE LA UNAM. PARTICIPÓ EN LA ESCUELA DINÁMICA DE ESCRITORES DE MARIO BELLATIN Y HA CONDUCIDO EL PROGRAMA TRIPULACIÓN NOCTURNA DE RADIO EFÍMERA. LUEGO DE COLABORAR CON LA EDITORIAL TALLER DITORIA EN EL ÁREA DE DIFUSIÓN Y PROMOCIÓN, FUE FUNDADORA Y EDITORA DE AUIEO EDICIONES Y DE LOS LIBROS DEL SARGENTO.

 

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