Toulouse Lautrec. Bohemio y hedonista por excelencia


Por Julieta Riveroll

El aristócrata es visto como amante de la gastronomía, las bebidas y la vida nocturna en la Belle Époque parisina de fines del siglo 19.

Asociado popularmente a las bailarinas de cancan y los bajos fondos de París, Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901) era un cocinero y bebedor excéntrico, tan creativo y experimental como en sus litografías. Es la impresión que deja el recorrido por la exposición del Museo del Palacio de Bellas Artes.

Al tiempo que el visitante observa sobre una vitrina L’Art de la cuisine, el libro en el que Maurice Joyant, amigo y galerista parisino, compendia las recetas de Lautrec acompañadas de los dibujos del artista, puede oír un audio con algunos de los menús más extravagantes: “saltamontes a la parrilla al estilo de San Juan el Bautista” y “canguro al horno”.

Cuando no andaba en el bohemio y decadente barrio de Montmartre, el aristócrata se escapaba al Irish and American Bar de la rue Royale, en París, donde Ralph, de orígenes chinos e indios, atendía a los jockeys británicos que frecuentaban el lugar. Esta escena quedó plasmada en el póster que Lautrec creó para hacerle publicidad al diario estadounidense The Chap Book.

Casi al lado de la obra, el espectador puede escuchar, mediante unos audífonos blancos de diadema, la anécdota de cuando el grabador inventó la bebida, cuyo nombre lo dice todo: Terremoto, con tres partes de ajenjo y tres partes de coñac. También era un amante de los cócteles.

El escritor Paul Leclercq lo recuerda como un “gran gourmand, que cargaba en sus bolsillos un rallador pequeño y nuez moscada para agregarle al oporto”.

La exposición se disfruta porque los recursos interactivos no están de adorno, forman un todo con la muestra.

Cómo no quedarse hipnotizado con el movimiento serpentino de Loie Fuller, a quien hoy varios críticos consideran la pionera de la danza moderna, en el corto de 45 segundos de los hermanos Lumière, filmado en 1896. Gira en círculos rápidamente y al mismo tiempo manipula metros de seda blanca, imitando las alas de una mariposa, la tela cambia a cada momento de color.

Lautrec intentó, como otros colegas, captar ese efecto mágico de Fuller y para ello hizo 60 impresiones de una litografía. En cada una utiliza una combinación diferente de colores y algunas cuentan con pigmentos metálicos.

La curaduría de Sarah Suzuki en “El París de Toulouse-Lautrec: impresos y pósters del MoMA” permite escuchar la voz en una vieja grabación de Aristide Bruant, propietario del café-concert Le Mirliton, y observar el retrato que hizo el talentoso creador del cantante de origen burgués que actuaba en los cabarets y clubs de Montmartre para hablar de los marginados.

Si los pósters de este pintor y dibujante se veían lo mismo en las calles parisinas que en las salas de los coleccionistas, fue porque a fines de siglo 19 en París, él rompió con la brecha entre alta y baja cultura, entre lo que ocurría dentro y fuera del escenario, entre el trabajo y el esparcimiento, en palabras de Glenn D. Lowry, director del MoMA.

Inscritas en la memoria colectiva, las obras más difundidas de Lautrec forman parte de la exhibición, como las que retratan a mujeres que entretenían la vida nocturna de Montmartre: la bailarina de cancan Jane Avril, su principal musa y amiga, una de las grandes estrellas del cabaret Moulin Rouge en la última década del siglo 19.

Avril es una de las cuatro bailarinas que aparecen en el afamado póster “La Troupe de Mademoiselle Églantine” (1896), en el que descubren sus enaguas para mostrar sus piernas cubiertas por medias negras. Fue ella quien le encargó a Lautrec la obra para anunciar su presentación en Londres en el Palace Theatre.

Un lugar destacado en el trabajo del aristócrata ocupa también la cantante Yvette Guilbert. Su peculiar interpretación, cantaba y hablaba a medias, le valieron el sobrenombre de la “narradora del fin de siglo”. Marcó tendencia en la moda con sus largos guantes negros y sus sencillos vestidos con escotes pronunciados que podían verse no sólo en el Moulin Rouge, sino en el Divan Japonais y Les Ambassadeurs.

Otras mujeres recurrentes en las litografías de Lautrec fueron la payasa Cha-u-Kao y la bailarina La Goulue (La Golosa), una prostituta que en su paso por el Moulin Rouge fue tan célebre que llegó a sentirse la reina de París. Malhablada y ruda, interpelaba a la clientela, incluyendo, según cuenta la leyenda, al Príncipe de Gales cuando éste asistió de incógnito. Murió en la miseria.

De entre las obras expuestas, quizá la más tétrica es “Le Pendu”. El autor la creó por encargo del periódico local Dépêche, con la intención de ilustrar una novela, que se publicaría por entregas, dedicada a los dramas de Toulouse (la ciudad francesa). Este primer episodio representa a Jean Calas, un hombre de origen noble, que encuentra en la noche a su hijo ahorcado en el desván. Los claroscuros del cartel han sido motivo de admiración.

Más de un centenar de obras componen “El París de Toulouse-Lautrec: impresos y pósters del MoMA” y, en varias de ellas, la curaduría enfatiza la influencia tanto de Degas como de la técnica japonesa ukiyo-e, utilizada en los grabados de madera.

Asiduo a los montajes teatrales, el artista diseñó varios programas de mano para las producciones vanguardistas del Théâtre Antoine y del Théâtre de l’Oeuvre, en el que debutó mundialmente, en 1896, “Salomé”, de su gran amigo, el novelista, poeta y dramaturgo Oscar Wilde.

Y para quien tenga curiosidad de la apariencia del hedonista y sibarita de la Belle Époque parisina, es posible mirar en una tablet decenas de fotografías sobre él. Una imagen demuestra la curiosidad que le despertaba la cultura nipona, pues Maurice Gilbert lo captó con todo y su vestimenta japonesa.

La exposición se exhibe en el Museo del Palacio de Bellas Artes hasta el 27 de noviembre‬.

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Julieta Riveroll. Me lanzo a la aventura como periodista freelance luego de casi 14 años de experiencia como reportera cultural en el periódico Reforma, dentro de la sección diaria. Dos años en la difusión de actividades artísticas me permitieron aprender y reconocer que mi pasión es investigar, entrevistar y escribir. Tengo una obsesión por desentrañar los procesos creativos de los artistas. Heme aquí de nuevo: dando mis primeros pasos en un terreno que me es desconocido y que me reta a picar piedra a cada instante.
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