La nave de Teseo (O la paradoja de la identidad continua)


Por Pedro Paunero

Cuando Teseo volvía victorioso a Atenas, después de dar muerte al Minotauro, formaba parte de los catorce mancebos y doncellas que habían escapado del laberinto y del sacrificio al monstruo. Fuertes vientos habían impedido que su nave de treinta remos pudiera acercarse a la costa, que podían observar a lo lejos con nostalgia, lágrimas y entonando tristes cantos. El rey Egeo, padre de Teseo, le había entregado una vela blanca para izarla a su regreso, como signo de su éxito, pero la dura lucha que Teseo y sus marineros habían mantenido con la furia del mar, las olas y los vientos, les hicieron olvidar cambiar la vela negra[1], cuyo doloroso significado hubiera sido el de la muerte de Teseo y todos sus compañeros.

Muy por la mañana, como tenía por costumbre, el rey Egeo subió al cabo Sunión, respirando la brisa cargada de sal. Su corazón sufrió un vuelco cuando divisó las velas negras. Acongojado miró hacia abajo, al mar centelleante. Sin pensarlo, se arrojó a las aguas, donde murió ahogado y no hubo naves que rescataran su cuerpo quebrantado por el dolor de una pérdida que no era tal. Desde entonces, conocemos a ese mar como el Mar Egeo.

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Otros cuentan que el rey subió a la Acrópolis de Atenas, llegó al sitio exacto en el cual se levanta hoy el templo dedicado a Niké Áptera, conocida también como la Victoria sin Alas, desde donde atisbó la llegada de la oscura nave. Miró las velas, sufrió un desmayo, y cayó al valle de abajo, se golpeó la cabeza entre las rocas y murió en el acto.

Cualquiera que sea la versión que se prefiera, aun con ser un pasaje tan conmovedor del mito, a Teseo no se le informó de la muerte de su padre sino hasta cumplir con las honras a los dioses propiciatorios por el regreso de los catorce y demás marinos que los acompañaban. Era el día 8 del mes Pianepsión, que nosotros conocemos como octubre.

-¡Atenienses! –les dijo, una vez que tocaron tierra –Hoy llenaremos el estómago con lo que ha sobrado de las provisiones… ¡El hombre-toro está muerto, estamos en casa y nadie más reclamará víctimas a Atenas!

Hubo vítores y gritos, las muchachas abrazaron a los muchachos, entre estas, los dos jóvenes afeminados y travestidos que habían reemplazado a dos muchachas en la última hora, por intercesión de Teseo y para que le ayudaran en la tarea de dar muerte al hombre bestia, así, ora sollozaban, escondiendo los rostros en el hombro o el pecho de la pareja, ora lloraban vivamente y miraban a Teseo, el héroe, con admiración y gratitud, ora besaban apasionadamente a su muchacho y se prendían de él.

-¡No más hambre! –anunció Teseo- ¡Traigan un caldero, pronto! No desperdiciaremos la comida ¡Comeremos las últimas raciones en este momento!

Hicieron un fuego sobre la costa, hirvieron agua y echaron dentro el resto de las habichuelas con que se habían alimentado durante el viaje. Un hombre que iba montado en un asno los descubrió desde una zona alta. Le pareció que la muchedumbre sobre la playa no era cualquier reunión de pescadores: ¡había incluso un barco! El hombre se acercó cautelosamente. Teseo lo miró y le invitó a acercarse.

-Desayuna con nosotros, buen hombre, porque lo poco que tenemos lo damos con agrado… ¡Celebramos que hoy hemos vuelto a casa!

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El hombre notó la frugalidad del desayuno, se apeó de su asno e hizo una reverencia a Teseo, sin saber quién era.

-Si me esperan aquí, les prometo traer algunas legumbres–les dijo.

Los catorce se miraron los unos a los otros y al resto de la tripulación, maravillados y dando gracias a Apolo Ecbasio, patrono de los desembarcos y los buenos regresos. El hombre montó su asno y partió, para volver poco después, llevando sobe el asno una cesta con cebollas.

-Aún falta algo –opinó e hizo señas a otro hombre que pasaba por ahí -¡Eh, Fidípides, estas personas acaban de llegar de un largo viaje y están hambrientos! Yo he traído cebollas y ellos sólo tienen habichuelas ¿de casualidad, tú que eres carnicero, tendrás algún buen trozo de carne que añadir al guisado?

-¡Por Apolo, por supuesto que sí! –exclamó el recién llegado.

El carnicero corrió a casa y regresó con un sendo costillar, todavía sangrante, sobre los hombros, que los compañeros de Teseo se encargaron de cortar en trozos y de añadir al caldero.

-Creo que aún falta algo –opinó Fidípides e hizo señas a una mujer que pasaba sobre la colina cercana; la mujer se acercó y Fidípides le contó que los catorce, y demás compañía, acababan de arribar a la costa y poco tenían para comer- ¿De casualidad tendrás algo de leche de cabra, tú que eres lechera y crías rebaños? –le preguntó a la mujer.

-¡Por Apolo que sí! –dijo ella, fue hasta su casa y volvió a lomos de una mula cargando dos odres llenos- Por el camino encontré al panadero –dijo la lechera-, le conté acerca de la llegada de estos muchachos y prometió venir con cestas de pan recién hecho.

Al poco tiempo apareció el panadero, que repartió el pan entre los presentes. El hombre se dirigió entonces a Teseo, en quien adivinaba al líder.

-A mi vecino, que es agricultor, le he contado sobre ustedes y me ha prometido venir con varias canastas de verduras para añadir al guisado.

El agricultor bajó la colina acompañado de varios hombres y mujeres, cada uno llevando frutas, vino, miel, agua pura e incluso flores e instrumentos musicales como caramillos y tamborines. Los compañeros de Teseo echaron al caldero las verduras, comieron las frutas, bebieron el agua, el vino, la leche y repartieron el guisado, una vez cocido todo, acompañado con grandes trozos de pan para rebañar. Todos celebraron, una vez ahítos, con cantos y danzas. Teseo se apartó un poco, fue y cortó una rama de un olivo que crecía ahí, ató a esta algunos de los frutos regalados y lo envolvió después en lana blanca y pura en honor a Apolo. Fue entonces que Teseo hizo saber a los hospitalarios habitantes de la costa la identidad de los catorce, contándoles sus hazañas con detalles y el pasaje terrible del laberinto en Creta y de Asterión, monstruo mitad hombre y mitad toro, que reclamaba víctimas humanas en parejas de siete hombres y siete mujeres. Los costeños se asombraban con cada pasaje de la historia, en el cual el peligro acechaba con la forma de una muerte coronada de cuernos y pesados y cortantes cascos con forma de media luna por patas; o tras la vuelta de un muro, en que el mugido, húmedo y caliente, resoplaba en la cara: o detrás de la cortina de negrura en que bufaba la bestia y se podía oler su agrio sudor. Les contó de Ariadna, su amada, y cómo su ingenio le había permitido salir del laberinto por la madeja de hilo que ella le diera y de su pérdida en la isla de Naxos, en la que habían hecho escala, donde tuvo un sueño en que se le apareciera el dios Dionisio, sobre un carro tirado por panteras, para consolarlo y anunciarle que ella sería su esposa mortal.

Al calor del fuego comían alegremente el guisado, que les parecía el más delicioso que hubieran probado en mucho tiempo. La brisa soplaba fría y el aire olía a mariscos. En algún momento uno de los costeños señaló el fuego, el caldero y su contenido:

-Dime, Teseo –dijo-, ¿este guisado, es el mismo guisado que hubiera sido si sólo hubiera contenido habichuelas?

-Supongo que es el mismo guisado –contestó Teseo-, aun cuando se le han añadido otros ingredientes.

-Entonces –señaló una de las muchachas que lo acompañaran en la nave-, no es el mismo guisado.

-¡Es el mismo –opinó otra muchacha-, pero más sabroso! –y todos echaron a reír, al mostrarse completamente de acuerdo con ella.

Al caer la tarde, uno de los costeños llegó hasta Teseo con la noticia de la muerte de Egeo. Poco tiempo después, Teseo le tributaría honores de héroe, y de esa misma manera sepultaría a su padre en un fastuoso mausoleo.

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Ese es el mito y, como todo mito, fue elaborado como un hermoso tapiz, con muchos hilos históricos y largas madejas de imaginación; la cuestión importante es que, haya ocurrido o no el viaje de Teseo, los trece y demás marinos que le acompañaban, una nave de madera, de treinta remos, de la que se afirmaba que era la nave de Teseo[2], se encontraba en un templo en Delos, sostenida sobre una base de mármol que narraba la hazaña en un relieve esculpido y que mostraba al minotauro, el laberinto, las hachas dobles, la madeja de hilo, a Ariadna y a Teseo, en tiempos históricos del filósofo Demetrio de Falero[3].

Ante la presencia de la nave llegó una vez un visitante, mismo que se puso a contemplarla, dándole vueltas en torno, mesándose las barbas, hasta que llamó la atención de Demetrio, que se le acercó.

-¿Qué te sucede, extranjero? –le preguntó.

-¿Es esta la nave que, dicen, fue a Creta y volvió con Teseo y sus trece compañeros?

-Es esta la nave, sí.

-¿Y tú crees esa historia?

-Yo veo una nave –explicó Demetrio-, una nave muy, pero muy antigua. No sé si sea la nave de Teseo, o no, pero lo que sí sé es que ha venido deteriorándose a lo largo de los siglos, y de las estaciones, y de los caprichos del tiempo, y de los insectos, y de los accidentes, y se le han tenido que ir reemplazando las tablas rotas y desgastadas y carcomidas, y los aparejos que se le han ido estropeando, a lo largo de todos los años que lleva en este sitio.

-¿Se le ha ido reemplazando el maderamen a lo largo de los siglos?

-Así es, siempre manteniendo su forma primitiva, el largo exacto de una tabla, el idéntico grosor de un clavo, el mismo largo y ancho de un agujero.

-Pero… aunque así sea… no creo que esta siga siendo, aún, la misma nave, después de tantas reparaciones…

-Yo creo que sí –opinó Demetrio-, la misma forma, la misma nave, sólo han cambiado sus piezas… ¡y no todas! Hasta ahora permanecen intactas dos terceras partes de la cubierta, veinticinco remos, un mástil, dos costillas y la quilla.

-¡Mmmhhh! ¿Tanto así? –exclamó incrédulo el forastero.

-Bueno… digamos que un poco menos –Demetrio rio un poco-. Pero la existencia de esta nave nos ha enseñado algo que yo llamo –continuó el filósofo, muy solemne-: la paradoja de la identidad continua o de las cosas que cambian,[4] y otros como el argumento aumentativo o de la renovación por sustitución[5].

-Vaya que lo es… -dijo el extraño, rascándose la cabeza.

-Hace algunos años hubo una discusión aquí, muy acalorada, yo estaba presente, éramos siete contra siete, como el total de compañeros de Teseo, contándolo a él mismo. Mi grupo siempre ha sostenido que esta es la misma nave, desde hace siglos, a pesar de los continuos reemplazos que ha sufrido, pero los del otro grupo alegan que no lo es, que su identidad ha cambiado.

-¿Y en qué se basan unos y otros para asegurar o negar tal cosa o la otra?

-Nosotros aducimos que todo lo que tiende a crecer en la naturaleza, tiene por fuerza que seguir siendo lo mismo, como antes de crecer.

-¿Por ejemplo?

-Nosotros no somos exactamente el mismo pequeñito que vino desnudo a este mundo, pero lo seguimos siendo, en el cuerpo, que aumentó sólo de tamaño. Continuamos siendo aquel mismo ser que parió nuestra madre.

-Parece que entiendo algo –expresó el extranjero-, pero dime ¿y los otros qué argumentan?

-Uno de los filósofos del grupo opositor ponía el ejemplo de cierto templo derribado por un terremoto. El templo, decía, se vino abajo y sólo quedaron en pie los cimientos, muchas de sus piedras se agrietaron y quebraron por acción natural del temblor, y las esculturas de su frontón se destruyeron, cayendo al suelo y lloviendo en miles de fragmentos, así que todo ese material tuvo que ser sustituido o restaurado. Un día estaba ahí, recortado contra el cielo, y al siguiente ya no estaba. Cuando volvieron a levantarlo… ¡era obvio que no era el mismo templo que ocupara ese espacio! Eso argüía. Uno de ellos terminó con el aire tenso de la discusión cuando contó un chiste: Sus argumentos me hicieron recordar a un hombre que guardaba en casa una vieja caja. Él afirmaba que era la caja de Pandora y así la había vendido, por un precio muy alto, a cierto imbécil que la exhibía orgulloso a todo aquél que la quisiera ver. “Le he cambiado la tapa, y el fondo y los cuatro lados… ¡pero sigue siendo la misma caja!” decía, pero al muy idiota ¡jamás se le ocurrió cobrar por verla!

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Demetrio no pudo evitar sonreír al recordar.

-¿Y en cuanto al templo… qué respondiste? –el visitante se mostraba ahora vivamente interesado y divertido.

-Que cada piedra nueva sirve para un solo fin, y ese fin es el constituir el templo en su totalidad, no importando sus sustituciones materiales, siempre y cuando los devotos consideren que ese es el mismo templo[6].

-¿Cómo se demuestra eso? –preguntó el extranjero, ya emocionado.

-En el tiempo y por el tiempo… es decir, por la mediación de la memoria en la sucesión de percepciones[7] que nos ofrecen los materiales antes y después de ser reemplazados.

-¿Estás hablando que el mundo mismo, con sus mareas, terremotos, estaciones y sequías, sigue siendo el mismo mundo siempre que lo percibamos a través de los sentidos, como algo familiar, y lo llamemos “hogar”, a pesar de su inestable placidez?

-Así es. Gracias a la memoria somos capaces de poseer una noción de causalidad en una cadena de causas y efectos. La memoria nos indica que la materia, y todo aquello que está formado por materia, es lo mismo en el tiempo, porque ocupa un lugar determinado en el espacio, a pesar de sus cambios aparentes.

El visitante arrugó el entrecejo, se puso a dar varias vueltas más en torno a la nave, mientras torcía la boca y se rascaba de vez en cuando la cabeza.

-Veo un color distinto en esta tabla… y en este aparejo… y aquí… ¡y allí!… pero, sí, es cierto, no podría afirmar que la nave sea otra. Si su forma no ha cambiado, ni crecido, ni disminuido… ¡sólo ha mutado en su propia forma y dentro de sus propios límites espaciales!

-La identidad de la nave no se ha alterado –añadió Demetrio-, y, de esta forma, y por su forma, conserva su finalidad que es la de servir en la marinería. ¡En su marinería tal vez aventurera, tal vez expiatoria, tal vez trágica! ¡Después de todo, tal vez sea la nave de Teseo!

Los sacerdotes aparecieron, surgieron, de entre las sombras del fondo del templo, y comenzaron a encender las lámparas de aceite. Saludaron a Demetrio y al extranjero, con un asentimiento de cabeza.

-¿Sabes, amigo? –dijo el forastero- ¡Creo que esta es la nave de Teseo!

-¡Oh! –exclamó Demetrio- Eso es asunto de fe… lo que me recuerda que tengo trabajo que hacer en Alejandría, en su biblioteca… algo sobre los textos sagrados de los hebreos.

-¡Debí saber que eras filósofo y bibliotecario! –exclamó, maravillado, el visitante.

Los dos hombres salieron hasta las escalinatas, donde se despidieron con sonrisas y apretones de mano.

-Debe ser la nave de Teseo… -dijo aún el extranjero.

-Puede serlo o no serlo pero, en materia, es y no es y en esa contradicción se reafirma –dijo Demetrio, luego se separaron y él se fue caminando hacia el puerto, donde le aguardaba una nave, mientras el sol se ponía sobre el mar, que era el mismo y otro, pero mar[8], al fin y al cabo.

La paradoja de la identidad continua -cita Plutarco-, tuvo ocupados, y divididos, a los filósofos clásicos cuando se detenían ante la nave que, algunos, afirmaban que era la del mismísimo héroe Teseo. Esta paradoja puede aplicarse a diversos fenómenos universales, por ejemplo, al crecimiento celular, en área de la ciencia de la biología; o a la precepción que, de los trabajos de restauración y conservación de los objetos antiguos, se puede tener en arte y arquitectura e incluso, a la fusión de empresas en la economía.

[1] Sigmund Freud interpretaba esta parte del mito, no como un olvido, sino como un deseo inconsciente de Teseo de provocar la muerte de su padre.

[2] Plutarco. Vidas Paralelas, Teseo XXIII.

[3] Demetrio de Falero o Demetrio Faléreo (350 a. C.-282 a. C.), filósofo peripatético ateniense; primer bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría por órdenes del diádoco Ptolomeo I y a quien se atribuye la versión de la Septuaginta de la Biblia por su intercesión. Fue gobernante de Atenas del 317 al 307 a. C. aprox.

[4] Robert Graves. Los mitos griegos I. Teseo en Creta.

[5] Auxómenos logos.

[6] David Hume en su “Tratado sobre la naturaleza humana” es de la misma opinión, en esta y las siguientes proposiciones y ejemplos de Demetrio: No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto que ciertos objetos siempre han coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables. (Hume).

[7] David Hume, Op. Cit.

[8] Heráclito apunta en sentido contrario: Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.

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