El Tren de Troya: Pancho Villa toma Ciudad Juárez


Por Pedro Paunero

12 de noviembre de 1913.
Algún lugar de la gran geografía chihuahuense.

Pancho Villa y su División del Norte lamentan el hecho de su derrota, unos días antes, en Chihuahua. Las fuerzas federales han resistido y repelido bien los ataques revolucionarios. Villa reúne a sus generales y les expone un plan desesperado.

-¡Señores, se me ha ocurrido algo! Vamos a dejar 1,500 hombres para que detengan a los defensores de Chihuahua mientras enviamos a 2,000 a caballo sobre Juárez.

Los generales están sorprendidos. Alguno expresa:
-¿Mandar la caballería a más de cuatrocientos kilómetros, mi general, sorteando pueblos y federales y buscando agua a tientas?… Bueno ¿por qué chingados no?

Están ahí los generales Juan N. Medina, Manuel Chao, Maclovio Herrera, Toribio Ortega y Trinidad Rodríguez, que se miran los unos a los otros, luego miran a Villa, ceñudo. Comprenden que la cosa va en serio, entonces se ríen de buena gana y asienten con la cabeza.

-A ver, mi coronel Chao, usted se me va a su base de Parral con los heridos y ahí espera órdenes, que yo avanzaré hasta El Saúz, mientras enviamos un destacamento de avanzada a la estación de El Cobre.

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La avanzada tomó El Cobre el 13 de noviembre. A punta de pistola se hicieron del telégrafo y le sonsacaron toda la información que pudieron a los operadores. Se emboscaron en seguida y escucharon el ruido de un tren carbonero que se acercaba, proveniente de Juárez.

Pusieron el semáforo en rojo. El maquinista del tren miró el semáforo, aquello le pareció raro pero se detuvo. De inmediato los villistas asaltaron el tren, disparando al aire.
Villa llegó poco tiempo después. Uno de los hombres le dio el parte.

-Mi general, con la novedad de que los catrines de Chihuahua se nos juyeron por poquito en un tren para los Estados Unidos, vía Ciudad Juárez.

revolucionarios

Villa refunfuña, se apea del caballo y se pone a revisar el tren carbonero: se trata de la máquina 511, compuesta por doce furgones y ocho góndolas repletas de carbón hasta el tope.

El coronel Medina, jefe de su Estado Mayor, se le acerca. Había pertenecido al ejército federal y se acordó de sus lecturas, hechas por aquél entonces.
-Sepa usted, mi general, que hubo una vez un caballo hueco de madera, construido por el ejército griego y que fue usado para entrar en la ciudad sitiada de Troya.

Villa se interesa cuando Medina le cuenta, con detalle, la historia.
-Los indios americanos llamaban al tren “un caballo de hierro”, ¿ya ve lo que le quiero decir?

Villa sonríe, se le ilumina el rostro.-¡Ah que listos eran esos griegos, mi coronel –le dice-, y qué buena idea ha tenido usted! ¡A ver, señores, se me ponen a descargar todo el carbón de este tren!… ¡Nos vamos con dos mil hombres a tomar Ciudad Juárez!

Los hombres lo aclaman y se ponen manos a la obra, sacando a paladas todo el carbón durante la noche entera. En algún momento Villa llama a Ortega.
-Usted váyase a El Saúz, ahí me bloquea a cualquiera que intente llegar desde Chihuahua. ¡Levante las vías si es necesario! –Ortega se pone en marcha.

Al día siguiente la División del Norte, este moderno ejército aqueo y dánao-mexicano, entra, apretado, en los vagones del tren carbonero.
-Maclovio, movilice usted sus brigadas… -ordena Villa- Daniel Delgado, se me queda usted a transmitir con nuestro amigo el telegrafista de este pueblo… Mi general Fierro, usted se me va con el maquinista. ¡Danielito, ahí le encargo! ¡Vámonos todos a Juárez!

Muchos “¡Viva Villa!”, relinchos de caballos, rumores de voces, polvo y rocío en la hierba por la mañana. Hay un sol débil en el cielo. Dos hombres conversan:
-¡Hace un frío que cala los huesos, compadre!
-¿Qué, no ves que es mejor irnos así? Iremos apretados como sardinas pero por lo menos no tendremos frío. Los colorados de Orozco también deben pasar frío, allá delante… ¡Pero ellos no tienen tren! –los hombres se ríen.

Sobre las vías, rumbo a Juárez, va la retaguardia villista, llevando la artillería, ayudándose con mulas y caballos. Imparables. Varias patrullas marchan, en avanzada, hacia las estaciones de telégrafo. Los telegrafistas son detenidos, amenazados y obligados a hacer lo que ordenen los revolucionarios.

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En la estación de El Cobre, Delgado amenaza con la carabina al telegrafista:
-Ya lo sabe, amigo, si rompe las claves… ¡lo fusilo! Comuníquese con el cuartel federal de Juárez, dígales: “Estoy descarrilado en este kilómetro, no hay vía telegráfica a Chihuahua ni camino de ferrocarril, porque lo han quemado los revolucionarios. Mándeme otra máquina para levantar.”
El telegrafista comunica.
-La respuesta, Señor Delgado: “No hay máquina, hágale como pueda”

Delgado se ríe. Le ordena al telegrafista:
-Comunique: “Se ve un polvo, como que vienen los revolucionarios. Necesito órdenes”.
-Respuesta, Señor Delgado: “Regrese para atrás y pida órdenes en cada estación. La clave es ”K”, no se modifica la orden original.”
Siguiente estación, El Saúz, clave: K.
Las patrullas van tomando las estaciones de tren y de telégrafo.
Estación Laguna, clave K.
Las patrullas continúan, a punta de pistola, los telegrafistas comunican.
Estación Moctezuma, clave K.
Fierro y Villa van a un lado del maquinista. Villa ordena que pasen la voz: “Para distinguirnos de los colorados arremánguense la camisa y hagan el sombrero chilaquil. La consigna es Villa/Carranza.”
Estación Villa Ahumada, clave K.
Estación Smalayuca, clave K.

1:30 a.m.
Cd. Juárez, Chihuahua.

El Tren de Troya penetra en la ciudad. Se detiene en el cruce de dos calles, Comercio y Ferrocarril. Brotan, sucios por el carbón, silenciosos como espectros, como griegos en la Troya dormida, como villistas en Ciudad Juárez.
-¡Tres columnas sobre los cuarteles! –ordena Villa-. Medina, acompáñeme al cuartel general. Usted Fierro, se va con dos trenes a recoger las fuerzas de la retaguardia.

En el cuartel no hay tiempo ni de vestirse, los cañones se encuentran dentro. Los villistas arrojan dinamita. El cuartel se rinde entre el polvo y el olor a pólvora. En la casa de juegos de Touché y Hazan sorprenden a los oficiales, algunos otros intentan defenderse en la calle del Diablo, flanqueada por prostíbulos y cantinas, hay disparos; los federales caen muertos.

Se puede ver al resto de la tropa federal huir, arrojarse al río y cruzar los puentes, rumbo a los Estados Unidos.
Son las 4:30 a.m. del 15 de noviembre de 1913. El cuartel se rinde. El general Maclovio incorpora la banda de música a su brigada.
-¡A ver muchachos, tóquenme la Marcha a Zacatecas!

Unos villistas suben al campanario de la iglesia y echan a vuelo las campanas. Los habitantes de la ciudad se derraman por las calles, gritando “¡Viva Villa!” Las tropas se desbordan, asaltan las casas de juego, se hacen con el parque, queman los archivos militares. En la plaza de toros es vencido el último foco de resistencia, protagonizado por el coronel Portillo, a punta de ametralladora.

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Al mediodía Maclovio Herrera recorre las calles, a caballo, con Villa a su lado y con la nueva banda de música, tocando a todo pulmón.
-¿Quién lo iba a decir, mi general, que entramos directito en el corazón de la ciudad en un tren? –dice Herrera.
-No entramos en tren, Maclovito, no entramos en tren a Juárez –lo corrige Villa-, este tren cayó directito del cielo.
Así fue tomada Ciudad Juárez.

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