Por Gabriela Pérez

I.
La humanidad ha rondado hace siglos alrededor de ese muro invisible que se esconde tras el futuro, quiere ver lo que acontece del otro lado. A pesar de su infinita curiosidad jamás lo ha logado. Quizá debe ser así, puede que no esté preparado para ver las cosas que se encuentran más allá del hoy.

Imaginemos el terror, el desconcierto, el desaliento que se apoderarían de nosotros si vislumbrásemos nuestro destino. Por lo demás, este muro no es tan cerrado e impenetrable como se supone. Sí, hay grietas, hendiduras por donde puede uno asomarse y atisbar algo; por donde de hecho se han asomado profetas, visionarios, pitonisas, sibilas, brujos y chamanes también.

Lo inconsciente y lo consciente están ligados por un tenue pasadizo. Hay posibilidad entonces de que todos veamos el futuro.

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Foto: Julie Christie en Demon Seed, 1977.

Ahora mismo, hay adelantos admirables de la histología, con ellos se podría dar a un cerebro, mediante operación relativamente sencilla, esa facultad de percatarse del mañana, de verlo con la misma visión clara y precisa con la que se ven el hoy y el ayer. Nada tiene de extraordinario. Desplazando ligeramente un lóbulo cerebral, orientando de diferente modo la circunvolución de Broca, o desviando un haz de nervios, como asienta un perspicaz pensador, se lograría el milagro.

¿Habría hombre que se atreviese a ponerse en mis manos para esa operación?

Me he dicho a mí misma que puedo sustituir mi felicidad por un infierno, como el descrito por Dante. Por qué habría de padecer el suplicio inefable de ver acercarse el mal, la desgracia, la catástrofe, con toda claridad y evidencia, sin poder evitarlos. Las alegrías futuras, que con su expectación podrían compensarme de tales horrores, también me atormentarían a su manera; es decir, que como mártir viviría devorada por la impaciencia de la dicha ventura, cuya llegada no le sería dable anticipar. Sería un alma como la novia que espera una cita con ansiedad inmensa, y que no puede adelantar la hora para que el reloj suene y no puede hacer tampoco que el teléfono timbre. Otro motivo, y muy grande, consistiría en prever la desaparición de los que amamos. Imagino por un momento que me he unido por amor, un amor infinito otra vez, y que gracias a la maldita facultad de ver el futuro, adquirida merced a la operación, empiezo a ver palidecer a mi amado levemente, lo veo ir languideciendo todos los días sin remedio, y por fin morir en mis brazos. En vano querría volver hacia el presente, refugiarme temblando en el calmo hoy. En vano retozaría en el calor de Severino: la visión persistirá, porque no es cosa del ensueño ni de la pesadilla, es la definición precisa del hecho futuro, del hecho existente ya; porque, en realidad, todo: el pasado, el presente y el futuro, existen de una manera simultánea en el mismo plano, en la misma dimensión; lo sé porque para eso estudié simetría de partículas en química, solo que nuestra visión actual está limitada a una zona, como está limitado nuestro oído, que no percibe más que cierta amplitud de vibraciones, y nuestro ojo, que no ve más que ciertos colores.

Sería sin duda inquisitorial; de un horror sicológico superior a todos los cuentos de Lovecraft o de Poe, pero que no me arredra, no. Una de las grandes ventajas de mi pasado es que el futuro, cualquiera sea, no me amedrenta. A pesar de la angustia inenarrable que trae aparejada, la novedad del caso, en mí puede más la curiosidad que el miedo.

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No soy una paciente dócil, pero sí un sujeto decidido. Si se logra en mí la mutación, todas las personalidades en mi yo, compartiremos la gloria; una realizará el milagro, y esa otra parte mía, que soy yo, gracias a mi temeridad inmensa, pudiendo decir al mundo sus destinos, será una vidente mejor que todos los profesionales, un oráculo superior a cualquiera en Delfos, se agolparían las multitudes ansiosas a mi puerta, invadidas por el estremecimiento del enigma.

II
No hay decisión que sea tal si no se lleva a cabo. Ahorraré entonces la descripción de la operación de que fui objeto, los preliminares requeridos, las precauciones que la precedieron, el malestar indefinible y largo que la siguió, los días de fiebre y de seminconsciencia que pasé extendida en el lecho, el pasmo y mi sensación a la vez de miedo y de triunfo cuando empecé a palpar los resultados de mi obra.

Empezaré a relatar lo que sentí y vi en cuanto la primera hebra de lucidez se coló a mi espíritu. Una visión interior, pero material, ya que estaba constituida por imágenes.

Mi situación era análoga a cuando estuve en la cima de aquella montaña. Podía ver desde ella una parte del camino recorrido, y hacia el otro lado el camino por recorrer. Sólo que aquí, esos dos caminos estaban llenos de cosas y figuras, no en movimiento, sino inmóviles, a lo largo de los mismos. Es decir, que mi vida se hallaba partida en dos porciones por el presente, en dos panoramas, mejor dicho, cada uno de los cuales, sin confusión, sin enredo ninguno, se desarrollaba dentro de una variedad que era unidad y una unidad que era variedad. Imposible expresar esto sino con imágenes inexactas tomadas del diario vivir nuestro y de las cosas que nos rodean. No tenemos vocabulario ni imágenes para descripciones de tal manera extraordinarias.

Los sucesos futuros, las personas en juego con ellos, las cosas a ellos relativas, el escenario en que debían realizarse, todo estaba delante de mí en perspectiva admirable, y la sucesión de los hechos diversos se me revelaba por la reproducción del mismo hecho, con las variantes y las progresiones necesarias. Veía yo el futuro como se ven las tiras de papel de kinetoscopio. Como en cintas mudas, como una película sin sonido.

Me contemplaba a mí en todos los actos futuros de mi vida. Estaba en una muchedumbre inmensa de yos, que de manera inexplicable, no se atropellaban ni confundían, cabían todos en un plano ideal. Yo ahora, yo mañana, yo comiendo, yo durmiendo, yo enfermo, yo en plena labor, yo gimiendo por el éxtasis del sexo… y a lo lejos, como envuelta en bruma, yo siempre, madura, vieja, en unión de hombres y mujeres conocidos y desconocidos, de perspectivas de ciudades, de campos, de habitaciones.

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Por último, en una lontananza que no estaba constituida precisamente por la distancia, sino por la muchedumbre de estados, de situaciones diversas, mi camino expiraba en vaguedades indecibles; y el panorama, sin aquella como teoría inmóvil de seres y de cosas conmigo relacionadas, continuaba imborrable, lleno de figuras, de formas varias, de acciones por ejecutarse.

Al principio me contenté con divagar a través de las diversas perspectivas, perezosamente, sin interesarme en ninguna sucesión especial de hechos, pero después fui aclarando mi visión, desmadejándola y definiéndola. Entonces pude seguir los hilos, no podía escuchar, pero a medida que más insistía en ver, se ampliaban más los planos.

III
Comencé a llevar un diario, no hay nada mejor que escribir para recordar imágenes:

¡Me siento perfectamente
No sufro.
Veo absolutamente todo.
No experimento alguna sensación desagradable, En estos momentos soy feliz. Sin embargo, algo me inquieta. Me pregunto si es una consecuencia.
Logré cuanto me proponía de la operación, he tenido éxito, veo el porvenir, el mío y el de los demás, pero el mío especialmente por la claridad con que contemplo mi pasado. Necesito adaptarme a este nuevo plano, a este nuevo universo. Y sobre todo, necesito volver a escuchar!

Fui Tántalo al revés. Complacíame en ansiar el bien que forzosamente debía pertenecerme; en tener sed del agua mística y milagrosa, que solo para mí se despeñaba de las montañas del Ideal, y corría sonante y cristalina hacia mi boca.

Pero un día, a la beatitud empezó a suceder cierta leve impaciencia. A fuerza de ver y amar a aquella bonanza, un vivo anhelo de poseerla, el viejo deseo, padre de la especie, empezó a morder cruelmente mis entrañas. Medía el camino que nos separaba aún, y lo encontraba más largo de lo que ansiaba mi anhelo. La certidumbre absoluta de que todo esfuerzo sería vano para anticipar los acontecimientos, acrecía mi deseo de posesión y, al fin, este se convirtió en una fiebre, lenta primero, furiosa después… Nadie en el mundo, ningún arbitrio, ningún conjuro era bastante a hacer más corta esta cadena. Lo que había de suceder sucedería, con la implacable lentitud de su concatenación rigurosa. Yo podía, ver mi futuro, pero no acercarlo ni en el espesor de un cabello.

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Tales consideraciones no hicieron más que enardecer mis deseos, que llegaron hasta el paroxismo. Horas enteras pasé investigando, leyendo, estudiándome, me decía ternezas que no podía oír. Continuaba insensible. ¡Qué medio hostil!; ¡qué muro de diamante era aquel, conductor de la luz, cómplice de la visión, pero refractario a toda voz y a todo eco!

IV
Al cabo de cierto tiempo llegó, empero, mi angustia a ser de tal manera insoportable, que resolví no ver más hacia aquella zona luminosa en quería, antes de pertenecerme, la vida que me estaba destinada, y procuré entretenerme viendo venir los hechos inmediatos, examinando los mañanas de cada hoy; pero entonces caí en un desaliento grande, porque todo empezó a perder su interés para mí. Muchas ideas que me parecían importantes, muchas acciones ejecutadas en otro tiempo hasta con énfasis, se perdían con sus consecuencias en un futuro cercano, sin haber servido de nada, sin dejar la menor estela, sin reforzar posibilidad alguna. Qué pocas cosas, de las que hacemos con tanto afán los hombres, me parecían dignas de haberse ejecutado. Toda la miseria y la necedad del hoy, comprobada por un mañana implacable, ¿Por qué me hacía tanta falta escuchar la música, de los poemas, de los alaridos de cuerpos de madera y metal?

Creo haber escuchado que la música atrae a los cuerpos humanos. Los atrapa y los conduce a la muerte. Pensar es olfatear la cosa nueva que surge en el aire circundante. Es intuir más allá de la apariencia.

El método es el camino inverso, el transporte se hace al revés. ¿Son capaces los humanos de pensar sin retorno? ¿Seré capaz yo?

Deseo cosas inexistentes.

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Foto: Julie Christie en Demon Seed, 1977.

Veo, sé que la música es lo irreversible que nos visita. Es el retorno de lo sin retorno. Es la muerte en el día. La música es la asemia en la vida.

¿Es el sonar de las campanas el mugido de los hombres? Esto hace absolutamente imprescindible que pese a poder oler, saborear, tocar y ver absolutamente todo, encuentre la manera de escuchar.

V
Continúo mis estudios. Como ya todos saben, en el hemisferio derecho está la apreciación musical. En la percepción de ella hay interrelación de los dos hemisferios. Después de mi operación mi cerebro sigue inflamado. El oído cuenta con menos células sensoriales que otros órganos. El ojo por ejemplo, posee 100 millones de fotorreceptores, con ellos puedo ver cerca, corto, el futuro.

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Foto: Julie Christie en Demon Seed, 1977.

VI
Con mis imágenes cerebrales dancé con mi reacción a la música.
Como otros sistemas, el auditivo tiene una organización jerárquica. La música entraña mayor complejidad que un sonido aislado. Consiste en una secuencia de sonidos cuya percepción depende de la comprensión de las relaciones entre ellos. Por eso no percibo, no comprendo muchas relaciones, menos las sonoras.

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Sé que la respuesta cerebral depende también de la experiencia y la educación musical del oyente. Basta un breve entrenamiento para modificar las reacciones del cerebro. Parece que comenzar un intenso entrenamiento es el inicio de mi respuesta.

VII
La música también involucra la emoción, en lo que se percibe, en lo que se canta.
Cuando un acorde nos produce un delicioso escalofrío se activan los mismos centros de placer que actúan al comer chocolate, hacer el amor o tomar ciertas drogas, como el café.
¿Que mecanismos cerebrales subyacen a esta experiencia?
Mis tomografías mostraron que son dos sistemas diferentes los que se activan, cada uno relacionado con emociones distintas. ¡Oh, miseria, por ventura el amor no es planta de tal índole, que solo puede germinar, crecer, vivir entre el miedo, la angustia, lo imprevisto?
La previsión, en el estricto sentido de la palabra, quita toda vaguedad, todo encanto, todo enigma a las cosas de la vida. La música está dentro de nuestro cuerpo-mente. ¡Lo arreglaré!

Veo el futuro, concluyo entonces que para oír música no necesito que ningún sonido real llegue a mis oídos. Basta con imaginarla.

Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si

Me visto de blanco, tomo el bisturí y me siento al piano.

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