La palabra de Gabriela: La cinta blanca (Das Weisse Band, Michael Haneke, 2009). La identificación con el agresor y la génesis del mal


Por Gabriela Pérez

Necesitamos más entendimiento de la naturaleza humana, porque el único verdadero peligro que existe es el hombre mismo, él es el gran peligro, y es una lástima que no estemos conscientes de ello. No sabemos nada sobre el hombre, sabemos muy poco. Su psique debería ser estudiada ya que somos el origen de toda maldad posible. (C. G. Jung)

Rodada originalmente en color y “lavada” posteriormente en un fascinante blanco y negro, su argumento nos muestra la manera en la que la violencia toma al ser humano, partiendo de entornos opresivos y autoritarios donde la humillación y la continua vejación a la dignidad y al respeto constituyen el caldo de cultivo ideal para los fundamentalismos de todo tipo. El argumento transcurre en el pequeño y aparentemente idílico pueblo de Eichwald (un lugar ficticio), entre julio de 1913 y agosto de 1914, es decir, el mismo mes y año en el que se desencadenó la primera guerra mundial. Haneke traza una obra de precisión en las relaciones de los más de 22 personajes que forman parte del argumento de la película, 22 personajes que, magistralmente, adquieren una especial densidad caracterológica. El sonido es conciso y costumbrista, y no hay más música que la diegética, es decir, aquella encarnada solamente en lo que acontece en escena; hechos que favorecen la narración austera y siempre en calma.

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La cinta blanca nos ofrece un duro cavilar sobre la generación de la violencia que nace en los estratos más autoritarios de la sociedad y se extiende hacia todos sus recovecos. Efectivamente, hay dos figuras fundamentales en los que ley y violencia se dan la mano: el barón, amo y señor del pueblo y de sus tierras, un personaje egoísta y despótico, personaje cuyo contacto con los jornaleros y campesinos es objeto de desprecio y desdén; y el líder espiritual, el pastor. Las actitudes injustas, caprichosas en la administración de sus leyes del primero ante una serie de sucesos que le afectan y la implacabilidad sádica del segundo actúan como un virus sobre toda la población, pero especialmente, entre sus jóvenes adolescentes.

Michael Haneke lleva décadas indagando en las raíces del fascismo. No sólo investiga sobre la violencia, su búsqueda es más compleja, nítida y apasionante. Indaga sobre la miserable condición humana. Es un cineasta que aprecia al espectador lo bastante como para ponerle un espejo enfrente.

En el pueblo protestante del norte de Alemania tiene lugar una serie de acontecimientos misteriosos y brutales, narrados por una voz en off que pertenece al maestro del lugar, un anciano que cuenta la historia “parcialmente, de oídas”, y que en la época en que se sitúa la acción cuenta con treinta y muy pocos años. En parte, investigará los sucesos, de modo que el personaje funciona al mismo tiempo como narrador y como artífice del parcial desvelamiento de los misterios que sacuden la conciencia de todo el pueblo y amenazan con minar la autoridad de los poderes establecidos. Tensa la cuerda, lenta pero implacablemente, porque de tensar la cuerda se trata.

Con un inmenso flash-back, la formalización de los conflictos y peripecias de los personajes, se ve contradicha por un magma subterráneo de mentiras, atrocidades y secretos a voces, cargas de profundidad invisibles pero cuya hedionda verdad termina por traspasar los poros de la cotidianeidad, para instalarse por siempre en la retina y en la memoria de quienes miramos desprevenidos por la apariencia de normalidad. Un ejercicio de geométrica exactitud que primero se toma su tiempo para establecer situaciones, relaciones y réplicas, para terminar en un crescendo de barbarie desoladora.

Se ha emparentado esta película con ‘Escenas de caza en la Baja Baviera’ y el parentesco no es lejano, pero por su riguroso y formidable blanco y negro, por la hondura y exactitud de sus imágenes, por la cercanía geográfica y cultural, no me parece descabellado asumir su paralelismo con la obra maestra de Dreyer ‘Ordet’, aunque si bien en aquella se trataba de la búsqueda y confirmación del mundo espiritual, en un diálogo insuperable con Dios, en esta se trata de la búsqueda y confirmación de la maldad en estado puro, de los brotes de lo que luego será la cantera de criminales más despiadados de la historia, en un diálogo insuperable con el Diablo, que dejó el huevo de la serpiente en todos nosotros.

Es fascinante el modo en que Haneke establece un efecto mariposa capaz de unir, como si fueran vasos comunicantes, los hechos del pequeño pueblo apartado del mundo con el asesinato del archiduque en Serbia, que propiciaría la I Guerra Mundial. Sabe que todos estamos relacionados, más que casualidad, hay una dinámica causa-efecto que algunos llaman destino, el inefable destino, en el que si algo puede ir mal, irá peor.

I. LEY Y VIOLENCIA

Sobre la situación de la infancia y la adolescencia

Los sucesos son narrados por el maestro de escuela. Todo empieza con un accidente premeditado que sufre el médico del pueblo quien cabalgando su caballo es derribado por un fino cable, prácticamente invisible, con el que el animal tropieza. Sigue entonces la película con dos escenas donde ya se nos ofrece el trato que es deparado a los niños y adolescentes por parte de los adultos. Especialmente dura es la segunda de ellas, en las que el pastor nos introduce a la relación que los introyectos (quienes “tragan” creencias sin ningún tipo de discriminación o flexibilización) tienen con la generación de la culpa y la aplicación del castigo.

Ninguno hemos cenado nada hoy en esta mesa. Al ver que se hacía de noche y no aparecíais vuestra madre ha salido llorando a buscaros por el pueblo. ¿Creéis que podíamos comer y beber creyendo que os había pasado algo? ¿Creéis que podemos comer y beber ahora que os presentáis y que nos soltáis una mentira como disculpa? No sé que es más triste, o vuestra ausencia o vuestro regreso. Nos acostaremos con el estómago vacío. Estaréis de acuerdo conmigo que vuestro comportamiento no puede quedar impune si queremos convivir respetándonos mutuamente. Así que mañana por la mañana a esta misma hora os daré diez golpes de vara delante de vuestros hermanos. Mientras reflexionar sobre la gravedad de vuestra falta […] Vuestra madre y yo pasaremos una mala noche porque mañana os tendré que hacer daño. Los golpes nos dolerán a nosotros más que a vosotros […] Cuando eráis pequeños vuestra madre os ponía una cinta en el pelo u os la ataba al brazo. El color blanco de la cinta os recordaba la inocencia y la pureza. Creía que a vuestra edad la virtud y la decencia llenaba vuestros corazones y que ya no necesitábais tal recordatorio. Estaba equivocado…

Los hijos adolescentes del pastor, Martin y Klara son sus protagonistas. En este párrafo tenemos un claro ejemplo de la relación del introyecto con el juicio, la culpa y el castigo, o más concretamente, la carga de la culpa y la vinculación del castigo con la humillación y la vejación. Simplemente brutal. A la falta propiamente, se le añaden las cargas por el dolor causado ya no sólo por el sufrimiento de la familia, sino que, además, se les hace responsables a los jóvenes infractores de que como consecuencia de este malestar esta noche “nos acostaremos con el estómago vacío”. Esta noche nadie cenará. También se les hace responsables del dolor de tener que aplicar el castigo y, junto a todo esto, la humillación de su aplicación ante la madre y los hermanos, así como la renovada utilización de la marca de la “cinta blanca”. Paradójico el discurso de la inocencia y la pureza ante una actitud y unos hechos tan extremadamente sádicos.

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Posteriormente asistimos a una típica escena de Haneke donde lo que no se ve, pero se oye, nos muestra el horror. Tal y como el pastor anuncia, al día siguiente, a la misma hora, se inicia el ritual del castigo. Primero vemos a la madre acompañando a Clara y Martin, los dos hijos castigados, hacia el salón donde aguarda el resto de la familia. Luego vemos salir a Martin y dirigirse al despacho del padre del que sale con la vara de castigo y volver a entrar en el salón. La puerta se cierra e instantes después empezamos a oír los golpes de la vara y, un poco más tarde, los gritos de dolor de uno de los hijos.

Una mujer muere de un extraño accidente en la serrería del barón, lo que genera una cadena de acontecimientos que afectará especialmente a la familia del granjero Felder, quien a raíz de la acción de su hijo Max al vengarse este de la muerte de su madre destruyendo el campo de coles del barón, perderá su trabajo, así como la de su hija Frieda en casa del barón. Sin trabajo y con ocho bocas que alimentar acabará suicidándose. La violencia también se observa entre padre e hijo a raíz de estas consecuencias. Las bofetadas y el maltrato físico se hacen presente en cada situación que Haneke nos presenta.

Paralelamente a estos sucesos desaparece también el hijo del barón, Sigi, quien es encontrado posteriormente en la vieja serrería “atado, con los pantalones bajados y las nalgas ensangrentadas por los azotes que le habían dado”. A raíz de todo esto, las consecuencias no son sólo para la familia Felder. Si bien se demuestra que no es Max, el hijo del granjero, quien maltrató a Sigi. También resultan despedidos, sin ninguna razón, el tutor de Sigi y Eva, tutora de los mellizos del barón y la mujer de la que se enamora el maestro que nos narra la historia. Una vez más la arbitrariedad fascista en el ejercicio de la autoridad.

Entre estas escenas va surgiendo también la figura del pastor y el ejercicio brutal y humillante de la autoridad, que está en nombre de Dios, sobre sus hijos adolescentes. Asistimos así a una segunda escena donde una vez más contemplamos la relación de la ley con la humillación y la violencia con la que vemos al pastor interrogando a su hijo Martin para que reconozca que su extraña actitud en los últimos tiempos viene determinada por un comportamiento pecaminoso: la masturbación. Con un supuesto ejemplo tomado de otra comunidad de la que es pastor le relata todas las desgracias de un joven:

¿De dónde crees tú que procedían los cambios que llevaron al muchacho a tan terrible final? […] El muchacho había visto a otro abusar de los nervios más delicados de su propio cuerpo. Ahí donde la ley de Dios ha elevado barreras sagradas. El chico imitó tales acciones, y era incapaz de dejarlo. Destruyó todos lo nervios de su cuerpo y eso le llevó a la muerte. Solo quiero ayudarte. Te quiero con todo mi corazón. Se sincero Martin… ¿Por qué te has puesto rojo al oír la historia del pobre muchacho?

Martin finalmente confiesa que sí se masturba, y la ayuda de aquel que “le quiere de todo corazón” se concreta en ligarle las manos a unas correas cada noche al ir a dormir.

Más tarde será Klara quien sufrirá otro de los escarnecimientos de su padre en los que la lógica de la humillación y la culpa a través del dolor llevará a su hija a que se desvanezca. Tras llegar a una clase en la que los chicos están jugando alborozados, sigue otro de los torturantes discursos del pastor:

El día de hoy es muy triste para mí. Dentro de muy poco vamos a celebrar la fiesta de vuestra confirmación. Desde hace meses me esfuerzo por familiarizaros con la palabra de Dios y en convertiros en personas responsables según su espíritu. ¿Y con quién me encuentro hoy al llegar aquí? ¡Con monos gritando, sin disciplina ni dignidad, tan infantiles como los niños de siete años con los que compartís esta aula! Sin embargo, lo que me entristece más es el hecho de que mi propia hija tenga el papel protagonista de este lamentable espectáculo. Durante el último año le puse una cinta blanca en el pelo. El blanco es, como todos sabéis, el color de la inocencia. Esa cinta debía ayudar a Clara a evitar los pecados, el egoísmo, la envidia, la impudicia, la mentira y la pereza. A comienzos de este año fui lo bastante ingenuo como para creer que en el año de su confirmación habría madurado y que no necesitaría la cinta. Creí en su sentido de la responsabilidad como hija del líder espiritual.

Una vez más nos encontramos con la humillación pública, y públicamente es mostrada la tristeza y frustración de una hija que defrauda sus expectativas y compromete su posición como líder espiritual.

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Sobre la situación de la mujer

Un elemento importante en la película es también el trato que se le daba a la mujer en aquellos tiempos.

Ninguna posibilidad, todo previsto de antemano: pequeños coqueteos, una risa ahogada, unos momentos de azoramiento. Luego, por primera vez, la cara lejana, controlada con la que una empezaba de nuevo a ocuparse de la casa; los primeros hijos; quedarse un poco después del trabajo de la cocina; que por principio no la escuchen a una; ir dejando cada vez más de escuchar a los otros; hablar sola, luego las molestias en las piernas, varices, un murmullo en el sueño solo, cáncer de matriz, y con la muerte se cumplen por fin los destinos de la Providencia. No olvidemos que los distintos pasos de un juego al que en aquella región jugaban mucho las niñas se llamaban así: Cansancio / Agotamiento / Enfermedad / Enfermedad grave / Muerte.

Observamos este mundo de la mujer en toda la película precisamente por sus silencios. Lo observamos en Eva, cuidadora de los mellizos del barón, una joven de diecisiete años tímida y aun espontánea. Lo observamos en Frieda, la hija mayor del granjero Felder, pero especialmente en la señora Wagner, que cuida del doctor y sus hijos y que tiene un hijo retrasado, que también es su amante y a la que desprecia brutalmente. Lo observamos también la hija del doctor, Anna, la joven adolescente de 14 años víctima de los abusos sexuales de su padre. Todas las mujeres con el pelo recogido, vestidas de negro desde el cuello hasta la punta de los pies… La escena entre el doctor y la señora Wagner es esencial en este sentido.

II. VIOLENCIA Y PROYECCIÓN

El final de la película nos va mostrando poco a poco el papel que los adolescentes tienen en la trama de violencia. Vemos a Klara, tras el desmayo sufrido, matando el pájaro de su padre y dejándoselo sobre la mesa con las tijeras clavadas en forma de cruz.

Posteriormente la joven Erna habla de manera sospechosa con el maestro acerca de sus “sueños premonitorios” sobre algunos accidentes que sucedieron: dijo haber soñado algo que realmente sucedió, que alguien dejaba una ventana abierta en pleno invierno en la habitación donde dormía su hermano recién nacido. Previamente se había observado el disgusto de uno de los hermanos ante su nacimiento. También dice que ahora ha soñado que a Karli, el hijo retrasado de la señora Wagner, le sucederá algo muy grave, cosa que efectivamente sucede cuando lo hallan víctima de una paliza brutal.

Unas escenas más tarde vemos una nueva escena de violencia que tiene como víctima de nuevo a Sigi, a quien el hijo adolescente del administrador lo tira en al río para robarle su flauta.

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El maestro, intrigado por la repentina desaparición del pueblo de la señora Wagner (quien dice que Karli sabe quiénes fueron sus verdugos) y del doctor y sus hijos, y tras reflexionar sobre el comportamiento de algunos jóvenes y por “los sueños premonitorios” de Erna, empieza a ligar cabos y a establecer la temible conexión entre los actos violentos sucedidos y los jóvenes adolescentes como Klara, Martin, los hijos del administrador y otros… Algunas escenas se relacionan entonces con claridad, como el disgusto del joven hijo del administrador al saber el nacimiento de su hermano, o que la violencia infringida a Sigi es la misma que la que sufrieron Klara y Martin (los golpes en las nalgas) … Evidentemente nada se puede demostrar, si bien se hace evidente. Y mientras todos estos hechos se suceden, Haneke los liga con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, espoleta desencadenante de la primera guerra mundial con las posteriores declaraciones de guerra del Imperio Austrohúngaro a Serbia y de Alemania a Rusia y Francia, mientras invadía Bélgica. El maestro intenta comentar estos hechos al Pastor quien le amenaza con denunciarle por plantear tamaña “atrocidad”.

Las palabras finales del maestro son: “El pastor no volvió a mencionar nuestra conversación y su amenaza de denunciarme al parecer nunca la llevó a cabo. El año 1917 me llamaron a filas. Después de que acabara la guerra vendía la casa de Wassendorf, heredada de mi difunto padre y con ese dinero abrí una sastrería en la ciudad. ¡Nunca volví a ver a nadie del pueblo!”.

III. IDENTIFICACIÓN CON EL AGRESOR. RAÍCES DE LA VIOLENCIA Y LA SUMISIÓN

Esta película es un excelente ejemplo de uno de los posicionamientos posibles en relación con las introyecciones. Efectivamente, y como vemos en el filme, un tipo de autoridad como la ejercida por padres al estilo del Barón, el Pastor, o del administrador, o el doctor, o incluso la del granjero Felder, que aparte de violencia incluye el abandono emocional, genera tipos altamente violentos, cargados de sentimiento de culpa y castigo, así como de una fuerte agresividad que puede manifestarse en dos direcciones, una hacia uno mismo como autoinculpación y autocastigo, que implica también el desarrollo de una forma extrema de sumisión y acatamiento que incluyen el control y la hipersensibilidad hacia el agresor, y cuya descripción parte esencialmente de los trabajos de Sandor Ferenczi; y otra proyectada hacia lo exterior como tendencia a culpar y ejercer la misma agresividad sufrida hacia otros, postulada esencialmente por Anna Freud, y a la que, en todo caso, cabe considerar como una extensión de los estudios de Ferenczi. El mecanismo, tal y como se ha descrito, recibe el nombre de identificación con el agresor. A nuestros efectos me parece sumamente interesante el siguiente texto de Anna Freud en relación nuestra película:

Un yo que, con el auxilio de este mecanismo de defensa, atraviesa esta particular vía de desarrollo, introyecta las autoridades críticas como superyó y puede así proyectar hacia afuera sus impulsos prohibidos. Tal yo será intolerante con el mundo externo antes que severo consigo mismo. Aprende lo condenable, pero mediante este proceso de defensa se escuda contra el displacer de la autocrítica. La indignación contra los culpables del mundo externo sírvele como precursor y sustituto de sus sentimientos de culpa; y automáticamente se acrecienta cuando la percepción de la propia culpa cobra mayor intensidad.

Es decir, la identificación con el agresor surge de la combinación de la introyección de las leyes formuladas por poderes superiores que actúan como autoridades humillantes y violentas, también por lo que Ferenczi llamó terrorismo del sufrimiento y la proyección de la culpa. Es de esa manera que, como dice Anna Freud “continua el ataque activo sobre el mundo externo”. Este mecanismo es el que hallamos fundamentalmente en los actos violentos que cometen los adolescentes de la película.

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La versión de la identificación con el agresor propuesta por Ferenczi tiene un claro ejemplo en las mujeres de la película que tan precisamente nos describió Peter Handke. En palabras del psicoanalista Jay Frankel, quien ha profundizado en los estudios de Ferenczi, destaca que la identificación con el agresor también se basa en las actitudes de complacencia, acomodación y sumisión, destacando las tres acciones que constituyen la identificación con el agresor:

Primero, nos sometemos mentalmente al atacante. Segundo, este sometimiento nos permite adivinar los deseos del agresor, penetrar en la mente del atacante para saber que está pensando y sintiendo, para poder anticipar exactamente lo que el agresor va a hacer, y de esta manera saber como maximizar nuestra propia supervivencia. Y tercero, hacemos aquello que sentimos que nos salvará: por lo general, nos hacemos desaparecer a nosotros mismos a través de la sumisión y una complacencia calibrada con precisión, en sintonía con el agresor. Todo esto sucede en un instante.

Obviamente la identificación con el agresor no asegura por sí misma librarse de la agresión de éste, por lo cual el único recurso que queda es encontrar como hacer tolerable o sostenible lo verdaderamente insoportable, Es por ello que junto a la identificación hallamos dos mecanismos que suelen acompañarlo para soportar lo insoportable: la disociación y la introyección.

 

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El paso de lo individual a lo colectivo: la banalidad del mal

¿Por qué Haneke vincula estos “hechos” de un pequeño pueblo con el desencadenamiento de la primera guerra mundial, o con los posteriores hechos que determinaron el desarrollo de movimientos totalitarios como el fascismo o el estalinismo? Buscamos refugio en algo más grande que nosotros para evitar que la condición humana se las tiene que ver con la soledad y la responsabilidad sobre la propia vida y las propias decisiones.

Estamos todo el tiempo borrando nuestra particularidad en nuestras interacciones sociales con figuras simbólicamente fuertes en cuya presencia nos volvemos temerosos, dóciles, enmudecidos o tontos: médicos, jefes, celebridades, expertos, gente que lleva uniformes o trajes. Nos volvemos pacientes complacientes, empleados dóciles (incluso si estamos resentidos), consumidores voraces, anuncios corporativos andantes, ciudadanos pasivos. La identificación con el agresor desempeña un papel cuando nos quedamos helados por el tono enfadado de alguien, probablemente incluso si se nos tranquiliza con una sonrisa seductora. La amenaza que recorre todas estas situaciones es que automáticamente ponemos a un lado nuestros propios pensamientos, sentimientos, percepciones y juicios, y hacemos (y lo más importante, pensamos y sentimos) lo que se espera de nosotros. Dado lo extendido que en definitiva puede estar cierto grado de identificación con el agresor, sugiero que la identificación con el agresor forma generalmente parte de los aspectos inconscientes de la comunicación que transcurre de manera continua entre las personas que interactúan.

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Observemos que las palabras de Frankel prácticamente constituyen el soporte psicológico de la banalidad del mal propulsada por Hannah Harendt. Es más, encontramos aquí la relación entre la sumisión descrita por Ferenczi y la agresividad descrita por Anna Freud y que, bajo ciertas circunstancias hace que ciertos individuos aparentemente “normales” pueden llegar a ser capaces de cometer atrocidades. El caso de Adolf Eichmann fue el modelo ejemplar del tema que inspiró a la filósofa. La identificación con el agresor y la psicología de masas se juntan aquí para dar cuenta de ese aspecto destructivo que anida en ese aparente “hombre normal”.

La línea de continuidad que va del pueblo de ficción de Eichwald y sus personajes a la primera guerra mundial y al surgimiento de los totalitarismos como el nazismo o el estalinismo y sus consecuencias, es la línea maestra que traza Haneke desde lo individual a lo colectivo. Es por ello que quisiera concluir con unas palabras dichas en el que podemos considerar el escrito fundacional de la identificación con el agresor, palabras de Sandor Ferenczi:

… me agradaría que a partir de ahora concedieran más importancia a la manera de pensar y hablar de sus niños, de sus pacientes y de sus alumnos, tras los cuales se ocultan críticas, de forma que pudieran aclarar la confusión de lenguas y aprovecharan la ocasión para

Si cambiamos de lugar y de época, y mutamos los nombres de los personajes ficticios por reales, tenemos en La cinta blanca un retrato tan trágico, como bello, de nuestra actualidad mexicana.

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