La palabra de Gabriela: El lago de los cisnes en versión homoerótica


Por Gabriela Pérez

El 4 de marzo de 1877 se estrenó en el teatro Bolshói, el ballet El lago de los cisnes. La coreografía fue creada por Julius Reisinger y la música fue compuesta por Piotr Ilich Chaikovski. La historia está basada en una leyenda germánica que cuenta cómo unas jóvenes son convertidas en cisnes por un malvado mago, recuperando por las noches su forma humana.

El príncipe Sigfrido termina enamorándose de Odette, la reina de estas muchachas, cuando ésta le cuenta su triste destino y el de sus compañeras de hechizo. Ella le confiesa que sólo una promesa de amor que llegue hasta el matrimonio podrá acabar con el encantamiento, y así, Sigfrido jura hacer esa promesa en la fiesta que se celebrará al día siguiente en su palacio, ceremonia en la que él tiene que elegir esposa.

El día de la ceremonia, el mago que provocó el hechizo se presenta con su propia hija disfrazada de Odette, y Sigfrido, sin darse cuenta del engaño, le jura su amor, traicionando a su verdadera amada.

Odette decide morir antes que seguir siendo un cisne para siempre, pero Sigfrido se da cuenta del engaño e intenta pedirle perdón. No consigue llegar a tiempo por lo que Odette muere, y él tras ella.

Ambos deciden morir ahogados en un lago y con este sacrificio librar al resto de las jóvenes del hechizo. Al morir, ambos son conducidos en un carro tirado por cisnes a la eternidad.

Este ballet ha sido innumerables veces representado desde su estreno, pero ninguna de las versiones, hasta el momento representadas, ha superado en novedad y polémica a la creada por el coreógrafo inglés Matthew Bourne en 1996.

Matthew Bourne's SWAN LAKE. 15-12-2009

Matthew Bourne es posiblemente el coreógrafo británico más aclamado de la actualidad. Se hizo famoso con sus deconstrucciones de los clásicos, ese tipo de irreverencias que entonces tanto gustaban a los europeos. Montó Cenicienta durante un ataque aéreo, una Carmen que tiene lugar en un garaje, La Sílfide acerca del ambiente de drogas en Glasgow (esta obra comienza en un baño público) y El Cascanueces en el contexto de una familia actual. Sin embargo, ninguna de sus múltiples y siempre exitosas producciones han tenido el renombre y el impacto de su reconstrucción del célebre ballet de 1895 El lago de los cisnes.

Bourne rompió todos los esquemas tradicionales al reinterpretar la historia, interpretando los gráciles y femeninos cisnes por fuertes y eróticos hombres. Así, la trama de Bourne difiere notablemente del clásico ballet de Chaikovsky (precisamente un compositor homosexual), aunque la música se mantenga totalmente fiel a la partitura original.

El príncipe será representado como un joven soñador obsesionado desde niño con visiones de cisnes. El cisne será una criatura imaginaria, fuerte, masculina, bella. Para el príncipe representará tanto la libertad como el deseo. Sobre la notable innovación de transformar este ballet tan femenino en algo de una presencia avasalladoramente masculina, Bourne afirmó:

La idea de un cisne masculino me completa el sentido de fuerza y belleza: la enorme envergadura de los brazos de estas criaturas me sugiere la musculatura del bailarín mucho más que el de la bailarina en un tutú blanco. La bailarina puede sugerir, con certeza, la serena belleza del ave deslizándose a través del agua. Con todo, una de las imágenes que hemos estudiado fue una secuencia en velocidad desacelerada de un cisne atacando a un bote de pescadores (pienso que por proteger a sus polluelos) y fue aterrador. Nosotros deseábamos llevar a los cisnes a su naturaleza más violenta. Así, el cisne representa para el príncipe todo lo que él desea ser: fuerte, bello, libre. Es una especie de álter ego que refleja el estado de humor de la mente del príncipe. Su relación tiene una fuerte carga homoerótica.

El Príncipe, que aparece en el primer acto como un joven de 14 años, ya mayor, es un hombre débil, inadecuado para la vida en la realeza, un soñador que lleva una doble vida, y que está obsesionado desde niño con visiones de cisnes. Mantiene una relación fuerte, casi incestuosa, con su madre, celándola con sus jóvenes amantes. La Reina, como viuda se entretiene con jovencitos, aunque externamente se muestra formal.

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El Cisne es una criatura imaginaria. Para el Príncipe representa tanto la libertad como el deseo. El secretario de prensa von Rothbart, es hipócrita, corrupto y maléfico. Los otros caracteres del ballet son los cisnes, grandes y pequeños, princesas, pajes, y la novia plebeya del Príncipe, cuyas costumbres se estrellan con las reglas de la Corte.

A la obvia pregunta si esta producción pudiese interpretarse como un Lago de los cisnes gay, Bourne respondió:

“El Cisne representa para el Príncipe todo lo que él desea ser: fuerte, bello, libre. Es una especie de álter ego que refleja el estado de humor de la mente del Príncipe. Su relación tiene una fuerte carga erótica, y esto es importante: la fascinación de lo desconocido debemos todos recordar que el dueto del Segundo Acto es la danza entre ¡un hombre y un pájaro!”.

La gran apoteosis ocurre cuando el Cisne levanta al Príncipe y lo envuelve con sus alas, como un niño. Es la imagen más importante de la obra, simple y universal: la necesidad de ser querido.

Lo fundamental de esta versión es que Odette es un cisne interpretado por un hombre y por la crítica que el autor hace a las monarquías europeas actuales. La acción, en esta versión, transcurre en la corte real de Inglaterra, a mediados de la década de los años 50, hace algunas referencias también a la corte de los Grimaldi de Mónaco.

La preferencia de Bourne por el cisne masculino, reseña la parte de una concepción viril ideada para crear un nuevo signo que, lejos de ser grotesco y antagónico al modelo original, termina por generar una gestualidad y personalidad coreográfica de gran interés, apoyado en la extraordinaria interpretación del bailarín Adam Cooper.

Una historia que conlleva una profunda carga simbólica, psicológica y erótica, cargada de intensidad, y reforzada por una música y una coreografía de primer nivel.

Original, divertida y, sobre todo, poco ortodoxa, la personal versión de “Swan Lake”, creada por Matthew Bourne centra el argumento en el ansia de libertad de un Príncipe pusilánime, agobiado por la etiqueta y el boato, ninguneado por el carácter frío de la Reina. El espectáculo reinterpreta con más o menos libertad los cuatro actos del libreto original. La música en directo de la partitura de Chaikovsky engrandece aún más un montaje que, en ocasiones, podría parecer un musical sin canciones.

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En la época romántica, un cisne era una metáfora de aquello imposible. En ese planteamiento psicológico, se intuye que la visión en sueños de ánades por el Príncipe refleja su angustia vital, su soledad y deseo de afecto.

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Aburrido de los actos protocolarios y sin posibilidad de obtener el menor gesto de cariño de su madre, el Príncipe comienza una relación con una mujer de diferente condición social, que provoca algunos de los momentos más hilarantes de la obra, sobre todo, en la escena de la Familia Real en el palco de honor cuando acude precisamente a un ballet. Pero, en realidad, sus ansias emergen en el acto segundo, con el encuentro con el Cisne, sin duda, el fragmento más acorde con el argumento y planteamiento coreográfico del original.

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En el tercer acto, siguiendo la tradición secular, el Cisne interpreta a sus socias: el maligno hijo de Von Rothbart. El clímax se produce con el encontronazo entre ambos y el disparo fortuito que acaba con la vida de la Novia. En su misma cama, pero aparentemente recluido en una institución mental, el Príncipe vuelve a soñar con la manada de ánades. Atrapado por la locura, fallece consiguiendo así unirse a su amado Cisne.

La coreografía de Matthew Bourne posee una fuerte raíz clásica, pero su estilo es eminentemente contemporáneo. Incluso, en ocasiones, podría decirse que hay unos ciertos toques de jazz. Además del viraje argumental, también es muy destacable el sentido del humor que imbuye a toda la producción: desde la sátira a la monarquía en multitud de pequeños detalles, hasta la esperpéntica novia o la parodia del clásico en ese pseudo ballet de mariposas al que acude la Familia Real. Muchas veces se tiende a considerar esta producción masculina, lo cual no es totalmente cierto. La mujer está presente, pero en roles caricaturescos, serviles o como ejemplo de férrea autoridad.

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El peso principal de la obra recae en los hombres, pero sobre todo, con carácter de contrapunto, en el apocado príncipe y en el seductor Cisne e hijo de Rothbart. Especialmente destacadas son las escenas de paso a dos entre ellos bien como Cisne Blanco o como Cisne Negro, en la contraposición de dos estilos de bailar, más varonil o más afectada. También muy loable es el acto segundo con toda la pléyade de cisnes bailando con geométrica simetría.

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Este “Swan Lake” es fácilmente reconocible por ser la última escena de la película Billy Elliot, hecho que quizás contribuyó a catapultar aún más la fama de la obra. La filmación de esta puesta puede verse íntegra por red, recomiendo ampliamente que no pierdas la oportunidad de ver este clásico del ballet, con una reinterpretación nada desdeñable.

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