Texto leído en la presentación de Cuando el cielo se pinta de anaranjado


Por Mónica Mateos-Vega

El libro Cuando el cielo se pinta de anaranjado. Ser mujer en México, de la periodista Irma Gallo, no sólo es una invitación a reflexionar en torno a las mujeres, también es una prueba de lo absurdo que es que algunas personas pretendan convertir el Día Internacional de la Mujer en algo así como la segunda parte, comercial y frívola, del Día de San Valentín. Nos mandan flores y mensajes amorosos para felicitarnos por ser mujeres. Por ejemplo, algunos dicen: “eres alegría, eres consuelo, eres caricia, eres valiente, eres fragilidad, eres flor (sic), eres amparo, eres protección”. ¿Y si no lo soy? ¿Si soy tristeza, depresión, golpe, dureza, desamparo, debilidad? ¿Si dejo de ser una flor y me convierto en una cabrona, ya no soy mujer?

¿Qué significa ser mujer en México?
Irma nos cuenta en su libro que ser mujer en México es perder a los hijos por decir alto a la violencia, por denunciar al padre agresor, o ser encarcelada por matar en defensa propia a un violador, o ser discriminada por no tener atributos biológicos femenino, o resignarse a la soledad y el abandono en la vejez.

Irma nos cuenta 16 historias que nos convocan sobre todo a la acción, a la solidaridad.
Este libro, que fue publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), a la que también le agradecemos siempre su apoyo a este tipo de proyectos, plantea además un llamado de atención para repensar al feminismo, pues, como opina Irma en la entrevista que se publicó en el periódico La Jornada (8 de marzo de 2017), parte del problema en torno a la falta de equidad de género o la violencia contra las mujeres es “que no nos hemos puesto de acuerdo en qué es el feminismo y en cómo debe de evolucionar”.

Cuando el cielo

En su libro, Irma incluye una charla que tuvo con la crítica literaria Jean Franco, especialista en literatura escrita por mujeres y quien trabajó varios años en Guatemala con la poeta y activista Alaide Foppa, Jean Franco le dijo a Irma que el feminismo se ha quedado en lo académico, que la discusión se ha dado entre mujeres de cierto nivel educativo, económico y social, pero que les ha faltado voltear hacia las otras: las más pobres, las indígenas, las que se encuentran en reclusión, las guerrilleras, las trabajadoras sexuales, las trabajadoras domésticas, las niñas, las analfabetas.

Cito algunas palabras de Jean Franco:

“el feminismo ha sido demasiado de clase media. NO es una forma colectiva, de ningún modo. Es una corriente de pensamiento y acción muy fuerte en las instituciones académicas, y para estas instituciones la cuestión de la mujer es una cuestión para la antropología o la sociología. Hay que cambiar esas tendencias, porque el feminismo, entre otras cosas, ha olvidado temas como la vejez. Para los jóvenes la vejez es una cosa de horror, no quieren pensar en eso, entonces tienen que ser los viejos los que escriban al respecto”.

Irma dice en la entrevista antes mencionada, y coincido con ella, que ha habido un feminismo muy intolerante, excluyente y muy poco abierto a la crítica.

Por eso, gran parte de la responsabilidad de que las cosas estén como están, con respecto a las agresiones que a diario sufrimos las mujeres, es de las propias mujeres, y tiene que ver con la manera en la que hemos educado a la otra mitad del mundo, a los hombres, y no estamos hablando de épocas pasadas, sino de la actualidad, de nuestra generación. En este sentido este día, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, debe ser también un llamado a la autocrítica, y a partir de ahí construir un feminismo, como dice Irma, ante todo incluyente, irreverente y revolucionario, porque ser mujer en este país todavía es una situación muy difícil, como lo describe la periodista en cada una de las historias que recupera en Cuando el cielo se pinta de anaranjado.

Este libro se publicó poco antes de que Donald Trump ganara las elecciones en Estados Unidos, y atinadamente incluye un par de historias que muestran la difícil situación que viven nuestros paisanos allá, del otro lado de la frontera. Entre ellos, destaca el reportaje que Irma hizo acerca de la asociación Dreamers Moms de Tijuana, que agrupa a mujeres que han sido deportadas de Estados Unidos luego de vivir allá por décadas.
Irma ofrece datos que no debemos olvidar: habla del muro que en 2007 construyó Bush como parte de su programa contra la inmigración ilegal llamado Operación Guardián. Ese muro divide las ciudades de Tijuana y San Diego y está pintado con grafitis y frases que dicen, por ejemplo, “aquí es donde se estrellan los sueños”.

Dreamers Moms
Dreamers Moms Tijuana. Foto: Irma Gallo

Y añade algo que hoy se nos olvida porque solemos tener memoria de corto plazo: “Ojalá el ya conocido como el `muro de la ignominia´ solo dividiera territorios y no familias. A Barack Obama, el primer presidente afroamericano, el que llegó a la Casa Blanca con las más altas expectativas por parte de los sectores más progresistas de Estados Unidos, y con un importante porcentaje de voto latino (decisivo para su victoria en algunos estados) hoy le llaman `el presidente de las deportaciones´: hay organizaciones civiles que sostienen la cifra de dos millones de deportados hasta enero de 2016”.

Es decir, el drama de los migrantes tiene larga historia. Este libro nos cuenta que si bien se deporta también a hombres, cuando la deportada es una mujer, que además es madre, la tragedia es más profunda para toda la familia, pues cuando se rompe el lazo entre madres e hijos, éstos la pasan peor que si les faltara el padre.

Otros reportajes que se incluye en Cuando el cielo se pinta de anaranjado se forjaron, en principio, a partir del interés de Irma por dar voz a mujeres que con proyectos o iniciativas que tiene que ver con el arte y la cultura, han logrado rebasar la violencia o, al menos, olvidarla un poco.

Es el caso de las integrantes de la obra de teatro Medea material, que se presentó en el Foro Shakespeare, a las que Irma llama arqueólogas de sus propias ruinas. Este proyecto invitó a mujeres sin ninguna experiencia en arte escénico a trabajar desde su propia experiencia de violencia intrafamiliar o abuso para construir los personajes de la obra, además de recibir orientación y guía profesionales. La convocatoria decía también que se trataba de teatro para sobrevivientes. Los testimonios son muy interesantes, sobre todo porque confirman que en algunos casos son posibles los finales afortunados en las historias de horror.
Irma también presenta la entrevista con la escritora libanesa Joumana Haddad, quien tiene una revista erótica y realiza investigación académica, sus trincheras contra la misoginia que impera en su país. También está el caso de Dolores Dorantes, en Los Angeles, quien imparte entre los migrantes talleres de escritura autobiográfica, como una forma no solo de autoconocimiento, sino como una herramienta para de sanar el daño, como lo explica Mari, una de las participantes en esos talleres. Ella dice:

“Siempre el dolor no quiere uno recordarlo, pero como decía Dolores (la tallerista): recordarlo y sufrirlo también, y escribirlo, es una forma de sanarse. Entonces yo creo que eso es lo mejor que uno debe hacer. Porque sanando uno deja de martirizarse. Y es una manera de recobrar el alma, y ya como dejarlo ahí, en paz”.

El libro también incluye testimonios de las mujeres que viven en la Casa Xochiquetzal, refugio para sexoservidoras de la tercera edad, así como testimonios de mujeres que sufrieron violencia de género, y también un reportaje sobre la depresión postparto.

También se le da voz, y eso me parece muy importante, a las mujeres transexuales, porque si alguien está viviendo violencia en México, dice Irma, son ellas. No tienen una identificación oficial porque nacieron con otro sexo biológico, las asesinan, las discriminan, o si cometen un delito menor, como robar unas medias en una tienda, pasan años en una cárcel, y de hombres, sin acceso a servicios legales porque no tienen dinero

En conjunto, como dice Irma, este libro es un mosaico de muchas situaciones para mostrar los distintos rostros de la mujer en nuestro país, sin frivolizar, por supuesto, fechas como esta, en la que por cierto se conmemorara a las 140 mujeres trabajadoras que perdieron la vida en un incendio en una fabrica de Nueva York en 1911.

Desafortunadamente, como dije anteriormente, no todos los relatos que nos ofrece Irma tienen final feliz, pero hay atisbos de esperanza, porque nos hacen saber que en muchos terrenos existen mujeres trabajando para construir redes, para frenar injusticias, sobre todo para educarse y educarnos en el respeto, en la tolerancia, en la igualdad, e insistir siempre en que más que hablar de feminismo, hay que construir a cada momento actos de solidaridad.

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