Por Alicia González

 

Marcela ha escuchado “el instante justo en que cesa una vivencia y al unísono da paso a su propia resonancia” y sabe que ese momento es el de buscar nombre al desconsuelo tras el viaje que la ha transformado como persona.

Tamara es una dama antigua, de tiempo neblinoso que dibuja sobre la Sangre Libanesa y se recuesta sobre los recuerdos que anuda su espalda. La mujer desamparada pendiente de un timbre, lectora de sobres lila y conocedora de cómo los muertos llegan a la orilla por instinto. Pero cambiemos el foco, porque para su amante Tamara es el alivio, la permanencia al lado de alguien, alguna vez imaginada en la ciudad de Coimbra, donde está atada a la libertad sin freno de la infancia, pero puede vivir las noches intensas del trasnoche y el vértigo, pues estamos ante un libro para sentir en las piernas ateridas la luna que cubre al ser amado.

Anulada en fiestas nocturnas “entre el fastidio y el espanto” la protagonista sigue a la espera de un paracaídas frente a su decisión vital de mujer sola y desocupada. O no tanto, cuando José y Mateo componen la agregación de mundo y conocimiento, costumbre y sensualidad para ella.

Un libro blanco con olor a geranio y a cama que impregna a Tamara de esa fragilidad que provocan las relaciones ordinarias en los ensimismados, deformada por el ojo miope que percibe la vida o la recrea en modo impresionista, cuando el mundo no desaparece de ella.

Lo suyo es postergar para mañana el juicio de la belleza en el lienzo, mientras el jardinero, no uno como el de lady Chatterley, desde luego, la presiente y la huele. A ella, una mujer sabia que conoce la importancia de tener o no tener muertos., seguidora del exceso desde la desesperación como Dorothy Parker en busca de la desmesura por la senda de la medida.

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Su individualismo radical se plasma en frases como la que afirma que “el individuo (se ve) orillado a establecer -mayormente- inocuos lazos de grupo. Su hogar es entendido desde la perspectiva del hábito, contra el dilema del artista y su carcoma creativa. Y uno se pregunta:  ¿se puede volcar el desasosiego? Grandes novelistas nos han anegado en él.

No dejen de reparar en las japonerías de los cuernos opalinos con camelias que pinta Tamara, una mujer siempre a punto de ser rescatada de la vida, que no encontró en la Academia todas las aristas. Ni en la hermosa palpitación matutina con olor a masturbación que precede al sueño.

Niña consciente e inquisidora del yo y los otros, pisando las baldosas flotantes de su existencia opera desde la lejanía de una presencia de ánimo que habilita para la capacidad de acción. Y uno se cuestiona ¿el dibujo de la muerte ha de seguirse a rajatabla? Cuando como asegura la novela rebelarse al destino es pulsar el botón de la tragedia.

Asistimos al amor como proceso de desintegración y renacimiento, al que pide indulgencia. Es entonces cuando Tamara deberá asumir que los mecenas no existen y que hay que vivir la anécdota hasta que se extinga, porque entre Mateo y José que “huele a madreselva y lavanda”, al comparar al primero con un gato, ya tenemos la solución… ¿o no?

El libro blanco de Mateo

 Marcela Rodríguez Loreto.

Almaqui editores, C.D. México, 2013

160 páginas

16,83 €

 

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