La palabra de Gabriela: Ciervo vulnerado


Por Gabriela Pérez

Me molesta que muchos sean incapaces de sí mismos, y con ello, no puedan privarse de cursilerías. Tengo sin embargo, un muy buen sentido del humor; me gusta estar con muchas de esas personas, una o dos horas, pero después, me estorban, así que me retiro.

 Un diario es un asidero para el remolino de la vida y para que el contacto con el poder no me arrastre. Las palabras que decimos, todos los días, han sido dichas miles de veces ya, de múltiples formas. Para ti, que estás en mis diarios, tengo muchas palabras. Te lo cuento todo.

 

Hoy él me dijo que me quería. Que nunca lo había hecho porque le parecía una obviedad. Como cuando en la ciudad de los niños perdidos alguien de repente dice que tiene una jarra con agua. A través de los diarios, somos los cuentos contados por nosotros mismos a los demás. Somos nuestra memoria.

 ¿Necesitan los niños de una ficción violenta? Sería mejor si sólo en ese mundo irreal ocurrieran cosas espantosas, pero pareciera que necesitamos tergiversar la ficción para soportar la realidad. El miedo se ha convertido en un mensaje, en un soporte material de herramientas, construcciones y obras de arte.

 Vamos renunciando, como sociedad, a la reproducción de la realidad tal cual es. El potencial receptor del mensaje, lo modifica a priori. Esto pasa también con los medios. Podemos ir desde las telenovelas, que son desde hace mucho una narrativa corregible; a la historia de las torres, los muros y los puentes.

 La arquitectura es una de las artes que sirve y debe servir para algo. Pareciera que no, pero es una limitante tener que ser funcional. Los edificios y todas las construcciones son la narrativa de cada ciudad. No vivimos en un lugar, sino en su descripción.

 El medio modifica. En el caso del dramaturgo, el espectador interfiere de manera directa y positiva en la obra. Privilegio con el que no cuenta el narrador. La literatura, por ejemplo, se ve transformada por la lectura en voz baja. No importan lo mismo el ritmo que la sonoridad.

 El arte es como una cucaracha, se adapta a todo, pero tiene que cambiar. El arte de mis sueños volvió contigo anoche:

 

Sola me pierdo en esta cama.

Hecha pedazos, fragmentada como antaño.
Rota, derruida, con sabor a hiel en la lengua y color de muerte en la boca.
Abro los ojos de a poco para evitar que le dé tiempo de huir a tu sombra.

El mundo visible se desvanece y el alma desatada del tiempo y sus engaños,
regresa a la noche del principio, que es también la mañana del fin.
El fuego del amor deja de ser una gastada metáfora y
se vuelve una llama real devorando, de nuevo, mi cuerpo.

 

Así como la tristeza es una excelente pantalla para ocultar el enojo; descubrí hace poco que el enojo me sirve también para ocultar mi miedo. No suena nada original, no intento deshebrar el hilo negro, así son las cosas.

 Tampoco es que la máscara sea tan buena.

En este nuevo tiempo, camino con un bebé en brazos, que llora o habla durante toda la noche. Me deja sin oración fúnebre y sin lugar para unas horas de memoria. A media noche el infante limpia mi cuerpo con agua, agua clara y cristalina pero con olor a hierbas. Pone en la palma de una de mis manos una calabaza hueca, y un pastel de frijol en la otra. Invita –sin mi consentimiento- a muchas personas queridas y otras no tanto. Todos se comportan como si yo estuviera con ellos. Cuando la gente vive en la miseria, lo sabemos, todo parece oro. Y ellos, todos, creen que los amo.

 Las palabras fluyen con fuerza, pero él lleva el control. Es el narrador principal de la obra. Orienta la discusión, marca el ritmo, es el encargado de todos los rituales.

 Ahí puedo verte en el espejo, caminas junto a mí enseñándome que la poesía es mitificadora de una escisión, enseñándome que decir poesía es decir ciervo vulnerado. Unión entre lo imaginario y el realismo. Una flecha que tiene como objetivo la idea del tiempo. La música -poesía sonora a la que le temo tanto- tiene en mi vida un papel determinado. Un significado. Un papel protagónico en mi obra.

 Ella tendrá el valor de la palabra –me dices–, sus raíces en la tradición, cualquiera que sea, son profundas y fuertes. La universalidad le da el sentido y no la globalización. A final de cuentas, las ideas son las mismas. De entender esto, mi boca podría ser la boca de quienes no tienen voz, y mi fuerza le dará a los oprimidos la libertad.

 La lengua para entender el mundo; la lengua como bandera que no separa la gente, que no duele. Hay parte de la poesía que perdió su música. Ahora los poetas cuentan sílabas, riman en francés, portugués, alemán o italiano; escriben obras de teatro que no se montarán jamás. Dices que yo soy todo un continente, que antes de soñar con la liberación de cualquier oprimido debo liberarme a mí misma, dejar de contenerme es un buen comienzo para cambiar mi mundo. Sólo a través de una voz vigorosa, de un caminar lleno de orgullo, la palabra cobra fuerza y el sueño de otro mundo se sostiene.

 Cruzo la vereda con las manos sumergidas en el agua que desde hace un rato brota de la calabaza. El camino es siempre así. Soy la extraña en un mundo que es extraño para todos. Es mentira que los muertos no hablan, los oigo y ando con ellos. Tomamos todo lo que encontramos; le añadimos unas cuantas suposiciones y nos lanzamos al vacío. El desplome del salto al vacío puede volverse decoroso por la voluntad de estilo, por una segura voz narrativa. Se construye un saber tras una estructura, es bello siempre que su concepción incluya historia gráfica.

 

Al filo del agua hay una obligación de formar una idea de lo que se está diciendo y hacer un corte. Tu demanda es una forma particular; para sintetizar apelo a mis consabidos diagramas. La forma no va nunca separada del fondo, el texto y el tema de mi vida requieren una forma propia. Antes de escribir, me dices, está la voluntad de estilo, que no es más que decidir cómo expondré lo que he encontrado.

 No encuentro un puente diferente del que está ocupado por todos los demás. Mi orilla es habitable. No tibia, no suave ni reconfortante, pero sí habitable.

 ¿Puede la escritura decirme lo que quiero decir?

 A través de una serie de notas se gesta un proceso tras el cual encuentro o identifico los puntos remanentes, las fuentes primarias aderezadas por mi experiencia. Acaso pueda yo escribir sobre el amor porque mi adicción a él me autoriza; tendría que incluir empero a todos los materiales que se contraponen con mis argumentos. Tendría que buscar la presencia detrás de la palabra. Cada una tiene cuatro dimensiones, cuatro tactos. El literal, por supuesto, es el que nunca me causa problemas. Hay un sentido analógico, uno simbólico y filosófico; el que más me cautiva pero que menos conozco, es el sentido místico. Nado de una esquina a otra entre ellos.

 Cuatro ríos que emergen de la calabaza que tú, producto de ensueño, has puesto en mi mano. No hay palabras gratuitas. Cada una tiene un soplo, una presencia. En cada una sucede el universo. ¿Quién, qué, ahí, cuánto? Hay muchas maneras de acceder a la creación. La nada excluye la temporalidad y la espacialidad. El primer es, es creado por el existir. No hay ninguna totalidad, aún, que me pueda contener, estoy desbordada por la otredad; ¿es entonces el otro el infinito?

 Eres mi sombra, eres mi sueño, eres yo, eras un bebé y ahora eres un pájaro. Matemáticas, música, teología, poética, química, filosofía, misterio, ¿cuáles son mis formas de crear? ¿cuáles son los mundos alquímicos que coexisten en mi creación?

 La creación es paralela a la individuación. Asisto a mi propia marcha, mis obras no me explican, no me aleccionan. Una pasión no tiene sentido común. Siento las palabras habitadas por mí, entonces son auténticas.

 

Te sumerges en la calabaza, creces, te alzas y me besas. Me abrazas y me cantas al oído: Tranquila, el paraíso es la toma de conciencia.

 

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