Las pulsaciones de los cuerpos


Por Nadia Contreras

Antes de levantar la bocina del teléfono, la figura de Guillermo toma forma en la mente de Laura. Está de pie o sentado, el teléfono puesto en la oreja, mientras una y otra vez se repite el timbre monótono.
—Me dan ganas de abrazarte, apretarte. Meter mi lengua en tu boca, agitar las coincidencias.
—No lo digas. La vida es angustia exagerada.
Era el mes de junio. En la mesa (un encuentro de escritores en el centro del país), Guillermo habló de una escritura que lo traspasaba violentamente y Laura insistió en historias de mujeres ávidas. Pero al final, el roce, el incendio que desarregló la habitación del hotel.
—Cierra las cortinas. Te quiero únicamente para mí.

***

—¿Qué nos pasó?
—No sé.
—Mi matrimonio está lejos de derrumbarse.
—El mío es perfecto.
—Entonces ¿qué nos pasó?
—Quiero tu lengua. Necesito sentirla dentro de mi boca
—Voy a desbordar los cauces.

***

El trayecto de la piel, de las sombras y sus pliegues. Es así el pasado, pulsaciones que vuelcan los cuerpos sobre la cama. ¿En qué momento se olvidan las primeras caricias; en qué momento, los arrebatos, las mordidas, el temblor? ¿En qué momento se olvidan los nombres?
En el umbral está Juan Carlos y en sentido contrario a la habitación un mar irrepetible, un oleaje agitando suavemente el vientre limpio, extenso. De Jorge, Venancio, Efraín, Arturo y Rogelio, es Rogelio quien sobresale. Era un niño: eyaculaba siempre afuera y extasiado contemplaba el manchón blanquecino sobre las sábanas.

***

Basta un pequeñísimo rayo de sol entre las cortinas para que Laura abra los ojos en la confusión y el ahogo. Despierta de ese otro mundo donde la apretaron fuertemente; en el ritual, abrió las piernas como ventanas.
Intenta darle sentido a esa sensación de girar hacia lo profundo, hacia lo que no tiene fin. En la boca, hilos de saliva y semen. El olor de Guillermo se aferra a sus senos, a su vientre, sus axilas.
Frente al espejo, la otra no reconoce a la primera ni al hombre que le levanta las piernas, la arrastra hacia su cuerpo y se hunde muy dentro. Casi pierde la respiración. Dentro de ese espacio blancuzco piensa en la edad y cómo esta ha hecho en su cuerpo creativas incisiones, paisajes que deberían alejarla del desequilibrio, de ese resplandor que explota las entrañas.

***

Al otro lado de la bocina, la voz de Guillermo. No está Leonardo, ni sus hijos que años atrás, partieron. Puede hablar claramente de aquello que movió los relojes y el tiempo; de aquello que fue fiebre, sangre y piel abierta.
—Todo reverbera, todo es más dulce.
—Un día, no sé ni cómo, tendremos que tomar más riesgos.
—Deberíamos en este preciso momento.
—Ahora, en la alquimia de la ilusión, levanto tu cuerpo.
—Quiero amarrarme a tu lengua.

 

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