La palabra de Gabriela: Santa, desnuda e irreal


Por Gabriela Pérez

Aún hoy, podemos descubrir señales y misterios sumamente extraños, que continuamente superan nuestra comprensión. En aquellos desiertos viven seres inquietantes, a los cuales nosotros juzgaríamos dementes, pero que ahí son adorados como seres sobrenaturales. El espíritu de aquella tierra considera a estos santos desnudos como los contenedores del genio divino, que al descender de los reinos del firmamento se ha extraviado bajo apariencia humana, en cuyo interior no sabe ya comportarse humanamente. El entendimiento humano es un matiz maravilloso, a cuyo contacto todo lo existente se transforma según nuestro placer.

A mí me place crear seres, imaginarme santa, verme desnuda en una cueva remota, a cuyo costado fluía un pequeño río. Esta fabulosa criatura que nació de mí, no tenía tranquilidad ni de día ni de noche, le parecía escuchar incesantemente en su interior la estridente rotación de la rueda del tiempo; aquella terrible rueda que rotaba y rotaba. Era como el silbar de un viento de tormenta, un estruendo que ascendía más allá de las estrellas, una cascada de miles y miles de ruidosos afluentes que se precipitaran desde el cielo eternamente, tan eternas que, sin dejar de despeñarse ni un segundo, no permitía un instante de tranquilidad.

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Me sentía repelida por aquella rueda y, con todo el esfuerzo de mi cuerpo, deseaba acelerar su desenfrenada y vertiginosa rotación, para alejar al tiempo del peligro de inmovilizarse. Necesitaba conseguir al menos un segundo de tranquilidad. Cuando alguien me pregunta qué hago, convulsamente grito: “¿Acaso no son capaces de escuchar la atronadora rueda del tiempo?” Entonces me vuelvo a mí, continúo trabajando. Tan intensamente, que derramo sudor sobre la tierra.
Me enfurece al divisar viajeros peregrinando hacia mí, me observan, o murmurar entre sí. En aquellos momentos me estremezco violentamente. Rechinan mis dientes ante aquellos que, aun estando completamente inmersos en aquel engranaje, son incapaces de sentirlo o de notarlo siquiera.
Si en las cercanías de mi gruta algún desconocido emprendía cualquier trabajo físico, si recogía hierbas, si reunía madera o incluso si movía las piedras; reía entonces salvajemente por el hecho de que, ante el temible girar del tiempo, alguien fuera capaz de pensar en esas fútiles y mundanas tareas; como una bestia emergía de la cueva de un solo salto, y si acaso lograba atrapar al desgraciado de un golpe lo hacía caer exánime al suelo. En la desmesura me volvía incluso más salvaje y peligrosa. Rápidamente regresaba a mi caverna e impulsaba la rueda del tiempo con más violencia que antes.

Recuerdo el tiempo en que fui incapaz de estirar los brazos hacia cualquier cosa, o de aferrar cualquier objeto con las manos; a diferencia de los demás hombres, me era imposible dar un paso con sus propios pies sin cargar a los demás. Si acaso en alguna ocasión se me ocurría interrumpir aquel vertiginoso remolino, un miedo convulso se extendía a través de todos mis nervios. Sólo a veces, durante algunas noches hermosas en que la luz de la luna penetraba por la apertura de mi lúgubre caverna, me detenía y súbitamente caía al suelo, comenzaba a gemir desesperadamente y lloraba como un niño, pues el silbido de la poderosa rueda del tiempo no me dejaba en paz, me impedía realizar cualquier acción, obra o creación. Me siento consumir por el anhelo de indeterminadas y hermosas cosas, realizaba con manos y pies, suaves y silenciosos movimientos.

¡Pero todo era en vano! Buscaba algo indeterminado y desconocido a lo que asirse, a lo cual pudiera entregarme; deseaba encontrar en el exterior o dentro de mí algo que me salvara, ¡pero en vano! Mi llanto y desesperación se acrecentaban, y con desaforados aullidos saltaba sobre la tierra para hacer girar de nuevo la violenta y estrepitosa rueda del tiempo. Aquello duró muchos días. Muchas noches interminables.

Así ocurre también con el abatimiento que se da en la vida cotidiana, pues a menudo estamos en un estado de duelo pero no sabríamos decir por qué, mientas que en otros momentos nos encontramos alegres sin motivo aparente.

Entonces, una hermosísima noche de verano, bajo la claridad lunar yacía llorando desconsolada en el suelo de mi gruta. Sobre el firmamento azul oscuro centellaban las estrellas como refulgentes adornos en la lejanía de un extensísimo y sólido escudo; y en la faz de la luna resplandecían sus mejillas con una amable luz que bañaba la tierra frondosa. Los árboles se erguían ante aquella cautivadora refulgencia, como ondulantes nubes sobre sus troncos.

De suaves trompetas, y no sé qué otros instrumentos mágicos, surgió un mundo flotante de sonidos que fluían, ascendían y se precipitaban, originando una hermosa canción:

El sutil presentimiento de la lluvia
se despliega sobre el río y la campiña;
un encantador destello lunar
provoca a los amantes y extasía sus sentidos.
¡Ah!, cómo nos arrastran, como susurran las ondulaciones:
el espejo de las olas reflejando el arco del cielo.
El amor del firmamento
fluye puro en nosotros
refulgiendo en su resplandor estelar,
cuya pasión nos consumiría, si no infundiera fortaleza;
y nosotros, tocados por el fulgor del cielo,
del viento, del fuego, del agua y de la tierra nos asombramos.

El destello lunar hace surgir a las flores,
las palmeras dormitan
en los templos del bosque,
y en duermevela anuncia el ansiado sonido:
el despertar de la música;
las palmeras y las flores de la amada belleza.

Tras las primeras notas de la música de aquella canción desapareció la vertiginosa rueda del tiempo. Eran las primeras notas que escuchaba en el desierto; aquel anhelo indeterminado fue esclarecido, el encantamiento se rompió y conseguí liberarme del revestimiento terrenal. La forma de la inexistente santa se desvaneció, revelando una hermosa y angélica figura del espíritu. Repleta de presentimientos extendí los brazos entre los sonidos de la música y los movimientos de la danza. Flotaba cada vez más alto en el aire sin despegar los pies bien asentados en la tierra. De radiante luminosidad surcaban los aires, aquella imagen de mí penetró en el firmamento infinito.

El milagro se conservaba; pero ya no se concebía como una irrupción de fuerzas míticas de la realidad, sino como la naturaleza siguiendo sus propias leyes inmanentes, haciendo del hombre, aunque necesariamente muy pocas veces, un hombre superior.
El furor divino vino a ser visto como una sensibilidad del alma, y la grandeza espiritual de un hombre vino a medirse por su capacidad para experimentar y, por encima de todo, para sufrir.

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Una caravana de viajeros contempló extasiada la fantástica aparición nocturna, y los amantes creían divisar al genio del amor, del baile y de la música.

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