A cincuenta años de La ley de Herodes


Colaboración especial de Josué Cantorán

En 1967, después de una carrera de casi una década en la dramaturgia y la aparición de una novela que hoy sigue leyéndose, Jorge Ibargüengoitia publicó La ley de Herodes, una colección de relatos breves en los que anticipaba las características esenciales de su trayectoria, misma que hoy día es ampliamente considerada canónica. Ese volumen de relatos, que este año cumple cincuenta años de haber sido publicado, contenía ya la ironía casi sardónica del autor y su capacidad admirable de producir críticas profundas al sistema de la época sin perder de vista la prosa coloquial y la hilaridad de las situaciones narradas.

Si ya con Los relámpagos de agosto (1965), su primera novela, Ibargüengoitia había hecho gala de una exquisita manera de entretejer la historia con la sátira (cosa que se repetiría con novelas posteriores como Las muertas o Los pasos de López), su único volumen de cuentos lleva las cosas un poco más allá, al ser una suerte de sátira de sí mismo. Los once cuentos que lo integran parecen estar basados en episodios de la propia vida del autor, pues en todos se lee una voz masculina que corresponde a un personaje que en un par de veces es nombrado “Jorge” o “Ibargüengoitia”, lo que hace de este libro una especie de autoficción satírica. En eso, Ibargüengotia (esta vez sin comillas) se permite reírse, y a la vez nos hace reír, de aspectos sociales de su época como el mundo cultural, la ineptitud de los gobiernos en turno en temas como el ordenamiento territorial o la hasta entonces supuesta infiltración al campo intelectual de supuestos agentes de inteligencia. Cada uno de esos temas es abordado con una astucia que aún hoy no podría pasar desapercibida.

El libro abre con “El episodio cinematográfico”, donde observamos a tres escritores contratados por el gobierno para producir un absurdo guión. En este caso, será necesario revisar la historia del cine nacional para entender que, dadas las condiciones en que éste se producía en los sesenta, una situación como la descrita no es tan hiperbólica como pareciera. En “La ley de Herodes” y “Conversaciones con Bloomsbury” se describen situaciones que reflejan los enredos que provocó la intromisión de agentes culturales estadounidenses en los círculos literarios mexicanos. En el primero, el narrador pasa por una revisión que considera humillante al intentar aplicar para la beca literaria de una conocida fundación norteamericana, mientras en el segundo se narran los intentos de un editor estadounidense de conocer e integrarse a los círculos literarios en México, donde muchos suponían que era un agente de la CIA.

Image.ashx

Mención aparte merecen textos como “La mujer que no”, “What became of Pampa Hash?” o “La vela perpetua”, donde el narrador relata las circunstancias alrededor de cortejos con diferentes mujeres que resultan siempre fallidos. En todos los casos se destaca que el protagonista no logra consumar el amorío y diversos recursos cómicos se obtienen a partir de este síntoma. Sin desmerecer las cualidades de ninguno, de este trío de textos es el tercero el más relevante hoy día, pues la contraparte del narrador es una seria dramaturga (asociada usualmente con Luisa Josefina Hernández), lo cual nos permite volver a adentrarnos en las dinámicas del mundo cultural de la época, muchas de las cuales resultan peculiares o graciosas.

“La vela perpetua” tal vez sea el cuento de este libro que hoy se lee más ampliamente, hecho que se explica no sólo porque éste resulta buena fuente de chismerío literario de la época Ibargüengoitia, sino porque además es uno en los que se nota el tono irónico de su autor mejor trabajado y a la vez más suelto. Si ello fuera poco, de la tercia de cuentos antes mencionada, “La vela perpetua” es el único en el que el personaje femenino tiene una personalidad propia, lo que en cierta medida lo exenta de la lectura sexista que estos producen en nuestros tiempos.
Así como las relaciones amorosas fallidas ocupan espacio de reflexión en tres de los cuentos de este volumen, los conflictos de clase también tienen un lugar relevante.

En “Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos” se narran tres anécdotas en las que el narrador describe los préstamos económicos que hizo a gente menos favorecida económicamente, la mayoría de los cuales nunca fueron liquidados. Por el contrario, en “Mis embargos”, el narrador, que se asume como un escritor en consolidación, es víctima de un par de usureros que intentan embargar su casa cuando éste no logra pagar un préstamo. En ambos casos se percibe un intento de mostrar los huecos del sistema económico mexicano, siempre proclive a remarcar las diferencias entre distintos grupos sociales.

Si bien ya hemos mencionado la mayoría de los cuentos incluidos en este libro, hasta ahora hemos pasado por alto uno de los temas que se presentan como de mayor interés para Ibargüengoitia y que se encuentran incrustados en varios de estos relatos: el papel de la orden jesuita en este país y su influencia en algunos de los círculos sociales más poderosos. En “Manos muertas”, el narrador compra un terreno antes propiedad de la orden jesuita, sin saber que esto le traerá problemas legales por la irregularidad de su tenencia. Otras breves menciones de este tema, como cuando se dice que uno de los prestamistas de “Mis embargos” realiza los ejercicios ignacianos, ayudan a intuir que, lejos de espetar una crítica mordaz a los jesuitas, la actitud de Ibargüengoitia frente a ellos, con quienes por cierto se formó académicamente, es más bien ambigua.

Y es este tipo de ambigüedad, presente no sólo en La ley de Herodes sino en otros textos del autor, lo que en muchos casos ha ganado a Ibargüengoitia una recepción confusa con la crítica literaria. Parece ser que Ibargüengoitia se burla de todo (tanto de los jesuitas como de los próceres patrióticos, tanto de las mujeres que sus personajes intentan cortejar como de sí mismo) sin tomar partido por nada. Como se ha visto en el caso de algunas de sus novelas, una parte de la crítica no ha sabido cómo leer su obra porque no siempre es clara su posición política o la postura que asume frente a varios de los temas que aborda. En épocas en que el mundo literario mexicano manifestó abiertamente sus banderas políticas, dentro y fuera de los textos, la obra de Ibargüengoitia es, en ese aspecto, al menos sui generis.

Otra de las aristas más interesantes de La ley de Herodes es la complejidad de su pacto de lectura. Si bien se le ha llamado continuamente un libro de cuentos, también es evidente que estos están basados en anécdotas del propio Ibargüengoitia, lo que complejiza su ubicación en los límites entre lo que es propiamente un discurso ficcional y uno que pide al lector un pacto de veracidad distinto, como la autobiografía o las memorias. Si bien, para evitar problemas teóricos, es viable leer los textos como cuentos y olvidar que al menos en varios casos sus referentes reales pueden ser fácilmente ubicables, algunos relatos no permiten una lectura tan sencilla. En un juego similar al que varias décadas antes hiciera Nellie Campobello en Cartucho, donde se narra una serie de estampas revolucionarias en voz de una niña a la que sólo una vez en la novela se le lexicaliza como “Nellie”, Ibargüengoitia decide aquí bautizar a su protagonista con su propio nombre, creando un alter ego literario. La muchacha de “La mujer que no” lo llama “Jorge”, mientras la usurera de “Mis embargos” lo nombra “señor Ibargüengoitia”. Las razones de esta decisión, que parecería simple, en realidad podrían entenderse como una manera de complejizar y causar ambigüedad en el pacto de lectura. ¿Lo que se nos va a contar es netamente ficcional o no? Si esto fuera un híbrido entre ambos discursos, ¿es necesario que el lector sepa dónde empieza lo ficcional y dónde termina lo autobiográfico? Aquí cada quien tendrá sus respuestas, pero el hecho de que la pregunta se lance siquiera es verdaderamente significativo. Si hoy día eso causa cierta extrañeza, en la fecha de su publicación original imagino que debió provocar alguna clase de reacción en los grupos sociales aludidos por las sátiras de Ibargüengoitia.

Foto-Nellie-Campobello
Nellie Campobello

Es fácil rendirse a la lectura de un texto como La ley de Herodes, como se ha visto, a la vez irónico, hilarante, disfrutable, ligero en apariencia y complejo en su construcción genérica. Aunque el canon mexicano ha reservado felizmente un lugar especial para algunas de las novelas de Ibargüengoitia, estos cuentos no lograron colocarse tan fácilmente en la historia literaria mexicana, salvo algunos que han sido antologados en distintos soportes. Eso es una lástima porque, si bien las novelas más memorables de Ibargüengoitia son francamente importantes y merecen todo el reconocimiento que han logrado, la lectura de este volumen resulta una lógica introducción a la lectura del autor pues, como hemos dicho ya, es un muestrario temprano de su sello estilístico y temático, y además contiene en sí mismo características que la hacen una obra literaria compleja y de estudio pertinente. Además de sus artículos periodísticos, La ley de Herodes es el único libro de narrativa breve que Ibargüengoitia legó, por lo que este año, aprovechando su medio siglo de existencia en el mundo libresco de nuestro país, un reencuentro con los lectores es bastante merecido.

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