Por Pedro Paunero

La joven extranjera desciende las escaleras que llevan a la estación del Metro Père-Lachaise por la línea 3. Para ella, París no es una fiesta. El tren llega. Las puertas se corren. Aborda. Toma asiento. En la mano sostiene el teléfono celular. Echa una ojeada rápida a los mapas en la pantalla: Cimetière du Père-Lachaise, 16, rue du Repos. Nerviosa, cierra los dedos sobre el aparato. En la otra mano lleva un ramo de rosas rojas, todavía húmedas, que representan para ella, en su entrega, una llave, una especie de clave de paso, un acto para extorsionar al Más Allá como desesperado gesto de última oportunidad.

Todo comenzó como una querella ideológica entre tres periódicos rivales que se disputaban el futuro de Francia. La Marselleise, dirigido por el dramaturgo Henri Rochefort, Marqués de Rochefort-Luçay, enemigo del Imperio y editado por Paschal Grousset y su compañero de afanes políticos, La Revanche, en contra del conservador L´Avenir, del agente del Ministerio del Interior Della Roca. El 30 de diciembre de 1869, L´Avenir publicó una carta del príncipe Pierre Bonaparte, primo de Napoleón III, por entonces emperador, emprendiéndola contra la gente de La Revanche. Hubo exigencias mutuas para salvar el honor mancillado por parte de todos los involucrados, pero destacaba el desafío lanzado en la misiva, enviada a Rochefort, por parte del príncipe, en la que decía sentirse ultrajado en nombre de su familia e insultado por parte de uno de los “sirvientes” del periódico. Y desafiaba al mismo director de La Revanche a presentarse en su domicilio particular, sito en el 59 de la calle Auteuil y no en un palacio, como se supondría que deberían de habitar los Bonaparte.

 

Après avoir outragé chacun des miens, vous m’insultez par la plume d’un de vos manœuvres. Mon tour devait arriver. Seulement j’ai un avantage sur ceux de mon nom, c’est d’être un particulier, tout en étant Bonaparte… Je viens donc vous demander si votre encrier est garanti par votre poitrine… J’habite, non dans un palais, mais 59, rue d’Auteuil. Je vous promets que si vous vous présentez, on ne vous dira pas que je suis sorti.

Entra en terrenos de la solemnidad. Atraviesa los dominios de la tranquilidad. El silencio permite escuchar algún pájaro aleteando entre los árboles, los pasos de los visitantes parisinos que pasean, o de los turistas que se detienen y toman fotografías. Mira hacia arriba. Descubre los cuervos. Arrobada deambula, ora sobrecogida, ora conmovida. Se detiene ante un letrero. Es un plano del cementerio. Vuelve a echar una ojeada al celular:
Gisant de Victor Noir. 92éme Division, 20éme Ardt.

Con el ambiente caldeado por esa guerra de palabras era obvio que habría un duelo. A nombre de Grousset fueron hasta la puerta del príncipe Victor Noir y Ulrich de Fonvielle. Noir intentó entregarle una carta enviada por Rochefort. El príncipe, airado aún más, les espetó:
-¡Me batiré contra su amo, no con ustedes, sus sirvientes! –aludiendo a la condición de nobleza de Rochefort.
Hubo más intercambios de palabras. Noir defendió a sus partidarios. El príncipe le asestó una bofetada. En un momento dado, en plena confusión, Victor Noir yacía en el suelo, muerto a tiros.

Asesinato de Victor Noir
-Los resultados de sus análisis están listos, Señora Bogdánov.
Ella se muerde el labio.
-¿Hay esperanza? –se decide a preguntar.
-No podemos proporcionar esa información por teléfono. Pero puedo darle una cita para esta semana… ¿Le parece bien el viernes, a las ocho y media de la mañana?
-Sí –contesta en voz baja, luego levanta la voz y dice, firmemente-: ¡Sí!

En el tribunal el príncipe alegó defensa propia: Noir se habría ofendido ante sus exaltadas palabras, lo habría abofeteado y habría estado a punto de sacar su pistola. El príncipe no había hecho más que disparar, respondiendo ante la amenaza de Noir, de dispararle antes.

Se detiene en seco, a unos metros de la tumba. Una mujer abandona su lugar sobre la escultura. Ha estado abrazada al bronce, echada encima, murmurando por lo bajo una especie de letanía triste, que se vuelve más triste en el cementerio. Ahora la ve alejarse, sin mirar atrás. Ella piensa que es una falta de respeto. ¿Cómo ha usado así, sin más, a la escultura?

Fonvielle expuso su propia versión de los hechos: el príncipe habría abofeteado a Noir y, en seguida, habría sacado su arma y lo habría matado a tiros.
El tribunal aceptó la versión del príncipe, pero la muerte del periodista había despertado fuerzas, y provocado acontecimientos, que nadie podía haber esperado.

Victor Noir (2)

El taxista se detiene.
-La Clínica de ginecología, obstetricia e infertilidad James Marion Sims, señora.
Paga al taxista. Se apea. Cierra la portezuela tras ella. Mira hacia arriba, a la fachada. Respira profundamente. Sube los diez escalones que la conducen hasta la puerta de entrada.

Aproximadamente cien mil personas formaron parte del cortejo fúnebre de Victor Noir. El pueblo de Paris, arengado por los republicanos y el revolucionario Auguste Blanqui, hizo de la figura de Victor Noir, más bien un modesto periodista, un mártir para la causa. Hubo manifestaciones en contra de la absolución del príncipe y la impopularidad del emperador aumentó.

Horas después, sola, en su apartamento, sueña con el llanto de un bebé. Despierta. Sí, está sola. Continúa estando sola y llora hasta bien entrada la madrugada.

Tras la caída de Segundo Imperio, y el advenimiento de la Tercera República, el cuerpo de Victor Noir fue trasladado del cementerio de Neuilly al del Père-Lachaise.

Tumba de Victor Noir

Contempla la escultura por largos minutos. Son muchas las cosas que pasan por su mente. Verde por la pátina. Yacente. Mira los ojos cerrados de Víctor Noir, con los brazos a los lados, el sombrero a la altura de la rodilla derecha, tal como cayó cuando se desplomó su dueño sobre el suelo. Las puntas de los zapatos brillan por el lustre de los visitantes –mejor dicho, de las visitantes-, que los tocan, hasta pulir la pátina en el café dorado del bronce de abajo. Luego sus ojos se dirigen a la bragueta, a la que le falta el botón superior, y se quedan ahí, sobre la erección que el escultor Jules Dalou supo imprimir al metal. El bulto bajo la bragueta brilla también debido a los continuos roces femeninos.

Jules Dalou, escultor y anterior miembro de la Comuna, realizó la escultura de Victor Noir en 1890. Tampoco imaginó que por su obra, en una suerte de inversión del mito de Pigmalión y Galatea, el concepto de escultura conmemorativa se recubriría de fe y esperanza, desde lo yacente, para revertirse en un objeto numinoso, capaz de otorgar el don de la fecundidad. Un Príapo de bronce que vence a la muerte, como la República, cada vez que una mujer, henchida de deseo maternal, le hace el amor entre las tumbas.

La Señora Bogdánov comienza el ritual. Desenvuelve las flores y las pone dentro del sombrero, al lado de otras muchas que ya han colocado ahí y rebosan. A continuación se descalza y deja sus zapatillas a un lado de la tumba, se levanta la falda corta, la repliega sobre sus muslos, y monta la escultura, los dedos de sus pies se aferran a las lustrosas puntas de los zapatos de la escultura. Acomoda su sexo a la protuberancia de la escultura y, cariñosamente, acaricia las mejillas frías y besa los labios de metal, tan pulidos como la nariz. Cierra los ojos. Roza la helada nariz de Victor Noir con su nariz, como si de una amante apasionada se tratara. En realidad ella así lo siente. Modula una oración en voz baja –que sólo saben las iniciadas-, y le hace el amor a la escultura, entregada, helada, que se tibia con el calor de la mujer que cree, sin asomo de duda, que dentro de un año será madre.

SANYO DIGITAL CAMERA

Se tienen noticias que, desde los años sesenta del Siglo XX, las mujeres han peregrinado a la tumba de Victor Noir para realizar esta ceremonia de magia simpatética. No es la única sobre la que se realizan ritos o costumbres extrañas. Hasta hace poco la tumba de Oscar Wilde estuvo cubierta de besos y se sabe que Berthe de Courrière, amante del escultor Auguste Clésinger, hijo de George Sand y responsable de la escultura de Chopin (ambos sepultados en el Père-Lachaise), oficiaba misas negras sobre las lápidas y atrae a los satanistas actuales. Tampoco podemos olvidar a las multitudes que bailan, ingieren drogas y pegan sus chicles en la tumba de Jim Morrison, en una ceremonia dionisíaca hipermoderna, o a los devotos que visitan la tumba del espiritista Allan Kardec, cuyo bronce es tocado en una suerte de exorcismo o que la ceremonia de la fecundidad efectuada sobre la escultura de Victor Noir, tenga su origen en el rumor que apunta a que, al día siguiente de su funesta visita al príncipe Bonaparte, contraería matrimonio.

La Señora Bogdánov se levanta, se acomoda las faldas. Se calza. Mira con ternura la escultura, que parece dormida, que parece latir, le tira un beso con la mano, hace una reverencia y se retira. Un año después, en su casa de Moscú, se llevará una sorpresa.

Los cuervos ocupan su lugar en los árboles. Desde la parte más alta del cementerio los turistas señalan con el dedo el horizonte de París. A lo lejos puede verse, apenas, la Torre Eiffel. Cae la noche, pero el día traerá más visitantes y muchos más sacerdotes y sacerdotisas, entregados, cada quien, a su religión particular: la de la memoria viva de los famosos fallecidos.
Así transcurre la vida en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

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