Saúl


Por Magdalena Carreño

“Te consideras un espíritu libre, un ser salvaje, y te asusta la idea
de que alguien pueda meterte en una jaula”.

Truman Capote

Carnicero, boxeador, participante del movimiento del 68, buzo… a veces
me pregunto cuántas historias se quedó sin compartir mi tío Saúl. Si
la literatura se nutre de la realidad, él por sí mismo sería un gran
personaje de una novela de aventuras.

Casi 18 años más grande que mi mamá, nuestra vida se nutrió de sus
gustos y anécdotas. Salsa, jazz, música de películas (en especial la
hecha por Henry Mancini) y sus libros eran tomados a escondidas por su
hermana menor, quien años más tarde mantendría estos intereses
pasándolos, en cierta forma, a su hija.

Saúl había estudiado un tiempo medicina, su padre quería que siguiera
sus pasos, sin embargo, desertó porque después de cada práctica decía
que no podía comer ya que todo le sabía a cadáver. Entonces, se
decantó por la biología, en la casa que tenían mis abuelos era común
encontrar alguno de los animales que llevaba. Un día mi abuela se
llevó un gran susto cuando en la ropa encontró una falsa coralillo,
también causó gran sorpresa encontrar un camaleón encaramado en uno de
los duraznos del jardín cuando el árbol mudó de hojas.

Y crecí preguntando por estas anécdotas, cuando era niña me gustaba
escucharlo hablar de escarabajos y la familia a la que pertenecían.
También recuerdo que al enterarse que estaba interesada en los
dinosaurios sacó de su colección de revistas Muy interesante, una
donde había unos diplodocus en la portada, tal vez en ese entonces
tendría unos 7 u 8 años.

¿Cuántos tíos o tías pueden recordar en la literatura? ¿Qué clase de
papeles tienen en las novelas? ¿De qué manera nuestra familia va
dejando huellas imperceptibles en nosotros y en el momento en que ya
no están caes en cuenta de esas marcas?

En muchos sentidos, la vida de mi tío fue un misterio, vivía de manera
casi ermitaña en Xochitepec, en un terreno que mis abuelos le habían
heredado. ¿Qué hacía cuando no estaba de visita con la familia? ¿Qué
caminatas habrá dado por la ciudad? ¿Cómo pasaba los domingos?

Mi tío falleció hace un par de semanas. Hubo quien me preguntó si era
cercana a él, es una respuesta compleja. No puedo asegurar que fuera
mi confidente o que lo conociera realmente pero, de cierta forma, sé
que él sí me comprendía de manera diferente a mucha gente.

–¿Qué estás leyendo? ¿Has ido al cine? ¿Qué película viste?

Esas eran las preguntas que me hacía al recibirme cuando coincidiamos
en casa de mi mamá, generalmente los viernes o en la antesala a la
celebración de Navidad. Nunca existió el clásico: –¿Y para cuándo el
novio? ¿No piensas casarte? Mi tío no era esa clase de familiar que
aparece como cliché en las reuniones de muchas personas.

Y aunque, por costumbre y porque en los últimos años no escuchaba
bien, nuestras conversaciones solían ser breves me daba gusto
encontrarlo en el sillón, leyendo religiosamente La Jornada.

Mi tío siempre fue errante, era casi imposible mantenerlo quieto, de
súbito podía tomar sus cosas y decir: –Ya me voy. Así salía disparado
a no sabemos qué rumbos.

De lo poco que dejaba que supiéramos sobre sus excursiones en la
ciudad era que le gustaba chacharear en Tepito, era común que llegará
con alguna cosa que había encontrado, generalmente libros o películas.

No le conocí ni le escuche mencionar a algún amigo pero a veces, un
señor llamaba a casa de mi mamá para preguntar por él para comentarle
de un cine club en el que participaba.

Este fin de semana, recordé que el ajedrez que tengo fue un regalo de
él, al igual que un libro de Disney con las reglas para jugarlo. Creo
que lo habremos usado un par de veces (ser hija única ha causado mella
en mi práctica en los juegos de mesa).

IMG_6107

El día que nos despedimos de su cuerpo físico salieron a colación
varios fragmentos de la persona que fue, sus nietos lo recuerdan como
un hombre de una memoria prodigiosa, incluso como un sabio. Claro,
también era impulsivo, berrinchudo, desapegado… ninguna persona puede
estar completa sin sus defectos y mi tío los tenía de sobra pero me
alegra saber que vivió de acuerdo a sus reglas.

Tal vez, puedo pensar que fue un personaje de su tiempo, de los 60 que
se rebelaban contra el estricto control de generaciones anteriores ya
anquilosadas. Y él se rebeló todo lo que pudo a las estructuras, en un
ir y venir que desconcertaba incluso a sus hijos.

¿Hasta qué punto realmente conocemos a quienes forman parte de nuestra
familia? ¿Qué matices de sus personalidades no alcanzamos a
vislumbrar? ¿Qué podemos imaginar de esas piezas que dejan sueltas y
callan?

Moon River, de Johnny Mercer y Henri Mancini, compuesta en 1961 para
la versión cinematografíca de Breakfast at Tiffany’s, fue una de las
últimas piezas que escuchó mientras estaba en el hospital. Hasta el
día de su cremación no sabía cuánto le gustaba, al igual que a mí, esa
canción. Será por eso que mientras escribo esto también pienso en
Truman Capote y sus cuentos sobre Navidad. Me hace evocar a mi propia
familia, mi propia historia, el paso de mi tío por esta tierra, el
paso de un ser que hasta el último momento trató de ser libre como
Holly Golightly.

Anuncios

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poli Impelli dice:

    Se nota, Magdalena. Hermoso 🙂

    Me gusta

  2. Magdalena Carreño dice:

    Muchas gracias por el tiempo y la atención a la lectura. No puedo negar que este texto fue escrito con el corazón.

    Le gusta a 1 persona

  3. Poli Impelli dice:

    Qué sincero y real homenaje, me ha gustado leerte.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s