Refugios literarios


Por Magdalena Carreño

A veces construimos nuestros propios refugios con algo más que cemento, madera o piedras. Con la lectura y la escritura he armado uno, a partir del cual me asomo en las palabras como si fueran ventanas y veo las pequeñas acciones cotidianas que definen esto que llamo “mi mundo”.

Ver al otro por medio de lo que escribe y lo que éste llama “su mundo” establece una sinergia que nos hace sentir más seguros y, algunas veces, menos solitarios. Esa es la sensación que me ha producido Signos junto al camino (Sexto Piso), del escritor yugoslavo Ivo Andrić. Este obra hay que irla degustando como vino, poco a poco, saborear cada estampa que el ganador del Premio Nobel de Literatura en 1961 regala a sus lectores.

Algunas de esas imágenes son muy íntimas, anotaciones surgidas de observaciones interiores, de pesadillas, otras parecen postales de los continuos viajes que desembocó su carrera diplomática y como funcionario público. La multiculturalidad de la ya disuelta Yugoslavia se permite entrever en sus escritos; es así como nos encontramos con descripciones de las mujeres eslovenas o el carácter de los hombres serbios, un trazo de la historia de una región que unificó a principios del siglo XX y que se sumergió en guerras independentistas a finales de la misma centuria.

“Los rostros de las chicas y chicos eslovenos comparten frescura y la inocente belleza de sus paisajes. Me parece que en ninguna parte he visto tanta similitud y tanta unión de los rostros humanos con el paisaje en el que nacen y viven. Su sonrisa no <<conquista>> ni promete, sino que da todo lo que puede dar y lo que hay que dar antes de cualquier promesa. Sorprende como un manantial de montaña, sin sonido ni murmullo, con el que uno se topa por casualidad. Es extraña como un hermoso, suave y fresco hongo anaranjado que se asoma de repente, bajo la luz crepuscular, por entre las oscuras capas de hojarasca húmeda junto a los pies de uno, tal y como se abre de repente una vista entre las ramas de los pinos. Le dice, como una palabra no pronunciada, aunque confiable, que usted ahora está seguro: puede quedarse el tiempo que quiera e irse cuando quiera. Ella es la eterna juventud del paisaje por el que usted transita; lo regocija de paso pero también brilla para sí misma, con esa luz suya inagotable, cuando no hay nadie alrededor Brilla, porque no puede ser de otra manera”.

La naturaleza es parte constante de sus descripciones, el ciclo de la vida se despliega tan sólo en la hoja que cae de un árbol para volver a nutrir la tierra que “las recibe como si subieran hacia ella”. Su prosa está cargada de reflexiones poéticas que, en el prólogo del escritor serbio Goran Petrović, se condensan en una única pregunta: “¿Dónde estoy?”

S._Kragujevic,_Ivo_Andric,_1961
Ivo Andric

La fuerza de las palabras de Andrić resuena en sus lectores, el mundo que conoció el autor ha cambiado, ya no existe esa unidad que tanto anheló; sin embargo, lo esencial pervive, sin importar que estemos mirando a miles de kilómetros de distancia una región que se presenta exótica, boscosa y fría.

Asimismo, en Signos junto al camino encontramos en el “otro” a nuestro “yo”. Dibujamos nuestros propios anhelos y temores en sus descripciones, sin importar que hayan pasado ya 41 años de su partida, es la “condición humana” sin distinción de religión, género, raza… cargamos con la misma carne, huesos, piel, emociones:

“Huir del dolor. ¿Soltarse y caer por su propio peso, cual objeto, sobre el solitario montón de piedras? ¿O salir al encuentro del dolor, correr a través de él hasta el final y salir del otro lado donde ya no duele? Salvarse de él entregándosele por completo. Destruirlo volviéndose uno solo con él”.

Cuando pienso en refugios siento que éste es uno que hay que mantener cerca de nosotros y meternos a él de poco a poco para ir cobijando nuestras propias ansiedades lentamente.

No creo que sea casual que en este momento escriba sobre Ivo Andrić, el pasado 20 de junio fue el Día Mundial del Refugiado; ante esta fecha no dejo de pensar en todos los nombres de escritores que han visto su vida trastocada por alguna guerra o bien, hayan terminado afinado su sensibilidad ante la devastación o reconstrucción de lo que conocían.

Si bien la cultura mexicana se vio enriquecida por diversos exilios durante el siglo XX, empezando por el español, las dictaduras que se establecieron en América Latina trajeron mentes brillantes; en este momento pienso en particular en la historia de una mujer: Alaíde Foppa, quien escribió gran parte de su obra poética en nuestro país, además de formar parte de los movimientos feministas que se suscitaron durante la década de 1970.

alaide-foppa
Alaíde Foppa

Aunque nació en Barcelona, su padre Tito Livio Foppa fue un periodista liberal argentino y su madre Julia Falla era de origen guatemalteco; de ella tomó la nacionalidad en 1944. Sin embargo, fue este el país que la llevó al exilio en 1954 cuando el coronel Jacobo Árbenz fue derrocado por un golpe de estado.

En 1980 Alaíde Foppa fue secuestrada y desapareció cuando viajó a Guatemala a renovar su pasaporte. De ella, nos quedan sus luchas y por supuesto, su poesía:

Un día
“Este cielo nublado
de tempestad oculta
y lluvia presentida
me pesa;
este aire denso y quieto,
que ni siquiera mueve
la hoja leve
del jazmín florecido,
me ahoga;
esta espera
de algo que no llega
me cansa.
Quisiera estar lejos,
donde nadie
me conociera:
nueva
como la yerba fresca,
ligera,
sin el peso
de los días muertos
y libre
ir por caminos ignorados
hacia un cielo abierto”.

 

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