La palabra de Gabriela: 5 de 7, Breve exploración del tiempo


Por Gabriela Pérez

La noción de tiempo se encuentra en interacción con nuestro esquema conceptual, razón por la cual el problema del tiempo ha estado siempre, y a menudo de forma controvertida, en el centro del interés metafísico, científico y, por qué no, literario.

James Joyce
James Joyce

La búsqueda del tiempo ha sido particularmente azarosa en el siglo XX, un siglo en el que nuestro esquema conceptual ha sido sacudido por completo. Hay quien, como Proust, ha buscado el tiempo en el pasado, ya que el futuro parecía tenebroso. A otros, como a Einstein, les ha resultado complicado dilucidar cuál era el tiempo correcto, y han terminado perdidos en un continuo hiperespacial, desde el que lo han ignorado. Muchos han continuado con el intento de trascender el tiempo, imaginándose a sí mismos dioses de la creación, como Joyce, o buscando una especie de consciencia universal, como Virginia Woolf.

Virginia Woolf
Virginia Woolf

Ya Aristóteles había definido el tiempo como una dimensión del cambio: la medida del movimiento con respecto a un antes y un después, es decir, como secuencia y duración. Pero antes y después, presuponen cuestiones de orden y cambio que deben ser aprehendidas de manera consciente desde el presente. Surgen entonces dos preguntas: ¿Cuál es la relación entre el tiempo y el mundo físico? Y ¿Cuál es la relación entre el tiempo y la consciencia?

Ante lo inadecuado del lenguaje científico, los físicos se vieron obligados a emplear formas de expresión ambiguas para explicar el significado de sus descubrimientos experimentales. Esta incapacidad para describir la realidad a la que se vio sometido el lenguaje científico en los primeros años del siglo XX, trajo como consecuencia un acercamiento y una convergencia entre la descripción científica y la descripción literaria. El vínculo que las unía volvía a ser la imaginación.

La experiencia de irreversibilidad y del paso inexorable del tiempo es intrínseca a la naturaleza humana.

Pero las representaciones del tiempo son también componentes esenciales de nuestro conocimiento social, cuya estructura refleja los ritmos de la evolución de la sociedad y la cultura. Tanto en Hesíodo como en Ovidio, Caos es el vacío del universo, una masa desordenada y sin forma de la que surge un mundo ordenado. Eros es el deseo y Gea, la tierra, el lugar o espacio que da a luz a Urano, el cielo, a las montañas, a Pontus, el mar, etc. Uno de los descendientes de la unión incestuosa de Urano y de su madre Gea, es Cronos, el tiempo, un Titán que personifica un doble aspecto de Caos y Orden. Se trataba de un dios alado, siempre dispuesto a remontar el vuelo, y que devoraba a sus hijos, símbolo de la aniquilación. Pero mientras la vida de los dioses es eterna, la de sus hijos terrenales, los humanos, es sólo un tránsito, según explica Homero.

Una vez que el tiempo humano y el tiempo del mundo se encuentran en movimiento, los modelos estacionales de la naturaleza y el movimiento de las estrellas proporcionaron un nuevo orden para el tiempo. Los antiguos ritos de fertilidad se basaron en la astronomía, desarrollada en una tentativa por regular el ciclo de cosechas.

Durante la Edad Media la metodología fue poco importante puesto que Dios era el responsable del funcionamiento del mundo y de la razón humana. Se prefirió el modelo geocéntrico del universo, creado por Ptolomeo, al heliocéntrico de Aristarco de Samos, y el movimiento y tiempo del universo quedó en manos del milagro de Dios.

Giordano Bruno

Algunos hombres, que aceptaban la existencia del milagro, comenzaron a querer saber cómo ocurría. El espíritu de indagación se infiltró desde el Siglo XV. La caída de Constantinopla y la repentina entrada de las obras clásicas favorecieron este movimiento hacia formas empíricas. Copérnico se atrevió a oponerse a la teoría geocéntrica, que presentaba muchas contradicciones. Giordano Bruno indicó también que la tierra no sólo no era el centro, sino que, en realidad, no había ningún centro, añadiendo además que todo movimiento era relativo y que no hay una dirección absoluta en el movimiento del universo. Aún más revolucionaria fue su hipótesis sobre la existencia de una pluralidad de mundos. Además, Bruno creía que los componentes materiales de los cuerpos celestes eran básicamente los mismos que los de la tierra, lo que desafiaba abiertamente la noción del mundo humano como un mundo especial a imagen de Dios. Algunas de sus ideas tenían un claro parecido a las doctrinas gnósticas y herméticas por lo que fue quemado acusado de hereje.

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En 1572 el astrónomo danés Tycho Brahe, que no aceptaba el modelo de heliocéntrico, observó una estrella nueva en la constelación de Casiopea. En 1600, Johannes Kepler, observó otra estrella. En una época en la que los hombres creían que su destino estaba escrito en las estrellas, los movimientos de éstas resultaban fundamentales. Brahe y Kepler habían visto las explosiones de estrellas viejas, supernovas. Después Kepler determinó, usando matemáticas, las leyes del movimiento planetario y su movimiento en órbitas elípticas, lo que implicaba la pérdida de la ‘santa’ perfección del círculo.

Galileo también creía que “el mismo Dios que nos dota de sentidos, razón e inteligencia” no puede prohibirnos emplearlos para la obtención de conocimientos. Quería ser capaz de medir el tiempo con precisión y decidió diseñar su Gedankenexperiment con la caída libre de cuerpos desde la Torre Inclinada de su ciudad natal, Pisa. Sus obras sobre el movimiento de los astros quedaron listadas en el Índice de Libros Prohibidos hasta 1757, y a Galileo se le mantuvo bajo arresto domiciliario hasta su muerte en 1642.

La primera Revolución Científica implicó un cambio en la percepción del mundo y supuso la exteriorización de un conflicto fundamental entre Razón y Autoridad. Al reemplazar las nociones de la mecánica aristotélica por la ley de la inercia, Galileo eliminaba la necesidad de un agente, un primer motor. El mayor logro del siglo XVII fue el sistema matemático del universo introducido por Isaac Newton. Su método deductivo se basaba en la observación más estricta, tratando primero de describir la fuerza de la gravedad, que actuaba sobre los cuerpos a distancia, y después la diferencia entre los movimientos aparentes de las estrellas fijas, que parecían dar lugar a tiempos relativos medidos por los relojes, y un tiempo universal absoluto. El tiempo absoluto resultaba inexplicable para Newton, quien continuó poniéndolo en manos del creador y conservador del universo, una visión que causó la indignación de Leibniz, que acusó a Newton de asemejar a Dios a un simple relojero.

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Isaac Newton

Las ecuaciones de Newton presentaban la aceleración de un cuerpo en estrecha conexión con la fuerza aplicada, siendo la aceleración el promedio del cambio de velocidad con respecto al tiempo. Por tanto, el tiempo aparece dos veces en las ecuaciones de Newton, relacionada primero con la velocidad, y después como segunda derivada en la aceleración, por lo que el tiempo positivo y el negativo producen el mismo resultado. La mecánica de Newton es simétrica con respecto al tiempo.

La noción de la revolución científica debe mucho al trabajo de Thomas Kuhn y a su noción de paradigma o “modelo de pensamiento”. Para Kuhn la historia de la ciencia no ha sido un proceso de progreso y acumulación constante de conocimiento, sino algo caótico donde las revoluciones de pensamiento han hecho desaparecer radicalmente modelos anteriores. Así, por ejemplo, el cambio de la visión geocéntrica de Ptolomeo, a la heliocéntrica de Copérnico, implicó dos visiones irreconciliables del mundo. Un cambio semejante acompañó el trabajo en relatividad de Albert Einstein a principios del siglo XX. El artista moderno desarrolla ciertas estrategias literarias para escapar de un mundo en que el orden se ve amenazado. Las pesadillas o visiones apocalípticas pintan una realidad fuera del control racional, que únicamente puede confrontarse como si fuera un sueño. Este es el caso de Finnegans Wake donde Joyce emplea el mito como esquema para ordenar la realidad. La suspensión temporal que ofrece el mito ayuda a explicar la realidad, redimiendo la sensación de caos y dando forma y significado al panorama de anarquía de la historia contemporánea. El hombre moderno, retratado en el Ulises de Joyce, intenta buscar su camino de regreso a casa. El mito y el arte llegan a ser instrumentos epistemológicos que tratan de entender la historia y el mundo, donde el artista se asemeja a un Dios de la creación.

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La teoría de la relatividad

La negación del determinismo absoluto en la naturaleza planteaba también la necesidad de volver a evaluar la noción clásica de causalidad, que se había establecido desde la Primera Revolución Científica como una fuerza impulsora de la naturaleza, concibiéndose en términos mecánicos. La necesidad de ajustar el lenguaje a la nueva comprensión de la realidad llegó a ser otra característica prominente durante la primera mitad del siglo XX. El movimiento hacia un nuevo lenguaje venía alentado también por la nueva descripción científica del mundo. Aunque desde la época de Galileo la descripción matemática del mundo físico se considerara exacta, esta creencia en la exactitud del lenguaje científico se vio quebrantada con la Nueva Física. La formulación de la teoría de la relatividad y la exploración del mundo subatómico introdujo varios conceptos que carecían de un equivalente en la realidad cotidiana.

Las insuficiencias del lenguaje científico llevaron a los físicos a emplear un nuevo lenguaje, ambiguo e imaginativo, más próximo al lenguaje de las artes, que marcó la convergencia entre el lenguaje científico y el literario. Uno de los procedimientos usuales para construir una narrativa, es reconstruir un orden de acontecimientos, organizar el material y sistematizar lo más posible, para que pueda ser fácilmente recordado. Las relaciones causa-efecto unen la sucesión narrativa, creando una continuidad temporal y una historia. Nuestra experiencia narrativa y lectora consiste precisamente en el establecimiento de estas conexiones causales.

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Thomas Mann

Como la narrativa es esencialmente una noción temporal, necesitamos conceptos temporales para describirla. ¿Existe una filosofía literaria del tiempo? La asimetría temporal de la narrativa tiene una base espacial en estrecha relación con nuestra percepción física. La narrativa de autores como Virginia Woolf, Marcel Proust, Thomas Mann o James Joyce, explota esta tensión y opera, a la vez, en la frontera de varios tipos de tiempo, sugiriendo una revisión de este concepto.

El 2 de marzo de 1941, Virginia Woolf se tiró al río Ouse. Tenía cincuenta y nueve años y su nota de suicidio decía que no podía soportar más los momentos de depresión y locura. Sus narraciones son una colección de momentos que terminan en la muerte. El movimiento cíclico, el tiempo oscilante y rítmico ofrece un consuelo de renovación, pero supone también una incesante serie de ascensos y caídas, recogidos en la metáfora de la ola, que tiene un claro paralelismo con las estructuras temporales que aparecen en la obra de Joyce.

Joyce nació en Dublín en 1882, pocos años antes de que la hambruna redujese la población irlandesa de ocho millones a seis. Después de un periodo de fuerte emigración a Gran Bretaña y Norteamérica, el Movimiento Nacionalista Irlandés resurgió. Irlanda era aún una autonomía inglesa, presidida por un virrey que residía en el Castillo de Dublín. El proyecto de autonomía irlandesa había sido rechazado en 1886 y Parnell, cabeza del movimiento independentista, había caído tras el escándalo de su adulterio. La pequeña burguesía en la que Joyce había nacido, se encontraba en irremediable decadencia, y trataba de mantener sus ilusiones y nivel de vida, buscando refugio en el amor, la música, y en el alcohol.

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Dublín cerca de 1890

Esta época, sin embargo, coincide con una ola de grandes cambios e innovaciones tecnológicas como el teléfono, el telégrafo, la radiografía, el cine, la bicicleta, el automóvil, el aeroplano… Esto fue lo primero que la juventud advirtió. La vida se volvía más segura, más limpia, más cómoda, la muerte era más previsible y cada vez dedicaban más tiempo al ocio. Esta transformación de las dimensiones de la vida diaria es evidente en las primeras narrativas escritas por Joyce, donde “parálisis” es el adjetivo que emplea para describir la vida en Irlanda, mientras él, al igual que su personaje Gabriel Conroy, miran a Europa como vía de escape de esta inactividad. En este ambiente se desarrollan Dublineses y El retrato del artista adolescente.

En Dublineses, Joyce  abre las ventanas del Dublín de principios del siglo XX, para que podamos echar una ojeada a unos personajes inmersos en situaciones cotidianas reales. Expresa la fragmentación que experimentaban los individuos, incapaces de confiar en sus antiguas creencias, fueran religiosas, económicas, o políticas. Joyce articula esta fragmentación mediante formas fractales que le permiten presentar varias perspectivas manteniendo, al mismo tiempo, una distancia estética y emocional.

Lo que distingue a Dublineses desde el punto de vista histórico y estético, es su relativa sencillez. Dublineses otorga la misma atención a lo político, lo económico, y lo psicológico, así como también a lo estético. Al confrontar de manera recurrente e iterativa a la audiencia con imágenes de su propia parálisis, Joyce sugiere la insuficiencia de una única respuesta al análisis de esta parálisis. El tema principal es por lo tanto el de la incapacidad de los protagonistas de cada uno de los cuentos para escapar de los lazos psicológicos, sociales y físicos que los atan a Dublín. Ccomienza con cuentos acerca de la parálisis individual en la infancia, la adolescencia y la madurez, para convertirse en la narración de una parálisis colectiva que invade la vida social, política, religiosa y artística de Dublín. Finalmente, “Los Muertos” es el cuento donde la parálisis alcanza dimensiones universales. La ciudad llega a transformarse en una auténtica necrópolis donde los personajes vagan por un territorio fantasmal en búsqueda de amor, amistad, compasión. Cada cuento es una pequeña muerte, la huella de un fracaso.

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La teoría estética, que Joyce formula primero en Stephen Hero y después en El retrato del artista adolescente, parece ser una mezcla de imaginación y observación. La idea de que el artista debe rescatar nuestro mundo mental de impresiones reiterativas que aniquilan nuestra capacidad de percepción, y recrearlo de nuevo mediante la imaginación poética, es muy próxima a la concepción de Virginia Woolf de los “momentos del ser”. La elección del término “epifanía” subraya la creencia en el artista como alguien que revela, pone de manifiesto a los demás, un misterio. El artista aspira a ser una especie de profeta, cuyo papel consiste en purificar el idioma y exponer la parálisis de perspectivas antiguas y desfasadas.

Las técnicas innovadoras empleadas por Joyce, su utilización de la ironía, de múltiples puntos de vista, etc., reflejan el sentido de la vida como una sucesión líquida de presentes, al igual que ocurría en las narrativas de Woolf, y, aunque Joyce no emplea el presente atemporal para crear un efecto de suspensión del tiempo, la relación entre momentos perceptivos parecidos, crea un efecto de conexión entre pasado y futuro.

Durante 1914 y 1922, mientras Joyce escribía el Ulises, la Primera Guerra Mundial le forzó a él y a su joven familia a mudarse desde Trieste a Zurich y posteriormente a París. La publicación de las primeras entregas de la novela trajo consigo grandes problemas de censura, no sólo por las alusiones explícitas a materia sexual que se consideraba obscena, sino porque ridiculizaba la causa nacionalista en una época en la que se encontraba en pleno auge.

Si el armazón homérico no resulta demasiado obvio, es precisamente porque Joyce lo emplea para subvertir el modelo heroico y crear una épica irónica, una parodia de anti-héroes, de mortales comunes donde la nobleza de los personajes reside precisamente en su fracaso por estar a la altura, por alcanzar la dimensión épica. El personaje y carácter de Ulises había fascinado a Joyce desde su juventud.

Todas las palabras del Ulises presentan una acción que transcurre en un solo día, un jueves 16 de junio de 1904, cuando dos hombres corrientes recorren las calles de Dublín, ocupados en las tareas “mediocres” de la vida cotidiana. Stephen Daedalus, muy conocido del Retrato, descubre que no quiere vivir con sus amigos (episodio 1, Telémaco), desalentado  da una clase de historia (episodio 2, Néstor), pasea por la playa pensando en el paso del tiempo (episodio 3, Proteo), se enfrasca en una discusión dialéctica en la biblioteca (episodio 9, Escila y Caribdis), asiste a un parto junto con sus compañeros de medicina, y se emborracha (episodio 14, Los bueyes del sol), va a un burdel con el segundo protagonista del libro, Leopoldo Bloom, donde hace un numerito a lo Siegfried con una pobre lámpara, se mete en una pelea y se desvanece por el exceso de alcohol (episodio 15, Circe), habla con Bloom tomando un café cargado (episodio 16, Eumeo) y después en casa de Bloom donde ambos orinan en el jardín (episodio 17, Ítaca), y finalmente, se va a casa con nuevos propósitos para el futuro. Bloom, por otra parte se levanta, se asea y desayuna, va al retrete (episodio 4 Calipso), a los baños públicos (episodio 5, Lotófagos), a un funeral (episodio 6, Hades), al periódico por un asunto de trabajo (episodio 7, Eolo), al bar a comer (episodio 8, Lestrigones), a la biblioteca, donde coincide con Stephen aunque no se ven (episodio 9, Escila y Caribdis), a dos bares, en el primero coincide con el padre de Stephen y escucha cantar a unos amigos (episodio 11, Sirenas), en el segundo se ve acosado por un nacionalista irlandés, debido a su condición de inmigrante judío (episodio 12, El Cíclope), después de descansar un poco y hacerse una ah! en la playa (episodio 13, Nausica), Bloom se dirige al hospital a visitar a una amiga que acaba de tener un niño (episodio14, Los bueyes del sol), va con Stephen a un burdel para intentar protegerle (episodio 15, Circe), a tomar un café cargado (episodio 16, Eumeo) y, finalmente, a su casa y a la cama (episodio 17, Ítaca), donde le espera su mujer, ocupada en recordar un hermoso día de adulterio (episodio 18, Penélope).
Sí, por supuesto, el libro está basado en la Odisea de Homero, ¡claro!

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Yo celebro que cada vez, mi Universo es menos inconcebible. Disfruto la materia, el tiempo, el amor, la ciencia, las letras, la música, a Woolf, a Joyce, a Homero, y, ¿por qué no?, el pasado Bloomsday también.

 

 

 

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