Por Gabriela Pérez

Foto de portada:

Valentino Funghi

Todo sonido es invisible. Ignora la piel, no sabe lo que es un límite. No es localizable. No puede ser tocado. Es inasible.

La audición no es como la visión. Lo contemplado puede ser abolido por los párpados, puede ser envuelto, se torna inaccesible por una muralla. Lo que es oído no conoce barreras ni párpados, es indelimitable. El oído es la percepción más arcaica en nuestra historia personal, está incluso antes que el olor, por supuesto, antes que la visión.

El ritmo está ligado a la vibración. Por eso la música vuelve involuntariamente íntimos unos cuerpos yuxtapuestos. Oír es ser tocado a distancia.

Los sonidos que el niño oye, no nacen en el instante de su nacimiento.

La polirritmia corporal y cardíaca es tanto más adquirida cuanto parece espontánea: sus ritmos son más miméticos y sus aprendizajes más contagiosos que voluntariamente desatados. El sonido no se emancipa nunca del todo de un movimiento del cuerpo, que lo causa y lo amplifica. La música jamás se disociará por completo de la danza. Del mismo modo, la audición no se separa nunca de la formación del lazo filial lingüístico.

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Carlo Navarro

Antes del nacimiento y hasta el último instante de la muerte, hombres y mujeres oyen sin un instante de pausa. No hay sueño para la audición. Por eso los despertadores apelan al oído. Para el oído es imposible ausentarse del entorno. No hay paisaje sonoro porque el paisaje supone distancia ante lo visible. El sonido es el territorio que no se contempla. Es el territorio sin paisaje.

La música no se examina, no se encara. No se le teme entonces, me aconsejan. La música arrebata de inmediato, un arrebato físico por su cadencia, tanto al que la ejecuta como al que la padece. El auditor, en música, no es un interlocutor. Es una presa que se entrega a la trampa.

La experiencia sonora es siempre, a la vez, pánica y anestésica, apresando todos los miembros, apresando el pulso cardíaco y respiratorio, ni pasiva ni activa; altera; es siempre imitativa. Solo hay una única, muy extraña y específica metamorfosis humana: la adquisición de la lengua “materna”. La voz se produce y escucha al mismo tiempo. La música es incluso más que la muerte que se llama en la convocación de las sirenas.

Cuando nos detenemos a contemplar el rostro de cualquier persona que duerme, es inevitable percibir el enorme parecido que existe con el rostro de alguien que yace muerto. Nada hay en lo sonoro, algo que nos retorne una imagen localizable, simétrica, invertida de nosotros mismos, como lo hace el espejo.

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Las sirenas encantaban con su canto a los marineros

Cuando Leonardo da Vinci se pregunta en su cuaderno de notas: “¿Qué es el sueño?”, su respuesta es bien clara: Es la imagen de la muerte. Se trata de una impresión profundamente arraigada en el ser humano. Así, una inscripción en una tumba romana reza: Lugete quiescit. –Llorad por él, descansa–. Y lo mismo sucede con los germanos, cuando sus naves se hundían, los marineros del Danubio rezaban: Duermo, luego vengo a remar. La mitología clásica también confirma esta analogía.

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En latín, el reflejo se dice repercussio. La imagen es un símil de una muñeca localizable. Una especie de maniquí. El eco no es una muñeca sonora, no es una efigie. El eco no es exactamente un reflejo arrojado ante el hombre: es una reflexión sonora y quien la oye no se acerca sin destruir su efecto.

Al morir, Narciso se zambulle al interior del reflejo de sí mismo que ve. Rompe la distancia que la visión permite y que separa lo visible de la visión. Se hunde en la imagen localizable hasta el punto de convertirla en su tumba. El río es su madre que se adelanta.

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Narciso se enamora de su reflejo. Pintura de John William Waterhouse

El poeta escocés William Drummond supo expresar una correspondencia simbólica entre estos dos entes: muerte y sueño, “hijo del silencio” lo llama, le pide remedio para sus desventuras: Ven como quieras, tráeme lo que quieras pues anhelo besar la imagen de mi muerte. Esta metáfora puede contemplarse despojada de cualquier connotación metafísica, tal como lo hizo Musset poco antes de morir: Dormir, por fin voy a dormir, dijeron sus cansados labios.

La imagen del apacible sueño biológico siempre encierra un misterio bajo los párpados. La posibilidad de poder una explosión física, de tiempo o de vida, más allá de la existencia concreta, no se refleja en el rostro del durmiente. ¡Gran enseñanza en las palabras de Hamlet:

Dormir… tal vez soñar ¡Ay! Allí hay algo que detiene al mejor. Cuando del mundo no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte!

El chamanismo es la caza de los espíritus que brincan de animal en animal en la doble inmensidad de los mundos visible y nocturno, es decir real y onírico. Esta caza es un viaje del cual hay que regresar.

Un buen chamán es ventrílocuo. El animal penetra en quien lo llama con su grito. El dios entra en el sacerdote. Es el animal que cabalga, el espíritu que induce el trance en quien posee. El chamán lo combate. Se transforma en presa del chamán. El chamán se convierte en un cofre de dioses: no imita al jabalí: el jabalí gruñe en él, el íbice brinca en él, el bisonte lo acosa en el pisoteo de su danza. La gruta también está marcada por la ventriloquia: es el eco de la boca que engulló las fieras en el vientre de la tierra. En sus viajes, el chamán puede ir en busca de cualquier aliento para hacerlo retomar y caer en medio del grupo al término del trance musical. Sí, si lo piensan es correcto, es inconsistente, pero es real.

La visión moderna de la muerte es literalista: la máscara ocupa ahora el rostro verdadero. El cuerpo del muerto ya no significa como en el pasado apariencia, envoltura, el proceso de su corrupción entraña toda la verdad de lo que somos: un cuerpo mortal.

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Mathew MacQuarrie

La inconsistencia y la no delimitación son atributos divinos. La naturaleza de los sonidos es ser invisible, sin contornos precisos, con potencia para interpelar lo invisible o para hacerse mensajeros de lo indelimitable.

La audición es la única experiencia sensible de la ubicuidad. Por eso los dioses terminan como verbos. ¿Existen los dioses? ¿Qué hacer frente a tanta incertidumbre? Acudamos a la Ciencia, diríamos algunos. La historia del Universo es para la física, la química y la biología la historia evolutiva de la materia. En ese contexto, puramente material, la vida y la conciencia humana se contemplan como hechos accidentales, productos azarosamente surgidos hace millones de años. Para la Neurología, la conciencia constituye un epifenómeno del cerebro. La inconsistencia se hace patente al no contar con evidencia empírica de cómo se produce este prodigio del espíritu humano en los cráneos tan multiformes.

Si recurrimos a técnicas como la Resonancia Magnética, el resultado será análogo. Podrán señalarnos cuando un pensamiento o emoción se asoma al asociarlos con cambios metabólicos del cerebro, pero no existe ninguna demostración empírica de cómo as células cerebrales, productoras de señales eléctricas, tienen la capacidad de generar sensaciones y pensamientos.

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Resonancia magnética

Con todo y lo que sabemos de la materia, debemos reconocer que al llegar a un nivel subatómico, la estructura material se vuelve tan extraña y paradójica como lo es el hecho de que la función de onda se divide en dos realidades que existen juntas, que el observador provoca el colapso de la función de onda, que una partícula puede estar en dos sitios a la vez, o, como dice la teoría de cuerdas, que pueden existir once dimensiones en la materia, o que el universo se puede multiplicar indefinidamente.

El sueño es la experiencia de la psique sin cuerpo. El alma vaga libre de ataduras corporales por el reino de las sombras, recorre la inmensidad de la noche, creando en su onirismo un torrente de imágenes, una metáfora viva de su paso por el reino análogo de la muerte. El sueño sería entonces, esa huidiza morada en la que entramos cada noche a latir, escuchar, danzar y cerrar delicadamente los párpados. Un mundo lleno de trampantojos y realidad.

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