La palabra de Gabriela: La magia del aburrimiento


La vastedad parecía calmarla,
el silencio regulaba su respiración.
Ella se adormecía dentro de sí.
El amor, Clarice Lispector

Por Gabriela Pérez

Chaiuya Pinkhasovna Lispector nació el 10 de diciembre de 1920 en Chechelnyk, Ucrania. Por pura casualidad, cuando sus padres, judíos rusos supervivientes de un pogromo, ya habían empezado el viaje que les llevaría al Brasil cuando ella apenas tenía dos meses de edad. Es ahí donde tomaría el nombre portugués: Clarice. Su madre, Mania, falleció a causa de la sífilis contraída al ser violada a los nueve años por soldados rusos. Cuando Mania concibió a Clarice, sufría aún de sífilis.

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A los doce años Clarice se muda a Río de Janeiro. Estudia Derecho, colabora en algunos periódicos y revistas, en los que firmaba con el seudónimo Tereza Quadros o Helen Palmer. En 1943 se casa con su compañero de estudios en la Facultad de Derecho de Río de Janeiro, el diplomático Maury Gurgel Valente, con quien tuvo dos hijos y se separó en 1959.

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Marcel Proust. Foto: Getty Images

Si bien Marcel Proust afirmaba que un escritor inventa dentro de la lengua una lengua extranjera, encontramos en Clarice una relación sumamente singular con la lengua, partiendo del hecho que el portugués no era su lengua materna. En una entrevista, Clarice afirma:

“Antes de los siete años ya fabulaba, ya inventaba historias. Por ejemplo, inventé una historia que no acababa nunca. Es muy complicada de explicar esa historia. Cuando comencé a leer, comencé también a escribir pequeñas historias”.

Los cuentos eran enviados a distintas revistas, pero ninguna los publicaba, ya que no se referían a hechos sino a sentimientos.

Clarice Lispector define su escritura como un modo de comprensión. “A veces tengo la sensación de que escribo por simple curiosidad intensa. Es que, al escribir yo me doy las más inesperadas sorpresas. Es en la hora de escribir que muchas veces me vuelvo consciente de que no sabía que sabía”.

Escribe cuando quiere, para conservar su libertad, “pero es en las etapas, en las que la vida se me vuelve intolerable”. Con los lectores considera que hay una comunión, que se ha comunicado. Su obra fue comprendida tiempo después, su mirada sobre el mundo desconcertaba, tal como escribe en Evolución de una miopía: “Fue apenas como si se hubiese quitado los anteojos, y la miopía misma le hiciese ver”.

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El 9 de diciembre de 1977, con 56 años de edad, muere en Rio de Janeiro, víctima de un cáncer de ovario.

En la que sería su última entrevista expresa estar cansada de sí misma, y frente a la pregunta ‘¿Pero usted no renace y se renueva con cada trabajo nuevo?’, responde:

“Bueno, ahora yo morí… Pero vamos a ver si renazco de nuevo. Mientras tanto, yo estoy muerta… Estoy hablando desde mi sepulcro”.

Fue “un ovillo enrollado hacia dentro”. La obra de Clarice Lispector es una constante reflexión sobre el lenguaje y, sobre todo, sobre sus límites. Enfrentada al reto de traducir parte de su obra, de desentrañar ese lenguaje cuya singularidad y dificultad no es léxica sino conceptual. La palabra de Clarice Lispector es rigurosa porque debe traducir algo que es mucho más grande que el lenguaje. Debe traducir el misterio y lo que no tiene nombre, debe ser capaz de contar el instante y el acto mínimo que está en el origen de todo. Y para todo ello la palabra es insuficiente. En Agua viva leemos: “Entonces escribir es la manera de quien usa la palabra como un cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, -la entrelínea-, muerde el cebo, algo se ha escrito. Cuando se ha pescado la entrelínea, se puede con alivio tirar la palabra”. Por eso, porque leemos entrelíneas y no palabras, leer a Clarice Lispector es tan sugerente y a la vez un reto eterno. Su obra es un ser orgánico que crece con el tiempo. Crece y se transforma, interpelada por escuelas críticas de muy diverso origen y, sobre todo, por miles de lectores que encuentran en la extrañeza de su escritura una interrogación y, quizá, algunas respuestas.

De los muchos temas clariceanos, algunos son tan sugestivos que merecen un desarrollo más amplio, como es el caso de la teoría de los nombres y figuraciones del tedio y la relación del sujeto moderno con la ciudad.

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Fernando Pessoa

Los modernos transitaron por un camino común de infelicidad, de individualidad desdichada, de fragmentación, que encontramos en Leopardi, en Baudelaire o en Fernando Pessoa, que es por cierto el único autor portugués que Clarice Lispector, tan reticente a mostrar sus lecturas, reconoce haber leído. Uno de los nombres de esa infelicidad es la constante insatisfacción que Clarice Lispector define a través de Virginia, la protagonista de La lámpara:

“Pero, por qué ese instante no la apaciguaba con la satisfacción del fin logrado…”.

Nunca se obtiene esa satisfacción del fin logrado porque, como decía Basarov en la novela de Turguéniev Padres e hijos, “solo se está bien donde no se está” y ésa es la tragedia moderna: tedio existencial y soledad. Todos los personajes de Clarice Lispector están solos: G. H. (La pasión según G. H.), enfrentada a la cucaracha que le enseñará la lección de lo “neutro vivo”; Martim (La manzana en la oscuridad), huyendo del crimen que cree haber cometido; Macabea (La hora de la estrella), que, en su simplicidad cercana a ese it, a ese neutro-vivo, ignora incluso que está sola. Pero esta soledad se acentúa en los casos de Virginia (La lámpara) y Lucrecia (La ciudad sitiada).

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Ambas novelas tienen rasgos en común. Fueron escritas durante los años del “exilio europeo” de Clarice Lispector, cuando acompañó a su marido en los inicios de su carrera diplomática a Nápoles, Berna y Torquay entre 1944 y 1946. En su soledad -ruidosa en Nápoles, silenciosa en Berna- compone estas dos novelas que la crítica de su tiempo no supo apreciar. En carta a su hermana Tânia, fechada en Berna el 21 de abril de 1946, Clarice Lispector escribe: “El mundo me parece una cosa demasiado vasta y sin síntesis posible”. Esta frase apunta a una idea esencial en el universo literario clariceano: la imposibilidad de abarcar el mundo, de comprenderlo y, mucho menos, de transformarlo.

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Hanna Arendt. Foto: The New York Review of Books

En Clarice Lispector se unen dos formas de acosmia, el concepto que Hannah Arendt acuñó para referirse a la relación de los judíos con el mundo que les rodeaba, para ellos incomprensible y en el que siempre estaban de prestado. Un estar fuera del mundo, pero marcados por él, del que Kafka sería una representación mayor. Se unen en ella las dos líneas: mujer y judía, en un mundo cristiano como era el de la diplomacia brasileña hace más de medio siglo. En ese sentido sus cartas familiares son enormemente reveladoras, crea personajes perplejos, que flotan en una realidad en la que no consiguen echar raíces ni llegar a comprender en toda su extensión. Como ya he dicho, todos sus personajes están, “son”, solos. Personajes solos esperando un destino que no pueden forjar por sí mismos. Mientras esos destinos no se cumplen, los personajes se debaten en el aburrimiento-náusea-tedio.

“Dicen los que saben, que Dios pobló el mundo por aburrimiento”. El aburrimiento nace de la repetición forzada de las rutinas vitales, como la vida metódicamente vacía de Virgínia en la ciudad, cuando ha perdido lo único que podría llenarla de sentido, su amor incestuoso por Daniel, que es un ejemplo claro de ese aburrimiento. Contingente y en directa relación con el exterior, el aburrimiento cede ante la actividad, la sorpresa o la ilusión, tres cosas vedadas a la protagonista de La lámpara.

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“¡Qué no serán capaces de hacer los hombres por aburrimiento! Estudian por aburrimiento, rezan por aburrimiento, se enamoran, se casan, se reproducen por aburrimiento. Y siempre -esto es lo que me parece cómico-, siempre con una cara de lo más seria, sin saber por qué y pensando en Dios sabe qué”, decía Georg Büchner.

La náusea, especialmente la náusea clariceana, es un concepto más complejo. Náusea filosófica, sabemos que leyó a Sartre en Berna, y también náusea física, un disgusto de la realidad que casi todos los personajes femeninos clariceanos muestran en algún momento, manifestación involuntaria del cuerpo reflejando la situación del alma. El tedio, con su largo pedigrí literario, es el tercer avatar del desconcierto entre realidad y expectativa. Un aburrimiento esencial cargado de fuerza revolucionaria, porque en el mundo moderno, el sujeto debe trabajar para no desmoronarse como tal.

El tedio es la sensación física del caos y de que el caos lo es todo. El aburrido, el que siente malestar, el cansado, se sienten presos en una celda estrecha. El que está a disgusto con la estrechez de la vida se siente encadenado en una celda amplia. Pero el que sufre de tedio se siente preso en libertad frustrada dentro de una celda infinita. Un aislamiento de nosotros en nosotros mismos, un aislamiento donde todo se estanca en nauseabunda agua sucia. Los personajes de Clarice Lispector vagan por esa celda infinita y chapotean en el agua sucia, aislados y nauseados, esperando que algo llene de sentido sus vidas, algo que suele ser un hecho mínimo, pero de gran poder, como el portazo que atrapa a la cucaracha de G. H., capaz de desencadenar un cambio esencial, de liberarlo del tedio.

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La peste del aburrimiento, el grito de la libertad, O clímax de minha vida será a norte, decía Clarice Lispector. En julio de 1989, el gran poeta Joseph Brodsky dio una conferencia en Dartmouth College titulada Elogio del aburrimiento, donde relata que el aburrimiento es un fenómeno fruto de la repetición. La esencia de la vida consiste precisamente en la monotonía y en todo lo que se ajusta a un patrón. En este estado de ánimo se encierra el tiempo, se levanta uno a la misma hora, se tiene un trabajo fijo, se vive en la misma casa, se tiene la misma habitación, se tiene la misma vida, se miran los mismos rostros, se pronuncian los mismos nombres, las mismas palabras: se es, todo el tiempo, el mismo yo. Palabras como neurosis y depresión entran en el vocabulario de uno. El hombre por repetición se aburre. La cotidianidad es la causa de la incubación del aburrimiento. Cuando se presenta este estado -que para Heidegger es el peor estado de ánimo, pues implica una inmovilización del ser-, se tienen dos opciones: tocar fondo, sumergirse en él, abrirle la ventana. O bien, dejarlo simplemente pasar y quedarnos presos en ese vértigo ensimismado. La existencia desprovista de sentido.

Después de haber hecho del infierno la morada de los tormentos y de todos los sufrimientos, ¿qué ha quedado para el cielo? El aburrimiento precisamente. Abrirle la ventana, como mencionó Brodsky, es precisamente toparse con la náusea que Jean-Paul Sartre hizo patente como problemática filosófica de las grandes urbes del siglo XX.

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Jean-Paul Sartre. Foto: Wikipedia

Con la llegada de la época moderna, en los últimos dos siglos, la literatura y el arte no sólo adoptan nuevas modalidades expresivas, indagando hasta el último nivel sobre el origen del lenguaje, sino que se cuestionan un nuevo orden social en donde se puede situar la escritura. Clarice Lispector es un ejemplo de este periodo en el cual el discurso literario se convierte en su propio problema, se interroga a sí mismo buscando su valor y validez a la hora de dar respuesta a los conflictos, angustias e interrogantes que se abren frente al escritor de la modernidad. Sus personajes viven una época marcada por una denuncia directa de injusticias en el plano social y por la influencia de las vanguardias de inicios del siglo XX. Lispector utiliza la ironía para mostrar las debilidades, hipocresías, vicios y contradicciones de la sociedad. Clarice Lispector se sitúa en este ambiente y refleja en su escritura la transformación de los escenarios rurales en las megalópolis actuales, habitadas por hombres pertenecientes a la era de las máquinas y a una cultura de ciudad. En la historia de la literatura nos encontramos con diversas motivaciones que animan a los autores a escribir: algunos tienen por objeto el entretenimiento, el hecho de contar historias como necesidad de expresar sus pensamientos; y otros escriben por la necesidad no sólo de contar, sino de querer transformar el mundo que contemplan, de darle la vuelta de tuerca, o bien, de vivir en una búsqueda perenne de lenguaje para crear otro mundo que tenga sus propias normas, su propio modo de expresión.

Clarice Lispector vivió en un ambiente proclive a la creatividad, su infancia estuvo marcada por la influencia hasídica por parte de su padre. Términos como misticismo, creación, nombre, lenguaje y conocimiento forman parte de su estrato cultural. La actitud del verdadero místico está determinada por la experiencia fundamental del yo más íntimo que entra en contacto inmediato con Dios o con la realidad metafísica. En el Génesis, “decir”, “crear” y “saber” están en el mismo orden de significado. El que da el nombre a las cosas es Dios, el Rey, el Más Misterioso. Dar un nombre es un acto de creación, por ende, de conocimiento. Para los cabalistas, como para Lispector, el lenguaje en su forma más pura refleja la naturaleza espiritual básica del mundo. Toda cosa tiene un nombre porque está completa en el tiempo y en el espacio. Además del misticismo, el misterio que siempre rodeó a la autora fue y sigue siendo un concepto clave para acercarnos a su obra. Un misterio que ella misma quiso expresar y alimentar y que es parte de la temática clariceana: la inclusión de los animales en su narrativa, el planteamiento de personajes en búsqueda de una identidad, etc. Temas revelados por medio de un lenguaje en busca de lo inefable. Un lenguaje que fue creado a partir de la soledad y descrito con signos de una realidad subyacente. Lispector se encontraba constantemente en una lucha entre la necesidad de expresión de su existencia y la tentación del silencio. Un misterio que se puede traducir en la incomunicación de sus personajes con el mundo. Crea así una literatura escrita desde las entrañas, denominada por los críticos “literatura del cuerpo”.

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Foto: Poetry Foundation

Clarice Lispector crea una literatura desde la percepción, desde la sensación, mostrando el papel del cuerpo como anclaje de la realidad. Sus personajes encarnan así un lenguaje corpóreo. Un aspecto importante en este proceso es su pintura, que para la autora fue una nueva forma de conexión con el mundo real. En ella, Lispector se expresa de manera fotográfica, instantánea, encuentra en sus pinceladas una cierta libertad. Situamos al pintor y al escritor en el mismo frente, pues, según ella, un texto debe exprimir la realidad a través de las imágenes. En la fotografía, como en la pintura, las imágenes están escritas con luz, con colores, figuras, perspectivas, volumen y con sensaciones. Se trata entonces de una escritura enmarcada dentro de los sustantivos cuerpo y silencio, como características de unos personajes escritos desde una mente que buscaba su existencia a través del acto creativo para llegar a la libertad.

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