La palabra de Gabriela: Mar de mañana


Por Gabriela Pérez

Viento del mar la noche, en una isla. Abeja.

Las cosas así: favorito de la nobleza, no faltó quien le ofreciera habitación y servicios dignos de un soberano. Paganini aceptó. Estaba de acuerdo en recibir cualquier dádiva. Ganaba dinero a montones, pero le gustaba extender la mano y apretarla con los billetes bien aferrados.

NiccoloPaganini
Niccolo Paganini

Ruido de la fuente en las rocas sobre las lajas de piedra.

Ahora se encontraba en el palacio de la condesa Francesca de Fiutti, de quien varios se disputaban sus favores. Pero ella no veía a ningún otro más que a Niccolo Paganini. Se preguntaba qué nombre ponerle al niño. En primer término, que hubiese sido varón ya era para él harto significativo.

Vuelo triangular de los cines..

Él había sido un niño golpeado. Sin el menor ápice de piedad, su padre solía golpearlo cada vez que le placía. Como había acontecido con otros padres de niños músicos, quería ver en su hijo a un Mozart, que lo sacara de pobre. Su padre había sido así con él, pero él no lo sería con su hijo. Nunca. Y, sin embargo, encontró un parecido notable entre su hijo y su violín. Si a los violines se les ponía nombre, por qué no a su hijo. Un nombre de violín.

Paganinni_violin

Cordero recién nacido carnero hermoso oveja.

Admiraba al niño como acostumbraba admirar un violín. Ningún detalle pasaba inadvertido para él. Lo mismo se detenía en el barniz que en el remate, en la encordadura. Y entonces se ponía al hombro aquel instrumento y tocaba. En tanto, el recién nacido no dejaba de llorar, su vista recorría cada parte del cuerpo de su hijo: la hinchazón de sus rasgos por el esfuerzo al pasar por el canal de parto; lo escaso de su pelo, pegado a la cabecita; el aroma de su aliento; su lengua, perfecta, rosita; lo diminuto de su nariz; la perfección de sus rasgos a escala miniatura, y, sobre todo, lo inusitadamente largo y perfecto de sus dedos, una réplica exacta de los dedos adultos, desde luego con todo y uñas. Mi hijo será violinista, se dijo. Tiene los dedos de violinista, y mi genio. Pero cómo se llamará. Podría ponerle “Ruiseñor”, como mi Guarnerius; o “Cañón”, como mi Stradivarius. Entonces la voz femenina lo interrumpió: “¿Estás pensando qué nombre ponerle?”, escuchó. “Yo ya lo decidí”.

El fuego rojo en el hogar.

Es el nombre de un guerrero y de un artista. De un hombre que no conoció el miedo y que el valor fue la única pasión que movió su voluntad. De un héroe que desde su montaña distinguía entre la cobardía y la valentía. “¿Qué nombre es ése?”, preguntó Paganini, cegado por la curiosidad. “Aquiles”, respondió la mujer. Que ése sea su nombre. Aquiles Paganini, hijo digno de su padre.

La yerba. El olor a la yerba.

Vivaldi
Antonio Vivaldi

Antonio Lucio Vivaldi puso el violín en la gran mesa de caoba. Lo hizo con sumo cuidado, para que la madera no sufriera el menor rasguño. Se preparó para recibir a su alumna estrella. Tocaba como un ángel, si es que los ángeles tocaban, porque es más fácil imaginarlos cantando.

El sonido de una viola o de una flauta indígena. Un sorbo de bebida fría caliente. El pan.

Musicalmente todos eran rivales de todos. Bastaba con salir a la calle, con acercarse a la Plaza San Marcos, con alquilar una góndola, para que la música colmara los oídos. Proveniente de todas partes, había que aguzar los oídos para disfrutarla. Los gondoleros se comunicaban entre sí cantando, y lo mismo hacían los mendigos para pedir limosna, o los marchantes para vender su fruta.

La buena tierra. La arena y la ceniza.

No era de lo más sencillo que las autoridades eclesiásticas hubieran estado de acuerdo en permitir esa libertad, pero en el caso de Vivaldi se sumaban las concesiones. Tenía permiso para salir de la República de Venecia e ir a Roma, donde el arte del violín le correspondía a Arcangelo Corelli; se batía en duelo violinístico con Giuseppe Tartini, quien además de magister violinista era filósofo, y director y profesor de su propia escuela de esgrima. A todo le decían que sí. Pero no nada más por sus dotes musicales, sino por ser el compositor que estaba al frente del Ospedale della Pietá para niñas abandonadas, y para hijas de buena familia cuyos progenitores valoraban como una bendición caída del cielo la mejor educación musical para ellas.

El pequeño pez que agoniza en la garganta de la garza. Las nueve puertas de la percepción.

Antonio Lucio Vivaldi extrajo el violín. Era un Stradivarius, que, en buena lid, pues, le había ganado a Tartini. Se lo puso al cuello y dio una arcada con quietud pasmosa al tiempo de que el arco describía en el aire un semicírculo perfecto. Era esa arcada que identifica a los maestros cuando simplemente quieren constatar la afinación, pero que en manos de Vivaldi parecía el principio de una cadencia. Se permitió una arcada más. Como si el sonido proviniese desde la cúpula de la iglesia del convento donde se encontraba el de la Pietà, el sonido de las cuerdas dobles, tocadas con aplomo y dulzura a la vez, provocaba que el arco despidiera una nube de resina, que bajo el rayo de sol resplandecía como un polvo de oro. Sin quererlo, las notas articularon la melodía de L’Inverno de Le Quattro Stagioni, concerto primigenio de Il Cimento dell’Armonia e dell’Invenzione. Poco a poco le imprimió mayor velocidad a aquellos acordes que paulatinamente sonaron más telúricos a sus oídos. Como ingredientes de una mezcla diabólica ¿el día de mañana se tocaría su obra, lo había pensado siempre, como un mensaje del demonio, y no del gran Dios, como acotaban sus panegíricos?

Un ciego que canta y un niño enfermo. El silencio entre dos amigos.

Sibelius-in-Vienna-late-1880s
Jean Sibelius

Agua fría y refrescante. Su esposa seguía dormida y eso le facilitaba las cosas. Porque ella ejercía sobre él una presión admonitoria. Cero bebidas más cero cigarros igual a más años de vida, solía acribillarlo a la menor oportunidad. Él escuchaba esas palabras y prefería cerrar los oídos. Esos oídos suyos de una sensibilidad pronunciada, se negaban a seguir el hilo de aquella conversación. Sorbió el vodka una vez más. Esta vez la bebida acarició su pecho como la mano de un muerto. Se dirigió hacia el piano vertical y puso el cuaderno de papel pautado en el atril. Tecleó varias notas, que a sus oídos empezaron a cobrar la forma de una melodía que había oído de pequeño en los bordes del lago Oulu. Entonces escuchó los motores. Era el sonido mortal de aviones bombardero y de aviones caza. Se dio media vuelta y salió corriendo al exterior.

La voz que viene del este, entra por la oreja derecha y enseña un canto.

Miró al cielo y localizó los aviones en formación de ataque. Su corazón se aceleró cuando distinguió en el fuselaje la bandera rusa. Se aceleró como si siguiera el ritmo de la muerte. La misión de aquellos aviones era bombardear la ciudad de Helsinki. Con los brazos al cielo, gritó todos los insultos y las amenazas que le vinieron a la boca. ¿Sabría de ese ataque la aviación finesa? Sí, con toda seguridad. Sus oídos recordaron los gritos de los amantes de la música que lo aclamaban por donde pasara. Panaderos que dejaban los hornos, cocheros que suspendían el viaje, médicos que abandonaban al paciente. Cientos de personas que se asomaban al balcón para aclamarlo. Como si se pusieran de acuerdo cuando él se paseaba por aquellas avenidas copiosas de nieve, como si la vida de Jean Sibelius dependiera de la vida de todos, de todos y cada uno de aquellos ciudadanos.

Sibelius monumento Finlandia
Monumento a Sibelius en Finlandia

La garza que esperó toda la noche, casi helada, y que al fin apacigua su hambre al alba.

Por eso todo mundo había estado de acuerdo en que él se mantuviera muy lejos de aquella capital, que en cualquier momento podía ser bombardeada por los aviones rusos. Todo mundo estuvo de acuerdo, menos él. Alcanzó a escuchar los gritos de su esposa que lo llamaba desde el portón: “¡Jean! ¡Jean!”. Tomó una enorme piedra que estaba a su alcance, y la arrojó a los aviones, que parecían infinitos.

Nota: Todo lo que está en cursivas corresponde al poema Los 33 nombres de Dios, de Marguerite Yourcenar

 

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