La palabra de Gabriela: Línea, curva, ven, canta, dibuja el tiempo para mí.


Por Gabriela Pérez

Foto de portada: Mink Mingle

Minotauro, Tus amigos me han dicho que nada tiene más impacto sobre mi cerebro que la música. Tú y ellos me dicen que afecta la memoria, el movimiento, las emociones… prácticamente afecta todo. No entiendo por qué me lo dicen. Sé que la música es realmente importante. Pero olvidan que le temo.

Minotauro y Teseo

¿Qué pasa en el cerebro de los que hacen música? Mientras producen notas, los escuchan y los coordinan con sus propios movimientos y con su propia producción de sonidos. Recuerdan lo que han producido antes, y saben lo que producirán después. Se miran. Se genera actividad emocional. En general, cuando la gente hace música en grupo, se la pasa bien, le gusta comunicarse, olfatear, viajan sin moverse. Todos esos procesos hacen que el cerebro humano se manifieste en toda su riqueza y colorido. Por decirlo de alguna manera.

Me pregunto entonces si el mundo de la música está dirigido por emociones.

¿Todas las culturas aceptarán o entenderán las emociones de una música?

Hay muchos estudios del reconocimiento de las emociones en la música. Todos muestran que personas que no tienen nada que ver, que provienen incluso de hemisferios distintos, y tienen, por lo tanto, culturas diferentes, reaccionan igual. En el norte de Camerún, por ejemplo, a un grupo de individuos con estas características: un ingeniero, un ama de casa, un obrero, que no habían escuchado nunca música occidental, se les pidió escuchar ciertas piezas. Lo hicieron todos con atención, y fueron capaces de decir después, la emoción les había provocado la sucesión de sonidos. Los tres sintieron tranquilidad y paz.

Si se lo permitimos, la música es capaz de modificar tu estado de ánimo. Desde la neurociencia podemos verificar que la música es muy poderosa a la hora de activar cada una de las estructuras emocionales de nuestro cerebro. Cuando llevamos a cabo experimentos neurocientíficos, vemos que podemos modular la actividad en prácticamente cualquier estructura cerebral emocional, gracias a las emociones que despierta la música. Esto significa que la música es capaz de evocar el núcleo mismo de las estructuras responsables y creadoras de nuestro universo emocional. Por supuesto esto se vuelve muy importante en las terapias de pacientes que, por alteraciones de algunas estructuras neuronales, padecen con sus emociones.

En algunos artículos de psicólogos de la música, se puede leer que, por los estudios a lo largo de años, han observado que los niños autistas escuchan o aprehenden la música que los niños no autistas. ¿es eso posible? ¿sienten la música del mismo modo? Y en ese caso, ¿no existe la diferencia que sí encontramos con el lenguaje o con la capacidad para empatizar con ciertas personas y otras no?

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Aunque no hay estudios neurológicos suficientes, sí se ha comprobado que los niños autistas son propensos a componer música, y que pese a las dificultades que implica comunicarse con ellos con el lenguaje tradicional, esta tarea se simplifica notablemente al hacerlo a través de la música. De hecho, los estudios han comprobado que la música pueda comunicar información, y que esta no es sólo una afirmación de los terapeutas de la música y que no tenga base científica.

En la música hay una cohesión social. Une a unas personas con otras. Es uno de los grandes poderes de la música, cuando la hacemos juntos despierta en nosotros todas esas funciones sociales. Es decir, averiguamos qué quiere el otro, que desea, qué teme o qué cree sin que nos lo diga explícitamente.

Hay sociedades sin escritura, pero ninguna sin música. Las melodías nos unen, nos hacen compartir estados de ánimo, forjan lazos sociales, fomentan la cooperación. En algunas culturas incluso, se usa como forma de relajar tensiones para solucionar diferencias entre personas. Si dos personas están enemistadas y acuden a los tribunales, no sería un tribunal real porque no tienen la organización social que tienen nosotros, se espera de ellos que canten. No pueden pelearse, pueden exponer el motivo del enfrentamiento, pero tienen que cantarlo. La gente no pude mentir con la misma facilidad cuando cantan y se enfrentan de una manera más cooperativa. De modo que las cosas dichas así tienen mucho más sentido que cuando simplemente sólo nos gritamos.

Se ha visto que al escuchar música se activan las áreas del cerebro encargadas de la imitación y la empatía. Son las zonas donde están las neuronas espejo, que actúan reflejando las acciones y las intenciones del otro como si fueran propias. De esta forma, podemos sentir el dolor de los otros, su alegría, su tristeza. Quizá por eso la música nos toca de manera tan profunda, porque nos permite compartir emociones.

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Foto: Janko Ferlic

¿La capacidad de entender la música es innata? Pienso en un famoso experimento en el que los bebés de sólo tres días reaccionan a la música. Si ellos pueden, ¿significa que desde el fondo de nuestra naturaleza somos creaturas musicales? Cuando nacemos, no sabemos qué significa mamá, hambre, pecho, leche, beber. Pero aprendemos a hablar al escuchar los sonidos del lenguaje. Los niños escuchan la música del habla, y al hacerlo, también entienden el lenguaje, No es el único aspecto del lenguaje que aprenden, pero evidentemente, comienzan por lo importante. Mientras más musical sea una persona, más se le facilitará aprender idiomas. Adultos o niños, nos entendemos mejor cuando no se habla con una voz monocorde, sino que le ponemos una entonación y ritmo. En el caso de los niños, si no se habla con ellos jugando con el ritmo y la entonación, ellos son mucho más susceptibles de padecer trastornos del habla y del lenguaje.

El rapto de Europa Oscar Alvarin? o Punta del Este Uruguay2 (2)

Solo con escucharte bufar, Minotauro mío, descubro que hay un cierto ritmo. Tienes una voz melódica. Sube y baja. Me muestra yendo más alto o más bajo, más veloz o más lento, dónde están los límites de las frases. Me dices, musicalmente, qué deseas y cuánto lo quieres. La música puede también comunicar información semántica con las palabras.

Algunos de mis experimentos, contigo fallan. Te pregunto: Si después de escuchar la frase “me gusta el café con azúcar” nos doy a elegir una de dos palabras: leche, o cortina, ¿cuál seleccionas?

Muchos elegirían leche, rima mejor con nuestra risa. Además, tiene más coherencia semántica con la frase. Esa coherencia desata reacciones en el cerebro que se pueden medir. A ti, tu coherencia, te lleva a elegir cortina.

A menudo cuando hablamos de emociones, utilizamos palabras para referir a lo que sentimos corporalmente. Cuando utilizo una palabra para referirme a una sensación en mi cuerpo, y tú utilizas la misma palabra, ¿cómo puedo estar segura de que nos estamos refiriendo a lo mismo? Dado que no existe una correspondencia unívoca en el cerebro entre nuestras sensaciones por un lado y nuestros centros lingüísticos por el otro, tiene que producirse una transformación, desde las sensaciones al lenguaje. Y nunca se sabe. Pero si utilizo la música para evocar sensaciones que tengo, seguramente podré hacerlo mejor, tan bien que puedo no necesitar las palabras.

ariadna

La música es más veraz que el lenguaje. No existe casi ninguna parte del cerebro que no se vea afectada por la música.

En el corazón de las matemáticas, la música, la ciencia y la poesía, el mismo proyecto: el tratamiento de las ideas. El rigor y las normas que se requieren para determinar nuevas áreas de imaginar, describir, entender y crear.

 

 Entre las fusiones que se han intentado entre las matemáticas y otras disciplinas, la asociación de las matemáticas con la música y la poesía suele aparecer de manera natural. La longevidad del soneto, con sus reglas estrictas, sobre todo, desde sus orígenes en Italia del siglo XIII, al uso que se hace todavía hoy; da testimonio de esta atracción. Yo no hago sonetos. Veo una silla frente a ti, la uso y escribo. Quédate quieto, lee, escucha, comprueba que he unido voces y te compuse un canto:

Me pongo frente a ti, me estiro
maullo, clavo en ti el verde de mi mirada.
Tú más allá de la torre
extiendes la mano y la onda
a los que no tienen vista interior.
Haces lo que hace el silencio
hablas de estos signos.
No estoy del todo bien sentada en esta silla.
Es una silla donde te veo.
Invariablemente me acomodo y me duermo.

Pero déjame cruzar la corriente en las rocas,
por saltos déjame llegar de ésta a otra.
Encuentro el equilibrio entre los dos imponderables.
Esto es más un apoyo que un descanso.

Una vez que hice poemas
De esos que no he sabido nunca hacer,
del centro a la periferia y más allá.
Como si no hubiera límite
como si hubiese un único centro.
y como si fuera un baño de sol sobre el espacio ilimitado.

Sabemos que la tierra no es plana, sino una esfera
y el centro no está en el centro
pero en el centro aprendemos la longitud del radio
con la esperanza de que el mundo de una grieta,
la esperanza y unos terminales de ráfaga
para encontrar lo hay en el aire libre y la luz.

Crear y encontrar en este pequeño asunto
el inconmensurable gozo de ir,
recordando que, en cualquier línea,
cualquier tiempo, en cualquier espacio
de los que me has dibujado,
si estoy, si canto, si bailo, si soy,
entonces son conmigo la vida y el arte.

Dices que no te gustó mi canto. Me tranquilizo porque sé, a cualquier escala sospechamos, sin verlos bastante bien, detalles que impiden el establecimiento de una tangente. Toma una lupa, un microscopio. Toma la incertidumbre, mira que, aunque parezca seguir siendo tan grande, cada vez que aumentas la ampliación, verás fortalecidas las grietas.

Minotauro-3D

Te escucho atenta, Dices que no hay coherencia entre lo que te dije que iba a decir y lo que dije. No te quejes. Tú querías cortinas, Minotauro.

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