Del ejercicio de caminar para escribir


Texto y Fotos: Irma Gallo

Hace poco más de un año entrevisté a Joyce Carol Oates en el Festival de Escritores de San Miguel de Allende. Le pregunté que si era cierto lo que había leído sobre ella en algún lado: que si era cierto que corría todos los días para poder escribir. Me respondió que si bien ya no corre por su edad (tiene 79 años), sí camina mucho, y que esas caminatas son el espacio en el que los personajes y sus historias empiezan tomar forma en su mente, o incluso se definen. La autora de La hija del sepulturero encuentra las soluciones para sus capítulos después de una buena caminata.

Marguerite Duras, en cambio, bebía para escribir:

“Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones”.

Y también Carson McCullers. Según Sadie Stein, la autora de El corazón es un cazador solitario:

“sobrevivía casi exclusivamente de ginebra, cigarrillos y desesperación durante varias semanas”.

Bosque 4

Sobra decir que no soy ni Marguerite Duras ni Carson McCullers ni Joyce Carol Oates. A mí, la ficción se me escapa entre los dedos, y no tengo ni la mitad del talento y la disciplina de ellas (y no es falsa modestia). Al menos hasta ahora, lo mío es el periodismo: contar historias que los pies puestos en la realidad. No se si después esto cambie, pero por ahora es así.

El alcohol no se me da, tampoco. Disfruto de una buena copa de vino blanco o tinto (o dos, quizá), pero ya más me marean. Además, prefiero beber con la comida, o acompañada, conversando. No me agrada hacerlo sola.

Bosque 1

Caminar, en cambio, se ha convertido en una pasión. Colecciono sonidos (de mis pies sobre la grava y el pasto), olores (a hierba mojada, a pino, a madrugada), colores (ocres, rojizos, verdes, amarillos, tabacos).

Cuando camino también pienso en mis muertos, sobre todo en los recientes: veo sus rostros, recuerdo el tiempo que pasamos juntos. La muerte sigue siendo ese misterio que, por más que lo intento, no consigo asir. A veces quisiera tener una religión, la que fuera, para consolarme pensando que están en otro lado, en un lugar mejor.

Bosque 2

Camino y respiro. Con el verde y el azul entran las ideas. Llego a mi trabajo, que es todo menos rutinario, y en cada pregunta, en cada frase que escribo, en cada imagen que capturo, salen pedacitos de mi bosque.

Camino. Doy gracias porque camino.

¿Existiría la Rayuela sin las largas caminatas de Cortázar por las calles de París?

 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Irma Gallo dice:

    Gracias por leerla y por tomarte el tiempo de comentarla. Saludos de vuelta!

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  2. Me ha encantado tu entrada. Yo también suelo utilizar los paseos sola para imaginarme cosas o crear personalidades y hechos a la gente con la que me cruzo. Un saludo.

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