Siempre he sido una outsider: Paula Hawkins


Por Irma Gallo

Paula Hawkins, la autora de La chica del tren, que ha vendido más de 20 millones ejemplares en todo el mundo, y que se convirtió también en un éxito cinematográfico, está en México para presentar su más reciente novela: Escrito en el agua. ¿Qué tienen en común estos dos trabajos de la también periodista, nacida en Zimbawe y avecinada en Londres desde que era una adolescente? La pasión por los personajes oscuros.

“Siempre me he dejado arrastrar por historias muy oscuras”, dice la autora, curiosamente vestida de negro también. “Realmente no puedo darte una buena razón del porqué, pero sí lo he estado. Y creo que, de hecho, a muchos de nosotros se nos enseñó de alguna manera a disfrutar este tipo de lado oscuro de la literatura desde la infancia, cuando leíamos cuentos de hadas, en donde pasaban un montón de cosas horribles a la gente todo el tiempo”.

Casi sin maquillaje, con unos enormes ojos expresivos, Paula Hawkins hace una breve pausa y continúa: “Pero sí, estoy interesada en explorar cómo se comporta la gente en ciertas situaciones al extremo: pena al extremo, o miedo, o frente a la tragedia, y cómo responde la gente a ese tipo de situaciones, cómo se recuperan del daño o cómo fracasan en recuperarse del daño. Encuentro fascinantes este tipo de ideas”.

La observo. Esta entrevista me tenía nerviosa porque pidió expresamente que no le tomaran fotografías, sólo video, así que pensé que sería algo quisquillosa, pero no; es una mujer atenta, hasta podría decir dulce, nada que ver con sus atormentados personajes femeninos: Rachel, de La chica del tren, y Nel y Jules, de Escrito en el agua.

“Sucede que en estos dos libros me enfoqué en mujeres, cuando los estaba escribiendo, porque de momento estoy particularmente interesada en la vida de las mujeres y los cambios que experimentan las mujeres, así que me estoy concentrando en los personajes femeninos. Pero no digo que, necesariamente, las mujeres tengan secretos más grandes o más oscuros, para nada”.

En La chica del tren, Paula Hawkins logra crear un personaje complejo y profundo: la atribulada Rachel, que sufre pérdidas de memoria por el grado de alcoholismo que padece. Emily Blunt encarnó a Rachel en la versión cinematográfica.

“¿Había algo de mí en Rachel?”, dice Paula, repitiendo la pregunta que le acabo de hacer. “Me mudé a Londres cuando era joven. Crecí en África y me mudé a Londres y me sentí muy sola cuando me mudé. No conocía a nadie y me tomó un tiempo largo hacer amigos, conexiones. Así que me acuerdo de estar sentada en el tren e ir a trabajar o a mi escuela. Ese sentimiento de extrañeza y esa soledad los tiene Rachel, aunque por razones completamente diferentes, pero parte de mi aprendizaje fue querer hacer conexión con la gente”.

En este momento pienso que quizá por eso no quería que le hicieran fotos: porque es tímida, no mamona, como decimos en México.

Portada La chica

“Para mí lo más interesante era la pérdida de la memoria, porque si no puedes recordar lo que has hecho y cómo te comportaste, pierdes esa conexión con tus actos; no tienes el sentido proporcional de culpa o responsabilidad; cambia tu respuesta a tus actos”.

Hawkins sigue hablando de su personaje, y por momentos, no puedo evitar ver algo de esta mujer triste en ella; quizá es la interpretación de Emily Blunt como Rachel lo que me tiene confundida: esos labios gorditos de la actriz, muy parecidos a los de la autora.

“Para mí eso era lo fascinante: si no puedes recordar lo que has hecho, cómo respondes a eso que has hecho. Así que estaba pensando en la pérdida de la memoria, y en las muchas maneras en que se pierde, y una de ellas es por beber demasiado. Y es un problema común. En Inglaterra es un problema muy común”.

Pero la pérdida de la memoria no es el único problema del alcoholismo, dice Hawkins, y eso tenía que estar presente también en Rachel:

“Empieza a erosionar tu sentido de ti misma, tu auto estima, tu respeto propio, así que todo esto fue a este personaje”.

En su segunda novela, Escrito en el agua, la protagonista, Jules, viaja al pueblo de su infancia cuando se entera de que su hermana Nel se ha suicidado arrojándose al lago. Una vez más, la memoria juega un papel importante en este personaje creado por Paula Hawkins.

“Me fascina la manera en que trabaja la memoria, la manera en que confiamos, obviamente tenemos que confiar en la memoria, y sin embargo nuestros recuerdos no siempre son confiables. Todo el mundo olvida cosas, todos cambian las historias que dicen sobre sí mismos”.

Firma escrito

“En este libro la memoria de Jules ha sido cambiada, movida de lugar, porque está tratando de recobrarse de un incidente traumático del pasado, y una de las cosas que hacemos para recuperarnos del trauma o la tragedia es contarnos a nosotros mismos quizá una historia ligeramente diferente, de manera que podamos, quizá, no olvidarla pero sí darle la vuelta, concentrarnos en un aspecto diferente de ese recuerdo”.

Tanto La chica del tren como Escrito en el agua están narradas en primera persona por varios personajes. O sea, la historia se construye a manera de una narración coral.

“Me gusta la inmediatez de la primera persona en una narración”, dice Paula. “Creo que es algo que realmente conecta al lector con el personaje de inmediato. Es algo que decidí hacer en La chica del tren y luego continué haciéndolo en este libro, no es algo que necesariamente haré siempre”.

La escritora se emociona cuando habla de estas voces de sus personajes: “Se sintió correcto para estas historias, y como dije, me gusta esta conexión inmediata que obtienes, como que estás justo dentro de la cabeza de la persona sobre la que estás leyendo. Entiendes cómo piensa, y puedes ver todos sus pensamientos más oscuros. No esconden nada. Si estás en la cabeza de alguien, no puede esconderte mucho, a menos que esté mintiendo, o como Rachel, que de verdad no recuerda lo que ha hecho. Pero es una conexión muy íntima, del lector con el personaje”.

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Así como el tren lo fue en su primer libro, el agua es un elemento imprescindible en la segunda novela de la escritora de 44 años de edad.

“En esta novela el agua está en el corazón del libro, ese casi un personaje por sí mismo, porque cruza, físicamente, el pueblo, pero separa a la gente, la divide. Nel se siente muy atraída hacia el agua, la ama, y Jules le tiene miedo por algo que le pasó, pero también conecta el presente con el pasado, porque todos estos eventos pasaron en este río. Pero además el agua es algo con lo que creo que todos, o la mayoría de nosotros tenemos una relación. Como estar cerca del agua, nadar en ella, es algo que disfrutamos, pero también puede ser una fuente de terror porque el agua es peligrosa. Da la vida pero es peligrosa también”.

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Haber nacido y pasado sus primeros años de vida en Zimbawe, sin duda dejó una marca indeleble en el carácter de la futura novelista.

“Cuando estaba ahí, cuando era niña, mi padre era académico pero también periodista, y entonces siempre había muchos periodistas en la casa que habían viajado por el mundo, que habían viajado por Africa y habían visto muchas cosas dramáticas y emocionantes. Así que quizá eso fue lo que me hizo interesarme en escribir y en el periodismo al principio”.

Hawkins recuerda esas tertulias en la casa paterna, en la que se hablaba mucho de política “porque había una situación muy difícil en mi país: había guerra civil y comunidades segregadas, y creo que todo eso me moldeó en algún grado. Pero también el asunto de ser una outsider porque éramos gente blanca que vivía en un país cuya mayoría era negra, éramos los privilegiados, teníamos el dinero y el poder”.

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Photo by Doug Linstedt on Unsplash

Mudarse a los 17 años de edad a Londres no cambió esa condición, a pesar de lo que Paula hubiera podido creer:

“Y luego dejé eso y me fui a Inglaterra en donde también era una outsider, donde no encajaba, y tenía un acento diferente. Ya lo perdí, pero hablaba diferente a todos los demás”.

Y creo que ese sentimiento de ser una outsider es muy importante para los escritores. Frecuentemente te sientas en los márgenes y observas lo que la gente hace y estás escuchando. Quizá no escribas todo de inmediato, pero siempre estás observando, escuchando, notando lo que la gente hace, y creo que eso fue muy importante para mí.

Paula Hawkins fue periodista financiera durante 15 años; luego, un editor se le acercó y le propuso escribir una novela por encargo.

“Siempre tuve el deseo de escribir, de niña amaba inventar historias y luego escribirlas. Era lo que más me gustaba en la escuela: cuando tenías que inventar una historia, así que siempre lo disfruté. Pero hasta al final de mis veinte, siempre estaba empezando novelas que no iban a ningún lado y no se las mostraba a nadie”.

Una sonrisa melancólica se le atraviesa en el rostro.

“Así que siempre tuve esa urgencia pero nunca tuve la confianza de, de hecho, seguir adelante y hacerlo. Y luego me ofrecieron esta oportunidad de escribir una comedia romántica; se me acercó un editor, y eso fue muy útil para mí como una introducción para escribir ficción porque no era mi historia, no era mi alma, casi se sentía como hecho por comisión, porque como dije, me decían: queremos que hagas esto, tienes este deadline, y yo iba y lo escribía y regresaba. Así que fue una especie de transición del periodismo a la ficción”.

Paula firmó esa novela y las siguientes con un seudónimo. La primera que firmó con su nombre fue La chica del tren, que según leí, escribió en un momento de desesperación, porque su situación financiera no iba nada bien.

No le pregunto acerca de eso. Hemos conversado 18 minutos y siento que tengo suficiente. No quiero arruinar este momento. Le pido, en cambio, que firme mi libro de Escrito en el agua, a lo que accede amablemente. Me siento bien. Así como sus personajes con el lector, siento que he conectado, de alguna manera, con la autora de la historia que cuando vi en el cine me conmovió tanto.

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