La palabra de Gabriela: Todos tenemos grietas


Por Gabriela Pérez

Fotos: Irma Gallo

 

Buscó sus lentes en el buró, le costaba trabajo encontrar el estuche azul. Se levantó sin ellos, fue al baño y de camino repasó el sueño: Estaban juntos en un muelle veracruzano, junto a un barco que estaba por partir.

Aferraba la maleta con su mano izquierda, él intentaba quitársela, la jalaba con las dos manos en la empuñadura y echaba todo su cuerpo hacia atrás, como si remara. A ella le bastaba un brazo para contener su fuerza. Las manos unidas en torno a la empuñadura. Entonces, de las comisuras y de las bisagras, de los cierres, los broches, de todos lados escurría leche de la maleta. Pero ninguno se movía, ni la soltaba.

En el sueño, ambos sostenían la maleta, que chorreaba leche. Se escuchaba cómo golpeaba el líquido contra el suelo, y ellos miraban el mar. La leche seguía goteando, goteando, y en el muelle se formaba una enorme mancha blanca.

¿Qué tenía adentro la maleta? ¿Por qué la querían los dos y ninguno la soltaba? ¿Qué significaba ese incesante chorreo de leche? Ante los infortunios y los desastres, los hombres han respondido siempre con actos y con obras. ¿Harían lo mismo si se trata de leche? Recordó que muchas veces las respuestas tardan en presentarse. No las tenía ahora, pero sabía que la leche no debe desperdiciarse. Tomó las dos vasijas bajo el fregadero y se dispuso a llenarlas y cargarlas sobre los hombros.

Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda la leche al final del camino a la tina donde la almacenaba, pero cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad de leche. Durante toda la noche pasó lo mismo, y supo –porque en los sueños se sabe todo- que la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.

Después de varias vueltas, la tinaja quebrada le habló al oído diciéndole: “Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y solo obtienes la mitad del valor que deberías recibir.”

Respiré y le dije: “Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.”

Así lo hizo la vasija. Y en efecto, vio muchísimas flores, jóvenes y hermosas a lo largo del trayecto, pero de todos modos se sintió apenada porque al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.

¿Te das cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas y todas las veces que vamos y venimos, las alimentas por ser exactamente cómo eres.

Los temblores desde el 19 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía dormido desde hace muchos años. El de México, es un pueblo paciente, solidario, tenaz, constante, resistente y sabio. En esos momentos nos invade una mezcla de estoicismo, energía, humor –siempre hay humor-, resignación, realismo, valor, fe y sentido común, sí, aunque no sea el común de los sentidos.

Hoy, como hace 32 años, lo verdaderamente terrible ha sido el costo en vidas. Las víctimas nos duelen más que las pérdidas materiales. La naturaleza y la historia pueden ser crueles, y el desastre del 19 de septiembre puede verse como una oportunidad de reconstrucción. No se trata de repetir lo hecho, sino de rectificar, nuevamente, el curso de la historia de México. Cierto, es una tarea que, requerirá los esfuerzos de varias generaciones. Es mejor comenzar ahora.

La reacción del pueblo de México, sin distinción de clases, mostró que en la sociedad hay semillas de solidaridad, fraternidad y asociaciones no ideológicas antiguas, son una mezcla de impulsos libertarios, religiosidad incluso. El temblor sacudió a México, y con el movimiento de la tierra apareció la verdadera cara de nuestro pueblo, se mostraron todas nuestras grietas. ¿Sabremos mantener, pese a todo, la frente en alto y corregir?

La vida se trata de esto. Para aprender a levantarse uno tiene que aprender a caerse. No hay mejor manera de ganar que reconocer la pérdida. Aquí estamos. Nos toca andar.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s