El pugilista y el poeta: La historia de Píndaro y Diágoras de Rodas


Por Pedro Paunero

Diágoras de Rodas se plantó delante de su oponente con sus casi dos metros de altura. El otro no era menos alto y parecía todavía más corpulento. Los espectadores contenían el aliento. El rodio apretó los puños. En los nudillos el cuero de los hymantes, esas tiras de cuero predecesoras de los guantes de boxeo, rechinó. Los pugilistas se midieron con la vista. La cara de ambos estaba ensangrentada pero la fea herida sobre la ceja derecha del oponente de Diágoras manaba una cortina caliente y roja que le impedía ver bien. El sabor de su propia sangre alcanzó al rodio, que se pasó la lengua por los labios. El otro lo tomó como un gesto de desafío. Un desafío era, también, para los espectadores. Diágoras adelantó la pierna derecha y lanzó el puño derecho. La ceja izquierda del oponente reventó. Ciego, mareado, confundido, el hombre cayó de rodillas. Sacudió la cabeza como queriendo quitarse de encima una nube soporífera que pesaba cada vez más. Lo sacaron entre cuatro hombres, sosteniéndolo de brazos y piernas, de cara al suelo, chorreando y dejando un reguero rojo y caliente en la tierra. A Diágoras lo llevaron en andas y lo coronaron con el olivo. Durante la fiesta el poeta Píndaro, el iluminado por Apolo, se hizo presente. En medio de todos los celebrantes comenzó a recitar su Séptima Oda Olímpica, en honor de Diágoras, vencedor del pugilato:

“…Diágoras coronóse dos veces, cuatro veces en el célebre Istmo
Con buena fortuna.
En Argos lo conoció el bronce, y en Arcadia
Y en Tebas utensilios y trípodes, y los agones nacionales
De los Beocios,
Y Pelene, y en Egina fue vencedor seis veces.
También en Mégara la estela de piedra no tiene otro lenguaje.
¡Oh Padre Zeus, que reinas sobre las lomas del Atabirio, honra el rito
Del himno al servicio de la victoria olímpica,
Y al hombre que con su puño halló la recompensa…!”

El gigante Diágoras ya es viejo, pero nadie ha olvidado su fama y tampoco el Epinicio, esa oda a su victoria, que Píndaro le compuso. Sentado, entre espectadores que lo reconocen, asiste a la pelea de dos de sus hijos, Damageto y Acusilao. El oponente de Damageto, el rostro cubierto de una líquida capa hecha de sangre cae a sus pies, cuando el puño del hijo del rodio se estampa en su nariz.
-¡La diosa Niké sonríe a tu familia, Diágoras! –un hombre le da suaves golpecitos en la espalda, aún sólida como un muro de piedra.
Levantan a Damageto en andas y lo llevan por el estadio. Diágoras sonríe. Si la felicidad puede alcanzarse al final de los días de un hombre, Diágoras es el hombre. Se enfrentan otros dos oponentes delante del viejo rodio antes que Acusilao se presente.
-¡Por ti, padre! –grita hacia las gradas. Diágoras se seca una lágrima con el torso de la mano.
No pasa mucho tiempo, bajo el sol y el aire fresco, antes que el oponente de Acusilao caiga, cuan largo es, a los pies del segundo hijo de Diágoras. Aquello es inaudito, histórico, épico. La muchedumbre prorrumpe en vítores, se desgañita, levanta los brazos emocionada.
Hijos campeones de un campeón, son coronados con el olivo, al mismo tiempo, lado a lado, bajo el sol, rostro visible de Apolo. Todavía ocurre algo inesperado. Damageto y Acusilao se dirigen hacia las gradas, ante su viejo padre que llora conmovido y, a la vez, se quitan las coronas y ciñen las sienes de Diágoras, campeón invicto, luego lo levantan ambos sobre sus hombros y lo llevan por todo el estadio que llueve en flores y alabanzas.
Un hombre se acerca a los tres vencedores, se inclina ante ellos y les arroja flores a manos llenas.
-¡Ya puedes morir, Diágoras –le dice-, pues no esperes subir al Olimpo!
Y Diágoras entra en la leyenda, cuando sus hijos le llevan a su asiento, para recibir mil alabanzas, y lo descubren ya muerto, con una sonrisa en los labios.

Escultura Diagoras y sus hijos en Rodas
Escultura de Diágoras y sus hijos en Rodas

Décadas después, en las postrimerías de su vida, Píndaro se siente cansado. El efebo Teóxeno de Ténedo, que cuenta entonces con quince años, lo acompaña, sosteniéndolo del brazo. La luz es particularmente clara esta mañana en Argos.
-¿Te he contado ya, amado mío, cómo es que me hice poeta?- le pregunta al adolescente. La luz arranca destellos de oro vivo de la cabeza de Teóxeno.
-Sí, Píndaro –dice el joven, condescendiente-, fue cuando perdiste el concurso ante Corina de Tanagra. Ella se acercó hasta ti y te aconsejó: “Siembra a manos llenas, no a sacos llenos”.
-Detengámonos un momento –le pide y le mira el rostro-: “Lo mejor, de un lado, es el agua y, de otro, el oro” –pronuncia, sin dejar de acariciar los rizos rubios de Teóxeno.
El muchacho sonríe.
-¡Eso lo escribiste en tu primera oda a Hierón de Siracusa, lo recuerdo bien!
-Eres la viva imagen de un dios… -El poeta tiene la mirada adentrada en los ojos de su efebo. Fuera, el mundo marcha, pero lo hace aparte.
-¿Cuántas veces habré oído eso, Píndaro? –El joven sostiene el hechizo con su sonrisa.
-Llévame al teatro, creo que aún puedo componer un ditirambo en honor al Señor de las Máscaras… Sí, Dionisio se sentirá complacido.
Van caminando, por las calles los saludan con la mano, con una sonrisa, con la cabeza. Los reconocen. Los admiran. Los celebran. El teatro está delante.
-¿Escucharás que te abandona el dios, querido Píndaro, cuando llegue tu postrera hora? ¿Lo escucharé yo, que he dedicado mi vida al teatro y a su dios y a sus misterios?
Se sientan en las gradas. El aire es fresco y huele a miel silvestre. Píndaro mira al frente. Se levanta. Extiende la mano, como queriendo tocar algo. Pero Teóxeno no ve nada.
-¿Lo escuchas, Píndaro, qué escuchas?
-¡Flautas y liras!
-¿Lo ves, Píndaro, qué ves?
-Al tíaso dionisíaco y cómo se aleja… Al dios del vino con la crátera en la diestra, montando su pantera negra y a las mujeres salvajes con el tirso florido en las manos… y a Pan y a Sileno y a los otros sátiros… ¡Y todos ríen y se alejan pero Dionisio sonríe! “Ven, Píndaro, con miel en los labios y sol en los ojos”, me dice, y me hace señas de seguirlo.
-¡Poeta… la apoteosis te espera…! -Maravillado, Teóxeno ve al viejo moverse entre las realidades.
Píndaro da apenas un paso delante y el muchacho puede ver a través de la mitad de su cuerpo el bosque y al horizonte más allá. Luego Píndaro da un paso atrás, su cuerpo se torna sólido otra vez, y levanta la voz, emocionado.

“¡Haced que resuenen los himnos;
por el muy recorrido sendero de Homero…!”

Canta, ante el desfile que sólo él puede ver. Luego cae sentado al lado de su amado Teóxeno. Dulcemente recarga la cabeza en el hombro del muchacho y este, con el rabillo del ojo, alcanza a verlo sonreír, pero ya tiene los ojos cerrados y sabe que ve y que escucha hacia adentro.
-¡Ve, Píndaro, ve! –murmura el jovencito y le toca la cara con la mano y recuesta su cabeza contra la cabeza del anciano. El aire dulce sopla una última vez, ahí, en el teatro y bajo la plateada luz de Argos, la ciudad más antigua de Grecia.

Vinchon-Diagoras cargado en triunfo

Píndaro murió sobre el hombro de su efebo el año 438 a. C. Cuenta la leyenda que un viajero, que había escuchado a Píndaro declamar sus odas, sorprendió al dios Pan –o este lo sorprendió a él-, en el claro de un bosque. Pan, rodeado de ninfas tocando siringas sobrenaturales, declamaba un pean, es decir, una oda en honor de Apolo, escrito por Píndaro, mientras las flores reventaban, abriéndose en el suelo, los árboles goteaban miel y las cabras parían crías vivas:

 

“Destinado fui yo por un poder divino
Cerca del inmortal lecho de Melia
A reunir sonido noble con la flauta
Y con pensamientos del alma para contento vuestro”.

 

La gloria de Píndaro se extendió por la ecúmene. El año 335 a. C. cuando Alejandro Magno se encontraba a las puertas de Tebas, la ciudad natal del poeta, llamó a sus generales. Los alineó delante de él y les ordenó:
-¡Destruyan la ciudad! ¡Arrásenla! Pero hay de aquél que encuentre la casa del noble Píndaro donde viven sus descendientes y la dañe, pues se las verá conmigo.
Así, la casa del poeta fue la única que permaneció de pie ante el incontrarrestable avance de Alejandro.

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