Infancia es destino: Alma Alfaro Loeza


Texto, Fotos y Video: José Cruz Domínguez Osorio, excepto foto de portada: cortesía de Alma Alfaro Loeza

8:26 de la mañana.
Terminal de autobuses Banderilla.

Para encontrar a Alma Alfaro hay que bordear la carretera que lleva hacia Naolinco, antes hay que pasar a la terminal de los autobuses Banderilla, comprar un pedacito de papel revolución que lleva la imagen de la línea camionera y que es el boleto para llegar hasta el pueblo donde viven muchos artesanos que trabajan la piel, la madera, los dulces de coco curtidos en higo, limón, naranja. Mientras tanto había que esperar a que dieran las nueve de la mañana, hora de la próxima salida del autobús.

Eran las 8:26 de la mañana y en las frías bancas de metal aguardaban algunos pasajeros: un señor se preparaba tacos de atún, una chica vestida con chamarra negra y gorro miraba atenta la vieja versión de una película de El Santo que se transmitía por “Las estrellas”.

Otros ruidos llegaron al interior de la sala: algunos motores, el trajín de los viajeros, la moneda cuando cae y destraba la puerta de metal para ingresar al baño público.
El Santo dando la pelea, defendiendo al bueno y golpeando al malo. La pantalla plana colgada en la pared como signo de modernidad en la terminal.

Llega una pasajera con un bolso de mandado, rotulada con el logotipo del otrora programa social del duartismo “Adelante”, la carga entre sus brazos, pesa, porque así lo dice en su rostro. Espera sin sentarse en una de las frías bancas de fierro, ¡quién sabe a dónde irá!

Nueve uno de la mañana y el autobús aún sin luces por salir. El conductor platica en el patio donde están estacionados otros autobuses. De una vieja bocina colgada en una estructura de metal se escuchó un mensaje que nadie pudo entender o descifrar, el ruido era semejante al de una estación radiofónica del cuadrante de a eme.

-¡Hay están las gelatinas! ¡un “flancito”! ofreció un hombre que llevaba gelatinas y flanes dentro de una caja de cristal. Como servicio un hombre ofreció su mercancía sin lograr siquiera la venta de uno de los postres.

Del equipo de audio la canción de “Naila” sonaba “Y despertarás llorando…”.
El chofer entró al autobús, encendió el motor. En el interior a algún pasajero se le ocurrió activar el sonido de su teléfono celular con el mismo ruido de la alerta sísmica de la CDMX. Los chicos rieron.

Y salimos hacia Naolinco, las nueve seis minutos. Alma Alfaro estaría esperando, y así lo hizo aguardando en el interior de una de las plazas en las que se venden los productos típicos del pueblo, como calzado, bolsos y otros derivados de la piel.

Foto 1 _ Alma Alfaro Loeza

Después de haber desayunado, nos encaminamos con rumbo al parque. Por las calles empedradas hombres y mujeres saludaban a Alma con un buenos días, y Alma de buena manera y con sonrisa les cantaba su respuesta. Y así fuimos pasando por el parque, por mueblerías y misceláneas, carnicerías y panaderías, hasta llegar a una tienda en la que dentro de las gruesas paredes el pasado quiso detenerse entre las rendijas de la estantería de madera, en los enormes frascos de vidrio. Don Augusto Meza, dueño de uno de los comercios con mayor antigüedad, dijo que está próximo a cerrar, que hace ya muchos años su negocio llevó el nombre de “La azteca”. Que ya no vende y eso lo obligará a vender la cancelería de madera que tiene dentro.

Mientras las cazuelas de barros siguen sujetadas con el mecate amarrado al clavo, la charola de una báscula espera a pesar gramos o kilos de frijol, arroz o azúcar.
Y fuimos subiendo un poco más hasta llegar a una loma en la que fue levantada una cruz de concreto, y desde donde se pueden ver algunas calles del pueblo y el campanario de su iglesia.

Foto 2_ Alma Alfaro Loeza

Entonces, Alma platica por qué es importante el uso del juguete tradicional en la niñez, de crearlo junto con los hijos; construyéndolos a través de materiales como el cartón, alambre, pedazos de madera. Infancia es destino, somos gran parte de lo que vivimos siendo niños. Un niño que juega mucho seguramente será un niño más feliz que otro; dice la Antropóloga social Alma Alfaro Loeza.

Apoyada con un bastón y una mochila de trapo color verde, Alma no se detiene para descansar, y si lo hace es para mirar al horizonte y traer al recuerdo que a través del conocimiento de Horacio Albalat, quien fue impulsor del tema del juguete tradicional mexicano fue propuesto en modalidad de talleres para hablar de él a los niños y padres de familia en todas las Ferias del libro celebradas en algunos ciudades del país.

A Alma no la detiene el afán de continuar aprendiendo, pero al mismo tiempo comparte, desde su trabajo, el apego que tiene con las telas, sus texturas y los colores, que consigue transformar en muñecas de cabellera larga, en Frida´s que les remarca las cejas con puntadas de hilo negro, hilos que la llevan al camino de la montaña cercana al Cofre de Perote. Alma se entrega con los niños, con sus madres, su parkinson no la detiene, es su cuerda para entregar y compartir conocimiento.

Foto 5_ Alma Alfaro Loeza

Bajamos el callejón empedrado y nos dirigimos hacia el parque nuevamente, es el centro de Naolinco. Pero antes nos detenemos en “La purísima”, una botica que en frascos de vidrio de distinto grosor guarda el remedio para sanar los males de quien acude a comprar. Uno de los viejos comercios que también corre el riesgo de desaparecer.

El grito de los vendedores de sillas, mesas, libreros, bancos y bases para cama, todos elaborados con madera de pino se ahoga con el ruido de los motores.

Foto 4_ Alma Alfaro Loeza

Para el tiempo no hay prisa por pasar e irse. Se detiene en el imaginario de Alma Alfaro, pasa junto de las viejas paredes de casas antiguas, prueba el dulce pan y los jamoncillos, los dulces de coco curtidos en higo o naranja, el dulce de leche, las enmoladas; pero escondidos en la esquina de una sala aguardan las telas, los hilos, encajes, corcholatas, papeles, pedazos de alambre y madera porque Alma les dará la vida y los entregará en las manos de padres y niños, para que con su imaginario construyan el universo del juego y sus juguetes, por eso la tradición aún se niega a olvidarlos.

Mira aquí el video de la entrevista a Alma Alfaro Loeza:

 

 

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