El jazz bajo la manga. Es el son nuestra memoria: Stephanie Delgado


Por Luis Barria
Foto de portada: Alberto Delgado

Con décimas se presenta,
siempre, a la gente del son
porque es una tradición
valerse de esa herramienta
que le pone sal, pimienta
y sabor a nuestro estado.
Bajo la manga he encontrado
a una joven jaranera
que hace del son su bandera,
es Stephanie Delgado.

Es Stephanie Delgado
la invitada esta ocasión.
En larga conversación
me habló de hoy, del pasado,
de lo mucho que ha cambiado
el fandango en la ciudad.
Me dijo en la actualidad,
las nuevas generaciones
reinventan las tradiciones
sin perder la identidad.

Sin perder la identidad
pero viviendo el presente,
pues la música es un ente
siempre mutante. Es verdad
que aunque sea vasta su edad
lucirá siempre muy bella
si camina tras la estrella
sin dejar de ver atrás.
Ya no les platico más
mejor los dejo con ella.

Como extranjera en su tierra…
Como extranjera en su tierra
llegó a sentirse en la infancia,
pero vivió la abundancia
que la tradición encierra
y es a lo que, ahora, se aferra.
Vivió una infancia dichosa
en esa tierra ruidosa
de aves, de río y de son
que sintió en el corazón
y hoy se siente orgullosa.

Nací en San Andrés Tuxtla el 30 de noviembre de 1989, mis papás son maestros, ambos llegaron a vivir a la comunidad de Hueyapan de Ocampo, en el sur de Veracruz, hace mucho tiempo, por lo menos 45 años. Mi papá es de San José Vista Hermosa, Morelos, y mi mamá es de Córdoba, Veracruz.

Yo crecí en Hueyapan de Ocampo, justamente, sintiéndome como extranjera -por decirlo de alguna manera- dentro de mi propio pueblo (risas). Mis papás, al haber crecido en otro contexto cultural, nos inculcaron cosas que no tenían mucho que ver con el pueblo. Obviamente, al ser maestros se involucraron con mucha gente, ahora que tengo pláticas con ellos, me cuentan que tuvieron contacto incluso con muchos músicos de la zona, pero esa no era una plática recurrente en mi infancia, hablábamos de muchas otras cosas: de política, de religión, de cualquier otra cosa pero no de música, en realidad.

Creo que yo empecé a adoptar muchas cosas del pueblo porque una de las señoras que ayudaban a mi mamá y a mi abuela en la casa con la limpieza y con la comida, era nuestra vecina y me encantaba estar con ella. Me pasaba mucho tiempo sola porque mis papás trabajaban todo el día y con mi abuela conviví muy poquitos años, entonces ella fue en realidad como mi segunda madre, fue quien me crió y me regaló muchas vivencias suyas, yo conocí Hueyapan por ella; aprendí a nadar en el río por ella, conocí las comunidades cercanas a Hueyapan, que es la cabecera municipal, por ella.

Stephanie Delgado (Foto Alberto Delgado) II
Stephanie Delgado. Foto: Alberto Delgado

Crecí en un ambiente muy democrático con mis papás, nunca hubo ninguna imposición de nada, por lo menos, no para mí para mí. Era una familia súper tradicionalista con un sistema religioso muy riguroso, por lo menos en ciertas cosas, no íbamos cada domingo a misa (con mi abuela sí pero con mis papás ya no), pero había esta cosa de somos católicos, creemos en esto, no nos gusta esto, y eso, obviamente, define cierta parte de tu personalidad, los límites de tus acciones.

Los dos tuvieron una infancia muy pobre. Mi mamá siempre fue muy artística, tiene una voz preciosa y súper afinada, nos contaba que cuando estaba en la Normal siempre quiso cantar y tocar guitarra, formaba parte del coro pero comprarse una guitarra era imposible para una persona de tan escasos recursos y era impensable que sus papás la apoyaran para estudiar una carrera de música. Mis hermanos y yo crecimos como ella, siempre buscando la forma de escuchar música, en la primaria siempre tratábamos de estar en coros o tener una relación con la pintura, con la música, con el cuento. Mi papá es totalmente distinto, él se dedicó a crear equipos de fútbol, de béisbol, de básquetbol, de todo lo que podía para los chavitos de la comunidad, pero también para nosotros, mi hermano aprendió muchísimo de lucha libre, de béisbol, de un montón de cosas por mi papá.
Más o menos esa fue mi infancia, una infancia súper feliz, yo crecí montándome en los árboles desde chiquita, nunca me gustó estar encerrada, fue terrible para mis papás porque hasta la fecha no puedo estar mucho tiempo en un lugar, me encantaba platicar con mis vecinos, me encantaba conocer a la gente del pueblo.

Su hermano fue el influyente…
Su hermano fue el influyente
de mucho de lo que hoy es,
le leyó cuentos, después
le cantó lo suficiente
para fascinar su mente.
Comenzó con el teclado
mas lo dejó abandonado,
no quería ser pianista.
Hoy es consumada artista,
eso quedó en el pasado.

Las primeras conexiones con la música que recuerdo son los fandangos, obviamente también recuerdo las cumbias de la radio y la música popular de mis vecinos y de mi propia casa, pero crecí siendo testigo de esa forma de convivencia, de esa forma de celebración del pueblo en la que los jaraneros llegaban a la casa de al lado porque iban a rezarle a San Juditas Tadeo y tenían que tocar toda la noche o hacían un fandango para la Virgen y amanecían tocando, recuerdo que a veces nos levantábamos muy temprano para ayudar a barrer el patio, para ir a comprar tortillas o cosas así y ellos seguían tocando. Algunos señores eran muy grandes y se quedaban dormidos tocando, otros estaban cayéndose de borrachos pero seguían tocando (risas), era muy impresionante, pero como en mi familia el alcohol no es muy bien visto, era imposible acercarnos. Como somos muy respetuosos de los límites, no intentábamos ir, sabíamos que iba llegar el momento en que iba a ser nuestra decisión, pero éramos muy pequeños, por lo menos yo, que soy la más chiquita de los hermanos.

Mi hermano fue una influencia muy fuerte para mí respecto a todo, se llama Alberto Delgado, es fotoperiodista de El Diario de Xalapa. Siempre ha sido como un explorador de muchas cosas, se interesa mucho por la realidad y cómo se configura, es un hombre que yo considero brillante. Él empezó a leerme, desde que estaba muy chiquita, cuentos de Julio Verne; aprendió a tocar guitarra y llegaba a la casa y tocaba para mí y para mi hermana, crecimos con música muy específica gracias a él, nos cantaba todas las canciones que se sabía de Silvio Rodríguez, que eran todas, pero también era súper rockero y llegaba con casetes del Tri, de Guns and Roses y lo que podía conseguir.
No recuerdo muy bien cómo, pero una vez llegó un teclado a mi casa y mi hermano empezó a tocar un joropo o algo así, yo nunca había estado frente a un teclado pero también empecé a tocarlo y mis papás se dieron cuenta de que tenía una musicalidad especial. A diferencia de mi hermano, a mí me dieron todo el apoyo, hasta de más, que para que aprendiera a tocar un instrumento, que fue el teclado.

Me llevaron a una escuela de iniciación musical en Acayucan donde daba clases el maestro Julio Cruz, él fue mi primer maestro. Acayucan está una hora de Hueyapan pero mis papás, muy amorosamente, me llevaban cada fin de semana y me esperaban dos o tres horas a que saliera de mi clase. Estuve ahí de los seis a los nueve años. Aprendí a leer música pero nunca me encantó, me gustaba tener la oportunidad de aprender y de tocar, pero no me apasionaba, me gustaba cantar pero no tenía la certeza de que quisiera dedicarme a eso en la vida. Después de los nueve años, dejé la música por un tiempo.
En los dos últimos años de la secundaria retomé el teclado, pero ya me nacía más la necesidad de cantar. A mis papás no les gustó mucho esa idea, me decían si haz invertido tanto tiempo en esto, ¿por qué te dedicarías a cantar si nunca lo has hecho?, tampoco confiamos en que puedas hacerlo, mejor no, olvídate de eso y sigue tocando. Desistí de ambas cosas, por lo menos tenía seguro que aunque la música me gustaba, no quería ser pianista.

Y fue en el Patio Muñoz…
Y fue en el Patio Muñoz
donde se vio frente a frente
con un canto diferente
mas parecido al de los
fandangos en que ellos dos
-su hermano y ella- crecieron,
y en él se reconocieron.
Y le dieron tantas ganas
de enrolarse en las jaranas
que ya nunca más se fueron.

Terminé la secundaria y me vine a estudiar la preparatoria a Xalapa, llegué a vivir con mi hermano y dejé la música totalmente de lado por unos años. Por ese entonces, mi hermano estaba enrolándose muchísimo con el son jarocho, mis papás le regalaron un requinto y se iba a los fandangos del Patio Muñoz, yo iba con él y fue una sorpresa toparme con esta música que no sonaba igual a la de mi pueblo, pero tenía una relación con ella. Yo decía cómo crees que esto está pasando y que sí podemos ir a los fandangos, la forma de convivencia es como aquella pero no está tan satanizada, la gente no ve mal que vayas a un fandango, al contrario, hay un montón de chavitos tocando. Me empezó a dar envidia ver a tantos niños tocando y yo decía pero si yo creí con algo así, no puedo creer que no sepa tocar.

A partir de eso, mi hermano me empezó a enseñar un par de cosas, luego varios de mis amigos también empezaron a enrolarse en el son jarocho, uno de mis mejores amigos, Luis Pablo Cruz, percusionista, un día llegó y me dijo tengo esta jarana -era una jarana preciosa, de Camerino Utrera, nada parecida a las jaranas de mi pueblo que estaban hechas con machete y eran totalmente distintas-, tócala:
-No sé cómo
-Pasado mañana va a ir a mi casa mi amigo Mario Baruch, es el director de un grupo de son jarocho que se llama Bemberecua, ¿por qué no vas a que te dé una clase?
-Bueno, va.
Fui y me dio una clase como de hora y media, empecé a aprender un poco los acordes y la posición de la mano, y me dijo oye, yo creo que puedes tocar, aprende. Me enamoré de la jarana y como un año después, mi papá me regaló mi primera jarana, hecha por Blas Vaquero, un laudero del sur.
Meses después, un día volví a mi pueblo y mi papá me dijo:
-Oye, ¿sabes que acaban de abrir un taller de son jarocho aquí?
-No, no tenía idea
-Pues ve porque está dando clases el leonero de Los Cojolites.
No le creí, ellos son como súper rockstars en Xalapa, llegan y todo mundo los ama (risas).

No creí que uno de ellos estuviera ahí, pero fui y me acuerdo perfectamente que cuando iba caminando hacia el taller escuchaba una voz a lo lejos y decía ¿de dónde viene?, ¿quién es? Conforme me fui acercando al kiosco, me di cuenta de que era la voz de Joel Cruz y me quedé impresionada, dije no puedo creer que alguien pueda cantar así, con esa potencia y con esa delicadeza. Sí era el son jarocho tradicional, pero también había una propuesta estética que yo había escuchado en algunos cantores latinoamericanos principalmente, que es lo que más conocía y lo que más me gustaba, especialmente las mujeres, yo escuchaba la voz de Mercedes Sosa y decía ay cabrón, ¿de dónde viene esa sensibilidad? Fui a los talleres en esas vacaciones y me impresionó tanto que ahí solté mi primer verso del son jarocho.

Cuando regresé a Xalapa, todos los días escuchaba música e intentaba tocar e imitar los fraseos. Acabé la prepa y empecé a estudiar sociología en la Universidad Veracruzana, pero empecé a tocar muchísimo, me apasioné tanto con el fandango que cada fin de semana o cada 15 días me regresaba al sur a tocar. Iba a todos los fandangos que podía y, obviamente, fue muy complejo poder mantener el ritmo y la exigencia de la escuela y la de la música. Dejé la Universidad un tiempo, después ingresé a otra carrera y ya terminé, soy Licenciada en Educación Básica, pero desde que terminé la prepa no he dejado de tocar, principalmente son jarocho.

Y casi sin darse cuenta…
Y casi sin darse cuenta
se fue haciendo jaranera;
sin sospecharlo siquiera,
se vio envuelta en la tormenta
de una música irredenta
que hoy da sentido a su vida.
Bemberecua fue partida
de un viaje con rumbo al son,
más tarde llegó Ramón
a apresurar la subida.

Un día, creo que de 2010, Mario Baruch me dijo vamos a grabar el disco de Bemberecua, ven a la casa, vamos a estar ensayando. Con mi amigo Pablo ya tocábamos juntos algunas cosas, hacíamos arreglos chafas (risas), la verdad, de algunos sones, estaban feos pero a nosotros, en ese momento, nos parecían una maravilla (risas). Entre esos arreglos estaba El son de la indita; se toca en una tonalidad mayor y nosotros lo empezamos a tocar en una tonalidad menor porque nos gustaba, decíamos así se escucha más doloroso, vamos a tocarla así. Empecé a cantarla en el ensayo del grupo y Mario me dijo:

-Oye, tienes que grabar eso con nosotros
-No, hombre, ¿cómo crees yo que voy a grabar?, yo nunca he cantado
-Por favor piénsalo
Siempre he sido un poco tímida e insegura, entonces no me atreví, dije no, gracias, pero esto es juego, no estoy preparada para algo así.
El día de la grabación, me habló:
-Oye, estamos en el estudio, ¿vas a venir o no vas a venir?
-Pues sí voy

Era un día terrible, hacía un frío espantoso, estaba lloviendo, me mojé toda, horrible. Llegué, grabamos La Indita en el primer disco de Bemberecua y la presentamos en Tlacotalpan el Día de la Candelaria del siguiente año. Fue muy grato porque ahí aprendí muchas cosas de mí misma, dije ah, bueno, a lo mejor sí puedes cantar, a lo mejor tú también tienes cosas qué decir con tu voz. La gente comenzó a decirme oye, tienes una voz preciosa, y yo decía ¿de verdad?, pues todavía no entiendo qué es lo que le gusta a la gente, pero a lo mejor sí, y me dediqué a estudiar un poco más y un poco más y un poco más.

Ese disco fue grabado y producido por Manuel Vásquez, creo que desde que me escuchó, también le gustó. Años después, Ramón Gutiérrez estaba buscando una vocalista para su septeto. La primera cantante de ellos fue Martha González, que es la vocalista de Quetzal; la segunda cantante fue la Marisoul, cantante de Santa Cecilia, son dos mujeres impresionantes, con una fuerza escénica inigualable, con una voz increíble. Yo ya las había escuchado, a Marisoul no la conocía pero a Martha sí, la conocí cantando blues. Un día, Manuel me dijo:
-Oye, Ramón está buscando una cantante para su septeto y creo que tú podrías encajar muy bien, le voy a pasar tu teléfono y un día de estos se va a comunicar contigo.
-Bueno, voy a ir, pero la verdad es que creo que no va a pasar nada (risas), yo creo que me va a decir regrésate por donde entraste o algo así (risas).

En ese entonces yo conocía a Ramón de lejitos -como nos conocemos todos aquí en Xalapa-, ya había escuchado los discos de Son de Madera, ya había escuchado su requinto en un fandango en el Patio [Muñoz], pero nunca me pasó por la cabeza que yo pudiera llegar a tocar con alguien como Ramón, que para mí es un personaje admirable.
Un año atrás conocí a Miguel Cicero, el pianista del septeto, en un seminario de son jarocho en Luna Negra, que es el rancho de Los Cojolites. Miguel fue a tocar con Ramón y platicamos un poco. El día que llegué al taller de Ramón, Miguel estaba ahí. Ramón me dijo:

-Oye, necesitamos una vocalista porque queremos tocar y ellas no pueden porque no están acá. Queremos alguien que se integre y Manuel Vásquez nos habló de ti. Escúchate esta canción
Y me puso la pieza La esperanza, que es dificilísima. Yo nunca había cantado ritmos tan complejos, estaba acostumbrada al 6/8 del son jarocho o al 4/4 o hasta al 3/4, cosas así, pero de repente escucho cosas con una métrica que estaba en 7, en 9 o en 11 y yo decía ¿qué es esto?, ¿dónde empiezo a cantar? Además, con la voz de Martha González resonando en las bocinas, yo decía no, está imposible, no hay forma.
Empezamos a tocar un poquito, me grabé dos o tres fraseos de Martha y dije bueno, pues lo voy a hacer. Seguimos tocando por un rato y Ramón me dijo tienes mucho qué trabajar, pero creo que sí puedes. Y Miguel me dijo:

-Oye, tú y yo ya nos conocíamos
-Si, nos conocimos en Luna Negra
-Tienes una voz muy bonita, no tengas miedo, canta.
Seguimos tocando y Ramón me dijo vete a tu casa y te hablamos al rato. Más tarde me llamó:
-¿Quieres entrarle, te interesa?
-Claro que me interesa, por supuesto que me interesa.

A partir de entonces ha sido mucho trabajo, obviamente, para cubrir el trabajo de dos cantantes que ya tienen Grammys, que son impresionantes. Yo decía ¿cómo le hago para estar a ese nivel, y si no llego a ese nivel, para desarrollar mi propia propuesta? Ha sido mucho trabajo, pero ya son seis años de estar trabajando con Ramón y seguimos tocando.

Es difícil mantener un grupo cuando la mitad está en otros lados y la mitad está aquí en Xalapa, Ramón, además, se dedicó casi dos años a preparar Caribe Mar Sincopado [el disco de Son de Madera] y finalmente él es el director y yo creo que es muy complejo para él dirigir dos bandotas, Son de Madera tiene toda la trayectoria del mundo, son casi 30 años y de eso vive prácticamente, y además, el Septeto.

Aunque no es muy sencillo, nos juntamos a tocar cada vez que podemos y hemos tenido conciertos muy bonitos: tocamos en el teatro Esperanza Iris, de México; una vez hicimos un concierto muy bonito en el Plaza Condesa, además era el primer concierto que se hacía ahí con música tradicional, que en México ha sido menospreciada por mucho tiempo, y estar en un foro en el que se presentan artistas de pop, de rock, de cualquier otra cosa menos de música tradicional mexicana era muy importante para nosotros, así como ahora fue para Mono Blanco tocar en un recinto como Bellas Artes. Esa vez tocamos Los Utrera, el Septeto y Son de Madera. Hemos estado también en ciclos de poesía de Voz en Punto y en algunos otros festivales como Los Sonidos de la Tierra, otra vez tocamos en Puebla, cosas así.

Se comparten las ideas…
Se comparten las ideas
y se conquistan amores,
se conjuran los dolores,
se terminan las peleas,
Quijotes y Dulcineas
entonan el mismo trino,
canta y baila el peregrino
y el de la casa también.
Es sucursal del Edén
el fandango campesino.

El fandango de tarima es una fiesta que empezó a construirse desde el siglo XVI, pero es hasta el siglo XIX cuando se da su expresión, más o menos, como la conocemos ahora. Es una fiesta del Sotavento veracruzano en la que conviven músicos, bailadores, cantadores, cocineras y la gente del pueblo que se reúne a tocar y escuchar son jarocho, que es la música tradicional del sur de Veracruz. Ahí se comparten ideas, se conquistan amores, se arreglan enojos o se arman otros, también ha servido como parte de ciertos rituales tanto políticos como religiosos y ahora se ha extendido por todos lados, yo creo que si vas a Suiza, muy probablemente encuentres jaraneros ahí (risas).

Ahora ya es una dinámica más citadina, cada vez más alejada del contexto rural. Los fandangos rurales se dan cada vez menos, son muy distintos a los que conocemos acá, todavía el año pasado corrí con la gran suerte de regresar a mi pueblo y un día me dijo mi mamá ¿sabes qué?, hay fandango aquí a un lado de la casa porque se va a casar la vecina, ¿por qué no vas? Fui y había una tarima -las tarimas acá son bajas, las de allá son muy altas-, como cinco o seis músicos, un hombre que estaba tocando una media guitarra -es una guitarra mediana que se puntea como el requinto pero es un poco más grave-, cuatro o cinco jaraneros y dos bailadores hombres. Estaban tocando precioso porque no era como acá que se escucha el estruendo de las mil jaranas, el zapateo a todo lo que da, todos los cantadores teniendo que gritar porque no se oyen, allá eran tan poquitos y la música estaba tan pausada que no había necesidad de ningún grito, ningún tipo de estruendo.

Había bailadores porque ya no hay bailadoras, las únicas que quedan son como cuatro o cinco señoras que tienen como 90 años, entonces las tienen que cargar, literalmente, y subirlas a la tarima y dan tres pasos y ya, entonces, ellos se subían a bailar los sones más bravos como El toro y La bamba, cosa que no es muy usual porque con los códigos actuales del baile, en ningún lado vas a ver a dos hombres bailando un son, y menos un son de mujeres, y ellos estaban ahí bailando, yo decía qué increíble, esto es lo más parecido a lo que recuerdo de mi infancia. Aún hay fandangos rurales, pero son muy pocos.

Antes hubo especialistas…
Antes hubo especialistas
en cada una de las artes
y siempre que hacían sus partes
eran los protagonistas.
Eran muy grandes artistas
de la voz, del zapateado
o del verso improvisado.
Hoy, a hombres y mujeres,
la enseñanza en los talleres
ya los ha uniformado.

Había señores -yo conozco a un par- que llegaban a los fandangos y solo se dedicaban a cantar, no llevaban ningún instrumento, no llevaban zapatos para bailar, llegaban, se plantaban y abrían una conversación con puro verso, esa era su participación. Le he preguntado a músicos como Patricio Hidalgo, Ramón [Gutiérrez], Wendy Cao y Tacho Utrera cómo recuerdan la dinámica de los fandangos en los que existían estos cantadores y Tacho me platicó que había un cantador que siempre tiraba el primer verso desde su caballo y solo iba a cantar, y así como él, había personas que solo llegaban a bailar y había personas que solo llegaban a tocar jarana o solo llegaban a tocar violín, a tocar güiro o a tocar requinto. Don Esteban Utrera, que es uno de los personajes más representativos de un tipo de son jarocho, de una escuela de requinto, solo se dedicaba a tocar su guitarra de son.

A partir de la gran cantidad de talleres que empezaron a dar un montón de promotores culturales y de músicos para difundir el son, todo se ha ido uniformando, tanto los estilos como la versada y las velocidades para tocar, y se ha ido perdiendo la división de la música en el fandango.

Porque también son soneros…
Porque también son soneros
-aunque muchos no les guste
que haya tal desbarajuste-
los músicos «marisqueros»,
los danzantes «balleteros»
y también los del taller,
más vale reconocer
que ya se extingue esa estética
y hacer la nueva poética,
pues no volverá el ayer.

Hay que reconocer que existen muchos tipos de son jarocho y uno de ellos es el que ahora llamamos «marisquero», el de arpa que se toca en el Puerto, es un tipo de son más urbanizado, con tendencias más cosmopolitas, no tan rural como el que se desarrolló al interior de Sotavento. Ese son se difundió durante las candidaturas de un montón de gente en muchos gobiernos priistas, pero también en el cine, creo que cualquiera ha escuchado La bamba y quizá no sepa que es son jarocho, pero la relaciona con Veracruz porque ha habido un estereotipo, La bamba no aparece sola, aparece con un jaranero, con un bailador vestido de blanco, con un paliacate, un sombrero de cuatro pedradas y botines blancos, pero eso también es son jarocho, nos guste o no, eso también ha sido parte de la historia de cierto tipo de son jarocho.

El son jarocho que surgió y siguió siendo rural por cientos de años, ahora también se está dando a conocer y, ojo, también se ha estereotipado, pero creo que este tipo de son se difunde a niveles de convivencia más profunda que el otro, porque no solo se difunde el género sino también la fiesta del fandango en la que lo más importante es la formación de comunidades.

También ha habido un vaivén de cosas en cuanto a lo estético, aunque no nos guste aceptarlo, hay muchas cosas que se han ido adoptando a partir de los ballets folclóricos, ciertas cuestiones como coreografías, el vestuario también, los «balleteros», como les decimos, tienen su traje blanco, pues nosotros tenemos nuestros refajos de telar, nuestras faldas con flores y nuestras blusas tejidas, es como una respuesta, como decir esto es lo que sí pasaba. Pero no pasaba en todos lados, sí pasaba en ciertas zonas y hay ciertos lugares donde se sigue usando ese tipo de ropa, por ejemplo, yo uso mis ropas tejidas todos los días porque me gustan, porque no me dan calor, porque es mi ropa del diario, pero hay gente que la usa solo para ir al fandango, como un vestuario, entonces, la creación de estereotipos está en todos lados, en cualquier cosa, por eso digo que qué malo sería que las fiestas fueran todas iguales, porque entonces algo estaría pasando, no sé si bueno o malo, pero no sería tan real como queremos creer, por ejemplo, ahora pienso en el son jarocho y digo ¿por qué si llego a Tlacotalpan o a San Andrés o a Acayucan o a Jáltipan o a México o a cualquier otro lado donde haya son, escucho los mismos versos?, ¿por qué escucho los mismos fraseos?, ¿por qué veo los mismos pasos?, ¿por qué reconozco las mismas figuras?, pues porque hay una estandarización de cosas también en la música tradicional y, lamentablemente, esa riqueza y esa diversidad se han ido diluyendo.

Creo que los talleristas que ahora estamos enseñando tenemos la enorme responsabilidad de escuchar muchas cosas y de formar músicos, finalmente no podemos negar que el son jarocho ya no está heredándose en las familias, ya no son esos señores que tocaban y su hijo veía al papá tocar y aprendía, y generaban un estilo familiar o un estilo regional, la transmisión ya no es así, ya no vamos a los fandangos a aprender, vamos a demostrar que ya sabemos algo y eso lo aprendemos en un taller.

La creación se ha liberado…
La creación se ha liberado
-sostiene García de León-
de seguir la tradición
que la amarró en el pasado.
Hoy el son, emancipado,
explora una nueva veta,
persigue una nueva meta:
alejarse del ritual,
potenciar lo personal
y sacar el yo poeta.

Creo que si grupos de fusión son capaces de acabar con una tradición, es que hay algo en la tradición que ya no está funcionando. El son jarocho vive por la fiesta del fandango, no por el son jarocho por sí mismo y eso se relaciona con cosas muy profundas, con una cuestión de identidad, con una cuestión de práctica comunitaria, de convivencia con el propio lugar donde estás parado. El fandango respondía, por ejemplo, a la fiesta de un santo, a la muerte de un niño o cuando se iba a casar una muchacha, había que hacer un fandango para las cocineras, para que trabajaran toda la noche y no se cansaran, y ahí empezaba la fiesta, con un fandango, si esas cosas están perdiendo, entonces lo otro se debilita.

Obviamente se están transformando muchas cosas por la dinámica actual, hace unos meses veía un documental sobre el canto de ordeño en Venezuela y decía ay, cabrón, creo que eso puede pasarle al son jarocho. Los cantadores decían nosotros no somos músicos, somos vaqueros y cantábamos para arrear las vacas, si las llevábamos una semana o 15 días en camino, teníamos que hacer algo para calmar la ansiedad del animal, ahora qué les vamos a cantar si van en un camión o para qué les vamos a cantar si están todas metidas en un establo; si ya no hay esas necesidades, la música también se va extinguiendo.

Creo que hemos descuidado muchísimo el fandango y hemos puesto mucha atención al género solamente y eso es palpable cuando vienen grupos como el mismo Son de Madera, como Macuiles, como Sonex, como infinidad de grupos que tienen una propuesta mucho más urbanizada, con otro tipo de influencias musicales y afectan al género del son tradicional, y todos los chavitos que no están familiarizados con la fiesta del fandango adoptan, sin cuestionar, esto nuevo que está sonando. No sé si eso está bien o está mal pero creo que tenemos que saber que hay cosas que se van a ir perdiendo y formas dentro del son jarocho que, incluso, ya se perdieron. Como te comentaba hace un rato, la misma formación dentro del fandango, antes había cinco o seis músicos y no hacían falta más, antes, alguien podía tocar solamente la guitarra y no pasaba nada, ahora creo que ir y tocar solamente la guitarra sería aburridísimo porque, además, no se escucharía con 50 jaranas atrás tocando rapidísimo y súper fuerte.

No me parece que esté mal, también es válido, muchos surgimos como músicos desde un taller y perseguimos otra cosa que no se queda en la cuestión comunitaria o de la fiesta, perseguimos una cuestión artística, emancipamos la música. Como dice Antonio García de León en su libro del fandango (Antonio García de León Griego, comp. Fandango. El ritual del mundo jarocho a través de los siglos. México: Conaculta / Ivec / Programa de Desarrollo Cultural del Sotavento. 2006): ‹esta emancipación de la música hace que yo me apropie de ella sin tener que responder a un ritual y la convierto en algo mío y la uso para otros fines, para buscar qué dice mi yo músico o mi yo poeta›; y está muy bien, ojalá se hicieran más cosas a partir de la música tradicional, ojalá más gente compusiera pensando en los cantos cardenches o en la música de Tierra Caliente o en las chilenas o en el huapango norteño.

El que hacían los pescadores…
El que hacían los pescadores,
albañiles, campesinos,
constructores de caminos,
era un son de otros valores.
Se cantaba sin temores,
sin alharaca ni estruendo
y se iba construyendo
sin afanes protagónicos.
Esos sones son agónicos,
hoy ya se están extinguiendo.

Todavía existen esos músicos tradicionales a los que no les importa si eres Lila Downs o si eres Natalia Lafourcade o si eres Ramón Gutiérrez, incluso; no les importa, ellos van al fandango a tocar, no importa quién esté al lado, pero también es cierto que es una generación que ya está muriendo y que no tiene herederos. Yo creo que eso pasa en toda la música campesina o tradicional de México, los que la hacían se dedicaban a otra cosa, eran marineros o comerciantes o campesinos o lo que fuera y encontraron en el son jarocho una forma de esparcimiento y también una forma de queja, un poco como el blues, el son jarocho era una música de resistencia, iba por una cuestión lúdica pero también por una cuestión social, un discurso.

Stephanie Delgado (Foto Javier Elizondo)
Foto: Javier Elizondo

Era la música a la que tenían acceso, la que era la suya, por el solo hecho de ser campesinos, podían estar en la fiesta. Después empezó esta cosa de vivir del oficio de la música y ahí sí ya nos estamos metiendo en problemas, porque ya no es solamente lo que tú quieras hacer con tu música sino lo que la gente espera de ella, como cualquier otro artista de ahora.

Todavía existe este tipo de músicos pero son menos, lo primero que se me viene a la mente cuando te digo esto es el grupo de Los Baxin, que se dedican a otra cosa, o un gran jaranero que toca con Son de Madera, Dalmacio Cobos, él maneja un camión y lleva su jarana y cuando tiene tiempo, la toca. Ese son jarocho va a seguir existiendo hasta que él se muera, a lo mejor su hijo también aprenda a tocar pero no se dedique a la música y siga tocando como lo hacía su papá y siga haciendo fandangos en su casa a los que solamente lleguen sus amigos y sus vecinos y digan venimos a tocar pero en realidad nos dedicamos a construir casas o cortamos caña o lo que sea.

Ese son va a dejar de existir en algún momento, ojalá que no, ojalá me equivoque y encontremos todavía esas personas que aprenden a tocar son jarocho para convivir con sus tíos y sus amigos sin más ambición artística.

Todo va evolucionando…
Todo va evolucionando
sin permitir excepción
y por eso nuestro son
seguirá siempre cambiando.
Vale seguir explorando
aunque se armen confusiones,
pues hay quien tiene razones
pa’ no seguir en lo mismo.
Hoy, a un lado del purismo
florecen muchas fusiones.

En Xalapa están pasando cosas muy interesantes con el jazz y con la música jarocha y huasteca, principalmente, por ejemplo lo que hace Eloy [Zúñiga] o La Manta o los hijos de Ramón [Lucía y Santiago Gutiérrez Rebolloso, estudiantes de JazzUV], que los oyes cantar y son jazzistas pero tienen toda una tradición familiar y es impresionante oírlos porque están proponiendo algo en el jazz, incluso esperaría que en algún momento, si se vuelven compositores, hagan uso de esa cosa, que finalmente es su identidad.

Incluso dentro de la música tradicional, gente que no estamos cantando jazz, ya estamos cantando y tocando otro tipo de son jarocho y ya hay una propuesta diferente que para los viejos soneros es extraña. El año pasado o antepasado fui a la Candelaria y estaba el maestro Félix Baxin tocando su requinto, había mucha gente joven tocando este tipo de son jarocho que se enseña en los talleres, que no tiene nada que ver con el tipo de son jarocho que él toca, y nadie pudo seguirlo, el único jaranero que más o menos podía seguirlo cantaba rarísimo y él se desesperaba, decía es que no puedo tocar con esta persona porque no sé qué está cantando, además no quiero.

Es el son nuestra memoria…
Es el son nuestra memoria,
el registro fidedigno
de lo bueno y lo maligno.
El son recoge la historia
y pone toda la gloria
y todo el dolor ahí.
Vale preguntar así
ante una voz dolorida:
¿qué le pasó en su otra vida
que la hace cantar así?

Muchos reconocemos cierta hermandad entre el son jarocho y el blues, principalmente porque es una música de resistencia y de protesta, ambas surgieron de una realidad bien dolorosa, de un pasado de opresión, de injusticias y hay gente, como Ramón, que además posee una melancolía impresionante y una profundidad mágica, no encuentro otra forma de describirlo, oyes cantar a ciertas personas y dices qué le pasó en su otra vida que tiene esa cosa en la voz, a veces desgarradora o a veces tan suave que dices qué increíble.

Yo creo que tenemos mucho que aprender no solo del son jarocho, de la música tradicional de México porque es parte de la historia, hay versos que siguen contando la historia de un tiempo de guerra, seguimos cantándole a pájaros que ya se extinguieron, pero qué bueno saber que existieron, y así pasa con todo lo demás.

El son está en todas partes…
El son está en todas partes,
en el campo, en la ciudad,
en la luz, la oscuridad,
en cabañas y en baluartes.
Donde quiera que te encartes
estará siempre presente;
encontrarás su simiente
por toda la carta esférica
ya sea que estés en América
o en el viejo continente

El son está en todas partes. En la ciudad de México hay cientos de jaraneros, muchas familias, muchos personajes que acá en Veracruz son muy importantes dentro de la tradición sonera, como los Vega, ellos han hecho escuela de su estilo de tocar y están ahí. También hay muchos en otros estados, creo que es de los géneros más conocidos, algunos dicen ya aburre, ha habido tanto son jarocho que ya queremos otra cosa (risas). Ahora vendrá el boom del son huasteco o de la música de Tierra Caliente, que también tiene una riqueza impresionante, o ahora el cardenche, Pablo Villa está haciendo cosas increíbles.

Mi novio está haciendo una residencia en Barcelona, es periodista y lo becaron, y me dijo oye, ¿por qué no te vas el último mes a alcanzarme?, aprovechamos para conocer un poco y para dar el rol por ahí. Le dije pues va, y luego me quedé pensando y dije está un poco caro ir entonces ¿qué puedo hacer para generar dinero y no regresar con una deuda de 30 mil pesos?, pues voy a tocar. Y publique en Facebook ¿algún músico que quiera tocar conmigo en Barcelona? y de repente empezó a salir un montón de contactos y me conecté con varios músicos que están allá y en lugar de llegar a Barcelona, voy a llegar a Madrid a tocar, ahí voy a estar como semana y media en dando talleres y tocando. De ahí vuelo a Zúrich a dar otro taller, por otra semana, a una comunidad de jaraneros que hay allí (por eso te decía hace rato que si vas a Suiza, seguro te vas a encontrar soneros). Un amigo de Paraíso, Tabasco, que conocí en un fandango está allá y me dijo acá tienes dónde quedarte, yo te ayudo a organizar algunas cosas. Y un amigo de México, jaranero, que también conocí en un fandango me dijo amiga, yo fui el año pasado, te ayudo a organizar lo que quieras desde acá, entonces me conectó con este grupo de jaraneros y voy a llegar a darles taller y a tocar. De ahí vuelo a Barcelona a estar la última semana y media con mi novio (risas), también quiero tocar un poco ahí pero es lo he ido postergando porque quiero viajar un poco aunque sea la última semana.

Como te digo, el son está en todas partes.

Ya con esta se despide…
Ya con esta se despide
la invitada de este día.
Habló de son, de poesía,
de todo aquello que impide
que la tradición se olvide.
Dejó muy bien asentado
lo perdido, lo ganado
y también lo porvenir.
Gracias, lector, por seguir
a la sonera Delgado.

Hace unos años, mi hermano formó una banda de rock con periodistas, al siguiente año me dijo:

-Oye, necesitamos alguien que cante, éntrale
-No, hombre, ¿cómo crees?
-Sí, éntrale
-Bueno, pues va.

Entré con ellos y también ya llevamos algunos años tocando, la banda se llama Aquí no mando yo, está formada por puros periodistas: Óscar Martínez en la guitarra, Alberto Delgado -mi hermano- también en la guitarra, Javier Elizondo en el bajo, Aurelio Contreras en la voz y hemos tenido varios bateristas pero no hemos tenido mucha suerte con ellos, la mayoría se han ido de aquí. Ahora decidimos rearmar la banda con los que hemos estado siempre y yo estoy aprendiendo a tocar bajo para poder sonar otra vez.
Sigo tocando en el Sexteto de Ramón Gutiérrez. Andrés Flores es un músico también muy importante dentro del son jarocho, fue integrante del grupo Chuchumbé y después de muchos años decidió hacer su grupo, me invitó y también estoy tocando con él, el grupo se llama Andrés Flores y la flota. Recientemente me invitó a Emilio Bozzano a formar parte de Macuiles, ya había participado con ellos hace como dos años, cuando fue la presentación de su disco y ahora que Marisol [Mandujano] se salió, me pidió que entrara y le dije que sí, y estoy en eso también. Bemberecua es un grupo que ya se junta muy poquito, casi no tocamos porque estamos todos en diferentes lugares, pero yo creo que sigo formando parte de esa familia. Y en eso estoy.

Agradecemos a Luis Barria las facilidades para publicar esta columna, que apareció originalmente en El jazz bajo la manga.
Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s