El hambre insaciable de Roxane Gay


Por Irma Gallo

Supe de Roxane Gay como la mayoría de la gente: por el libro Confesiones de una mala feminista, que, confieso, nunca leí. Es de esos libros que me mandan las editoriales porque, hasta hace seis meses, colaboraba en varios medios. Ya no. Pero no voy a contar mi triste historia porque a nadie le importa. El caso es que el libro de Roxane se quedó a empolvarse en uno de mis libreros, aunque tampoco es que me valiera pelotas, porque sobrevivió mi mudanza.

En fin, que en octubre del año pasado, Camila (mi hija) y yo fuimos a Nueva York. La razón principal fue el concierto del Love Yourself Tour de BTS, pero por supuesto que no dejamos de visitar mi librería favorita: Strand Books, en donde, además de bonitas bolsas para lápices, plumas y separadores, me encontré un libro de Roxane Gay. Ayiti, se llamaba, y lo primero que me intrigó fue qué quería decir esa palabra. Leí la contraportada y me enteré que era Haití. Pero, ¿qué relación tendría Roxane Gay, la que había esperado paciente en mi librero durante meses, con el país caribeño?

No lo pensé más y compré el libro, que, hay que decirlo, también esperó unos meses en mi librero hasta que, más o menos en mayo de este 2019, me animé a agarrarlo (todavía me cuesta trabajo leer en inglés y eso me desanimaba).

La verdad es que una vez que lo empecé, me lo devoré en dos días, y estoy segura de que si no hubiera tenido que consultar algunas palabras en el Google Translator de tanto en tanto, lo habría hecho en un día: se trata de una colección de cuentos en los que Haití, la tierra de los padres de Roxane Gay, es el centro. No todos suceden en la isla, pero en todos late la vena caribeña, el desarraigo, la migración, la lejanía. Las costumbres que, inevitablemente se pierden al llegar a Estados Unidos, la extrañeza, el ser distinto.

Así que me puse a googlear a Roxane Gay porque de pronto sentí la necesidad de saberlo todo de ella. Descubrí que tenía un libro que se llamaba Hunger: A memoir of my body, y de inmediato me metí a la página de Strand Books para encargarlo desde Nueva York… Sin embargo, me arrepentí en cuanto descubrí que el puro envío me salía más caro que el libro.

IMG_7812

Mi segunda opción fue buscar si había una traducción al español, y afortunadamente la encontré muy pronto: Hambre. Memorias de mi cuerpo, estaba publicado por la editorial española Capitán Swing, y podía conseguirlo importado en una cadena importante de librerías de este país, y por si fuera poco, con un descuento importante: de 550 a 370 pesos.

Pensé que esa era la señal que estaba esperando y como en ese momento todavía tenía sueldo de burócrata de buen nivel, esperé a que terminara mi jornada de trabajo (aunque todavía no implementaban la orden de checar salida y entrada), y me fui por mi anhelado libro.

En este caso la metáfora de que “devoré” el libro queda mejor que en ningún otro, pues el hambre que ha controlado a Roxane Gay la mayor parte de su vida fue lo que me antojó para no parar de leer.

Como su subtítulo lo indica, en estas memorias la escritora nacida en Omaha, Nebraska, en 1974 (sí, de padres haitianos), explora las razones de su eterna, inconmensurable hambre. Sin intentar disimular su dolor, pero sin regodearse en éste, cuenta cómo a los 12 años de edad fue violada por un niño que se suponía era su novio y su pandilla de amigos, y cómo a partir de ahí la comida se convirtió no solo en su único refugio, el más seguro, sino en la manera de construir el enorme caparazón que evitaría que su cuerpo volviera a ser lastimado.

Y aunque escribe sobre lo difícil que le es sentarse en un avión, lo mucho que le duelen las rodillas cuando camina, las miradas de horror que le dedica la gente (especialmente los niños, que no saben disimular), no es este un relato de autoconmiseración, sino una zambullida descarnada, totalmente honesta, en el interior de su cuerpo, ese cuerpo al que ha aprendido a aceptar, y sí, a amar.

“Las mujeres tenemos que ocupar poco espacio en el mundo, ser pequeñas”, parafraseo a Roxane. Es una cualidad de lo femenino. ¿Lo es? ¿Acaso las chicas altas y con sobrepeso u obesidad no tienen cabida en este universo?

Parece que no. Acabo de toparme con el tuit de una feminista que, muy enojada (y con toda razón), citaba el post de Facebook de un imbécil que escribió: “¿Por qué todas las feminazis aborteras son viejas feas y gordas?”

Si así nos etiquetan los hombres (algunos, afortunadamente no todos), ¿por qué no abrazar con más ganas nuestro cuerpo, sea el que sea, como ese espacio solo nuestro que contiene todo lo que somos?

Se los dejo de tarea. Por lo pronto, lean a Roxane Gay. No volverán a ser las (os) mismas (os).

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s