Mary Shelley, hecha de sus monstruos


Escribí este texto para un libro que, espero, algún día llegue a buen puerto.

Mientras esto sucede, lo comparto aquí, porque es una de mis mayores obsesiones: la historia de una chica de poco más de 16 años que escribió una novela sorprendente, esa sí, fundacional, hija de una pensadora feminista (Mary Wollstonecraft) que murió prematuramente, y -quizá por ello- obsesionada con la muerte: Mary Shelley.

Todo el mundo se preguntaba porqué habían dos corazones, y no solamente uno, el mío. Era mi tumba, el lugar en donde se suponía que debía descansar para siempre, para la eternidad, si es que eso existe. Pero lo amaba tanto que no pude desprenderme de aquello que me unió a él en vida: su corazón. Mary y Percy por siempre.

Si hubieran buscado bien, habrían encontrado algunas otras reliquias: un mechón de cabello, un pequeño camisón, un diente de leche. Tampoco pude desprenderme de ellos, mis pequeños hijos. Los hijos que tuve con Percy y nos abandonaban a los pocos meses, incluso días de nacidos.

Parece que en esta vida no podía retener nada de lo que amaba. Ni siquiera a mi propia madre, de quien heredé el nombre: Mary Wollstonecraft. También le heredé la pasión por escribir y la rebeldía. Murió 10 días después de que nací, por una infección como consecuencia del parto. Ella, que había escrito que nunca iba a casarse.

Creo que nunca me resigné a su muerte, a no haberla conocido. Así que desde pequeña solía visitar el lugar en donde la enterraron: el cementerio de Saint Pancras. Seguramente ahí nació mi curiosidad por los muertos. Los estudiantes de medicina los compraban a los ladrones de cadáveres para poder estudiar anatomía, y yo veía, desde lejos, como salían del cementerio los carruajes cargados de esos cuerpos azulados, amontonados: un brazo por acá, una cabeza por allá, una pierna colgando, casi tocando el suelo de tierra húmeda y negra.

Sólo el amor me distrajo momentáneamente de esta obsesión por los muertos en pedazos. Un día, Percy vino a visitar a mi padre. Era el hombre más hermoso que hubiera visto y que vería nunca más; tenía 22 años y era poeta. No me importó que estuviera casado. No pude dejar de pensar en él, ni él en mí, y sólo unos días después me declaró su amor. Y lo hizo en ese lugar que ya era tan especial para mí: el cementerio de Saint Pacras. Ahí, cerca de la tumba de mi madre, decidimos que escaparíamos: él de su esposa, yo de mi padre y mi madrastra, para vivir nuestro amor.

Percy Bysshe Shelley. Wikimedia Commons

Yo tenía 16 años y Percy, mi poeta, me mostró el mundo entero. Nunca olvidaré esa noche en Villa Diodati, la casa alquilada por Lord Bryon, en la que, en medio de una tormenta salvaje, nació mi monstruo: Frankenstein. 

Nunca me amedrenté ante nadie: Bryon nos retó a escribir un relato de fantasmas, el más terrorífico que pudiéramos crear, quizá pensando que sólo los hombres se atreverían a hacerlo. Pero yo no dormí en toda la noche. Escribí como si estuviera poseída. El monstruo ya vivía dentro de mí, en esas imágenes de los cadáveres transportados clandestinamente hacia afuera del cementerio, y sólo tuve que darle forma a su historia.

Escribí mucho más que Frankenstein, pero el destino quiso que, hasta hoy, me recuerden sobre todo por esa historia, que probablemente es la que tiene más de mí: como al doctor, a Percy y a mí nos apasionaba viajar y fue el mar, en una de esas aventuras, el que me lo quitó. Lo quemamos en una hoguera a la orilla de la playa, al igual que a mi doctor Víctor Frankenstein. Pero su corazón se resistía a arder, así que lo rescaté de su cuerpo en llamas y lo envolví en una hoja en la que él había escrito su poema Adonais. 

Su corazón me acompañó toda la vida, durante 30 años más, hasta el día de mi muerte. Envuelto en la página de su poema, lo llevaba en una bolsa de seda, junto con mis plumas, el tintero y los pedacitos de los hijos que tuvimos y que murieron poco después de nacer.

Así que no se asombren cuando abran mi tumba. Todo estas partes soy yo. Estoy hecha de mis muertos, igual que mi monstruo.

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