Maryse Condé, o cuando la soledad dejó de ser compañía


Por Irma Gallo

Pocos objetos he deseado tanto y por tanto tiempo como el libro Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé (Impedimenta, 2019). A principios de este año, comencé a ver en la cuenta de Instagram de la editorial española, que distribuye Sexto Piso en México, esta novedad.

¿Por qué lo había deseado tanto? Primero, porque debo confesar que casi todos los libros que publica la editorial se convierten, casi de inmediato, en objetos del deseo: eligen autores poco publicados en español (o editados hace años, y nunca vueltos a reimprimir) y tienen un diseño de lujo. Son objetos bellos, pues.

Segundo, porque desde que supe quién era Maryse Condé (la ganadora del Premio Nobel Alternativo de Literatura en 2018), me morí por leerla y no la encontraba por ningún lado, mucho menos traducida al español.

Por fin, en la Feria Internacional del Libro del Zócalo lo encontré. No me importa que para entonces llevaba una semana desempleada y que los libros de Impedimenta no son baratos, por aquello de la importación y de la calidad. Lo compré de inmediato. Sin embargo, como en ese momento estaba leyendo Desierto sonoro, de Valeria Luiselli (y me estaba encantando), decidí dejar para después a Condé.

Bueno, pues una vez que empecé a leer Corazón que ríe… no pude dejarlo. Me lo devoré en un par de días. Me atrapó la candidez (en el mejor sentido de la palabra), la pureza, la ausencia total de pedantería y snobismo, de la escritura de Condé. ¿Cómo, si no es así, es posible escribir una serie de relatos autobiográficos sobre la infancia?

Maryse Condé narra sus primeros años en Guadalupe, colonia francesa, como la hija menor (algo así como el pilón) de una pareja que ya tenía 7 hijos antes. Ella, de 42 años, él, de 60, cuando nació la benjamina.

Una familia acomodada, eso sí, era la de Condé. Pero negra. Unos padres que lamentaban ser negros y por ello mismo negaban cualquier fragmento, por mínimo que fuera, de su raíz africana. Unos padres a los que Sandrino, el hermano favorito de la pequeña Maryse, llamaba alienados.

Una infancia, pues, de viajes continuos a Francia, la madre patria; a París, la capital del buen gusto, de la cultura, del estilo. Una infancia en la que estaba prohibido hablar criollo; el francés era la única lengua permitida.

La niña Maryse Condé creció entre la indiferencia de los hermanos (excepto Sandrino) y el padre, y los reclamos constantes de la madre, que le decía a menudo que se comportaba como una “africana”. Pero no fue la suya una infancia infeliz. Para eso estaba su amiga Yvelise; para eso, los libros que fue descubriendo poco a poco (en parte, gracias a su hermano adorado, que moriría de cáncer cuando ella apenas era una adolescente); para ello, su soledad de hija mucho menor; para eso, finalmente, su imaginación poderosísima, la mirada luminosa con la que observaba el transcurrir de sus días.

Conforme avanza la lectura de Corazón que ríe, corazón que llora, algo se empieza a densificar. La niña Maryse se vuelve adolescente con un padre anciano y una madre achacosa por la artrosis. El referente principal de su infancia, su hermano Sandrino, es expulsado de la casa familiar por sus ideas comunistas y se va a vivir a París, en donde, poco después (aunque ese episodio no lo narra Condé), muere en la miseria, joven aún.

Y un abrazo a su madre, cuando ésta ya no es ni sombra de lo que fue (está enferma, calva, derrotada), marca el inicio del fin de la infancia de Maryse. Paradójicamente, la soledad ya no será su compañía.

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