Los vientres, como casas vacías


Por Irma Gallo (Foto de portada: Brenda Navarro, por Idalia Ríos)

Hace un rato que la maternidad dejó de ser sagrada. Quizá desde el momento en que se inventó la píldora anticonceptiva. Pero una cosa es que una mujer tome precauciones para no quedar embarazada y otra muy distinta es que, ya habiendo parido, se de cuenta de que tener un hijo no es la experiencia maravillosa, excelsa, fundacional, que siempre le dijeron que sería. Que se sienta irremediablemente atrapada en un destino común con otro ser.

En Casas vacías (Sexto Piso, 2019), de Brenda Navarro, el destino de un pequeño queda definitivamente sellado por el choque entre dos maneras de ver la maternidad. Daniel nació un poco por accidente, otro poco por hastío. Leonel por egoísmo, por la idea de “salvar” una relación, por soledad. El día que una mujer se robó a Daniel en un parque, lo nombró Leonel.

La madre de Daniel está exhausta: la maternidad no es lo que creyó. Aunque tampoco es que se hubiera hecho demasiadas ilusiones. Para empezar, Daniel nació autista, y ella tiene un romance fuera de su desgastado matrimonio.

La “madre” de Leonel está también atrapada en una relación desgastada, en la que además hay una fuerte dosis de violencia. Cree que un hijo vendrá a salvar lo que ya no tiene remedio. Aunque tiene un pasado de violencia también con su madre, cree que un hijo va a transformar por completo su historia personal. Ha intentado embarazarse sin éxito. “Hazme una hija”, le dice a su macho, como si fuera una facultad exclusiva del hombre. Como no lo consigue, se roba a un niño rubio, que “parece niña”, al que ha estado observando durante un tiempo.

La culpa es otro de los temas que explora Brenda Navarro en Casas vacías. Esa invención del cristianismo, y muy en especial del catolicismo, con la que se nos sigue castigando a las mujeres, muchas veces por nosotras mismas, desde tiempos inmemorables. Después de que le roban a Daniel, su madre se pregunta constantemente si fue a causa de su descuido (estaba hablando por teléfono con Vladimir, su amante, cuando la otra mujer aprovechó para llevárselo del parque), o si se merece esta pérdida porque en realidad nunca quiso a su hijo.

Al final, los cuerpos de ambas mujeres, madre y raptora, sus vientres, se perciben como eso: espacios que, despojados de su fruto, se convierten en casas vacías.

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