El intelectual que se burla de los intelectuales


Por Concha Moreno

En el siglo XIX, un tal Honorato de Balzac se dio a la tarea de retratar –y de burlarse– de la gente que le rodeaba: desde trabajadores del día a día hasta intelectuales complacidos consigo mismos. Ah, ¡cómo se rió Balzac! De su sentido del humor salió una serie de novelas y cuentos sublimes llamadas en conjunto La comedia humana.

En nuestros tiempos hay varios seguidores de la tarea de la tarea de Balzac; el más aventajado es el inglés Ian McEwan.

Nacido en 1948, un boomer, McEwan pertenece a la generación dorada de la literatura inglesa. De su misma camada son Martin Amis, Salman Rushdie, Julian Barnes y Christopher Hitchens. En ese club de Toby, McEwan destaca por su capacidad para retratar personajes de todo tipos. Niños, mujeres, gente amargada, personas felices, todos caben en la pluma de McEwan.

Así como Balzac, McEwan plasma en sus páginas a toda la sociedad de su, nuestra, época. En su novela Solar se burla del mundillo de los científicos; en Amor verdadero es cruelmente divertido sobre la noción del amor romántico, tan occidental y tan aburrida; en Sweet Tooth las carcajadas vienen de la tradición inglesa del mundo del espionaje y los cuentos de detectives a la Agatha Christie o a lo John le Carré.

Foto: wikimedia commons

No hay tema que se le escape a Ian McEwan. Prolífico, publica de manera continua y uno diría que lo que escribe proviene de sus fantasías sobre sí mismo. Me explico: es como Woody Allen, que en cada una de sus obras se pone a sí mismo en distintas formas dentro de su obra. En El jardín de cemento –es una novela temprana, más que satírica es trágica– McEwan es uno de los adolescentes que la protagonizan. En La ley del menor, el autor se disfraza de una abogada de asuntos familiares que pasa por un acre divorcio. En Nutshell es un feto que de todo se entera, sobre todo de los planes criminales de su madre.

Si quieren impresionar a alguien con un regalo que elogie su inteligencia y que los haga quedar a ustedes como unos tipos cultos, regalen libros de McEwan. Así fue como yo lo descubrí: quise apantallar a una amiga con Niños en el aire; compré dos ejemplares y me di cuenta de que había descubierto a un genio. El inglés es uno de los grandes autores vivos y es divertidísimo, tan divertido e iluminador como Balzac.

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