El fino arte de llenarse de polvo

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Por Concha Moreno (Fotos: Irma Gallo)

En cuarentena se nos ocurren las cosas más arcanas. En mi caso, esto es ponerme a ordenar mi biblioteca.

Verán, vivo con mis padres y ninguno de nosotros es un ejemplo del orden. En casa hay libros en todas partes: muchos acaban sirviendo en cama de siesta para los gatos. Es bello vivir en una casa con libros, pero también puede ser una monserga cuando ya no caben en los libreros. Mi sueño es una estantería de pared a pared en los dos pisos de mi casa. Creo que ni así cabrían los demasiados libros.

Pero yo iba a decirles que me puse a ordenar mis libros. Me llené de polvo. Es el fino arte de llenarse de polvo. Entre estornudos me encontré sorpresas: dos ejemplares de Música para camaleones de Truman Capote y un ejemplar de las memorias de la hija René Goscinny, el gran comediógrafo que, con Uderzo, inventó a Astérix y Obélix.

Libros en su bolsa. Todas las librerías: El Sótano, El Tomo Suelto, Gandhi, El Péndulo… bueno, hasta Sanborns. Me di cuenta con gusto que tengo la colección completa de Ian McEwan y casi todos los libros de Cornelia Funke (aunque no encuentro el tomo primero de la serie Reckless). Cuenta me di de la ausencia de autores en español: tengo que leer más a mis latinoamericanos. Y, extrañamente, la falta de mujeres: fuera de Virginia Woolf (la tengo completa), Sarah Waters, Simone Weil, Maya Angelou, Louise Erdrich, Elena Garro, J. K. Rowling y Ursula K. Le Guin no hay mujeres entre mis legajos. Debo corregirlo.

Bueno, ahí estaba ordenando libros y preguntándome cómo ordenar ese caos libresco. ¿Por tamaño? ¿Por algo tan menso como color? ¿Por autor? Y en ese caso: ¿en orden alfabético? Existe el método Dewey, ese que solo entienden los biblotecarios, pero que funciona rebién.

Decidí ponerlos por autor. Qué desastre. Cuando era niña y adolescente solía acomodarlos por la época en que los había leído y servía. Pero ya no puedo hacer eso porque mi memoria, arruinada por excesos de Coca light, ya no me da para tanto.

Juan Villoro dice que cada libro encuentra su lugar. Así, por ejemplo, Mi lucha de Hitler puede acabar junto al Diario de Anna Frank. Y ahí están, luchando por su supervivencia. Caprichos del descuido, ponemos libros en situaciones curiosas. El que acabamos de leer se acomoda junto a otro olvidado y que apenas notamos y que resulta ser un librazo. Me acaba de pasar: gracias a que escombraba los estantes me encontré de frente con The Once and Future King de T. H. White y estoy encantada con las aventuras del Rey Arturo.

Trato de ponerlo por autor y es una misión de detective. ¿Dónde habrá quedado Amor verdadero de McEwan? Después se me ocurrió irme por temas y eureka, se anima la fiesta. Bukowski y Fante van juntos. En el mismo estante van Edward Bunker y Maldoror: puro maldito. Amis, Rushdie, Hitchens, Barnes y el propio McEwan comparten casa. Primo Levi con Imre Kertesz y Foucault con Agamben.

Una porción de mi cerebro me dice que para qué tanto orden. Que cada libro te sorprenda. Sí, a veces esos es bonito, sin embargo los libros ahí puestos por montones de cualquier manera se maltratan y yo siento una gran pena cuando veo un librito lastimado.

Me llamo Concha. Nos vemos en el próximo baño de polvo.

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