¿Por qué empecé a leer?


Por Irma Gallo

Acá les cuento un poco lo mismo, pero en video

Siempre he sabido que soy muy afortunada. Nací en una familia amorosa, que ya es lo más importante para creer con una estructura emocional fuerte, pero además, mis padres son (y han sido siempre) amantes de los libros, la pintura, la música.

Mi hermana Valeria y yo crecimos entre pinceles y caballetes, entre libros de arte -Cezanne, Picasso, Diego Rivera- y literatura -Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa (antes de que fuera de derecha), Alejo Carpentier, Benedetti-, discos (LPs, en esos gloriosos 70 y 80) de Billie Holiday, Louis Armstrong, The Doors, Mercedes Sosa, The Beatles, Silvio y Pablo.

Mi mamá, Irma López de Lara, antes de que naciéramos mi hermana y yo.
Foto: Alejandro Aragón

No, no me puedo quejar. Fui una niña feliz.

Sin embargo, desde muy chica y hasta entrada la adolescencia, tuve un carácter de los mil demonios. Recuerdo esa sensación de rojo que me empezaba en el estómago y me subía a la cabeza, y antes de llegar a la mente, al intelecto, al “cuenta hasta 100”, me hacía reaccionar de la peor manera. Me peleaba con Vale, que en esa época -como buena hermana menor- me seguía para todos lados; hacía enojar a mi mamá porque no le obedecía y le respondía de la peor manera, y veía cómo mi papá también perdía la paciencia conmigo, sin que nada pudiera controlarme.

Hasta que un día mi papá me dio un consejo: “Cuando estés tan enojada, agarra un libro y enciérrate en el estudio o en tu cuarto. Empieza a leer, y luego me cuentas”.

No recuerdo cómo sucedió ni en cuánto tiempo, pero ese consejo me cambió la vida.

Desde hace algunos años la lectura me acompaña, me consuela. Es mi cobijo, mi contención, mi catarsis, mi bosque y mi playa. Mi tortura y mi cena de Nochebuena. El hombre que hoy deseo y aquel que me lastimó y al que lastimé. Todos los viajes que he hecho, en la vida real y en los sueños.

Mi cara de felicidad con mi segundo libro, #YoNomásDigo (B de Block, 2015)

Leer es lo que le ha dado razón de ser a mi existencia. Gracias a las novelas, los cuentos, los ensayos, las crónicas periodísticas y uno que otro poema (no tantos como hubiera querido, lo confieso), soy esta mujer que hoy escribe esto.

Ha aprendido, también, que a nadie se le puede obligar a leer. Que la lectura es un acto tan íntimo que no puede ser impuesto desde afuera. Es como si te pidieran que te enamoraras de alguien que te resulta extraño, lejano.

A todos los libros que me han acompañado, por todo lo que me han dado, sólo puedo decirles: Gracias.

Y sí. Ya me puse cursi. Pero no voy a pedir perdón.

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