Tatiana Tibuleac y la muerte de la madre


Texto y fotos: Irma Gallo

Dicen que cuando mueren los padres una se queda como sin asidera en este mundo, como un árbol al que arrancaran violentamente de su raíz, como un pájaro que, al caer de una rama, se hubiera roto las alas.
Todavía recuerdo el día en que murió mi abuelita Luci, mamá de mi mamá. Ella vivía en Querétaro; nosotros en la Ciudad de México. Recuerdo a mi mamá contestando el teléfono y lanzando un grito pequeño, que quiso ser contenido, y por lo mismo, salió como un sonido ajeno a su cuerpo, el cuerpo roto que lo estaba expulsando.

Mi mamá no llora con facilidad. Ese día la vi vaciarse.

Afortunadamente yo no he experimentado la pérdida de ninguno de mis padres. Ni quiero que suceda, aunque sé que es inevitable. Esto que siento es, lo que, supongo, nos pasa a la mayoría de las personas, aunque debe de haber sus excepciones, por supuesto.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac (Impedimenta, 2019) comienza con un adolescente, Aleksy, que pertenece a este último grupo de personas: todos los días desea que muera su madre. Incluso ese fin de curso, cuando ella lo recoge en la escuela para irse a un pequeño pueblo de Francia, en donde deberán pasar juntos el verano, Aleksy, cuando la mira desde la ventana del salón de clases, la encuentra despreciable (gorda, con papada, con un peinado que parece una “coleta de pescado”) y la hace esperar todo lo que se le da la gana.

En defensa de Aleksy habría que decir que su mamá no ha sido precisamente una madre de cuento, o quizá sí, pero de uno de terror: cuando murió Mika, la hermana menor del entonces pequeño niño, la mujer se encerró tanto en su depresión que rechazó todo intento de acercamiento por parte de su hijo, “pateándolo como a un perro”, según recuerda Aleksy.

Quizá por esto, el joven padece brotes psicóticos que controla gracias a un tratamiento psiquiátrico. Pero el día en que no toma sus pastillas es siempre un día malo. Un día en que todo se vuelve rojo y contar hasta cien quizá no sirva de nada.

Sin embargo, este verano será distinto en todas las maneras posibles. Para que Aleksy accediera a pasarlo con su madre en un pueblo aislado, en lugar de ir de juerga a Amsterdam con dos amigos, ella tuvo que, prácticamente, “comprarlo” con la promesa de regalarle un auto. 

Y lo hizo porque sabe que este será su último verano.

Aleksy se entera, entonces, por su propia boca, que su madre tiene cáncer y que le quedan dos meses de vida. En un intento por lograr un acercamiento tardío con su hijo, quiere pasarlos con él. 

Así empieza una travesía que va más allá de un desplazamiento físico, mientras la madre se deteriora y Aleksy aprende a amarla como quizá sólo ha amado a Mika, su pequeña hermana, a lo largo de su breve existencia.

Mientras el cuerpo de la madre se transforma, se encoje, se convierte en una especie de molusco con el cabello como una flor de diente de león, según las propias descripciones de Aleksy, sus ojos verdes comienzan a ocupar la mayor parte de su rostro. Es como si adquirieran, paulatinamente, el papel protagónico en la trama de una novela cuyo título, por supuesto, los incluye.

Y no sólo el título. Hay capítulos de la novela que son solo esto: una línea (y no es necesario más):

Los ojos de mi madre eran historias no contadas

Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos

Los ojos de mi madre eran las ventanas de un submarino de esmeralda

Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano

La transformación de Aleksy corre parejas con la desintegración física de su madre. Pero la posibilidad de redención está todavía lejos, porque en esta historia quizá no haya lugar para los finales felices. 

Lo hay, sí, para la belleza incómoda de la enfermedad que destruye un cuerpo; para un paisaje que de pronto se torna agreste porque, entre otras cosas, no deja de llover; para un episodio (o varios) de locura; para un amor de adolescencia que se convertirá en una tragedia.

El caso es que Tatiana Tibuleac (Moldavia, 1978), periodista audiovisual -autora de un libro de cuentos (Fábulas modernas) y de otra novela (Jardín de vidrio), que ignoro si ya están publicadas en español-, escribió una novela profunda, sin concesiones, pero igualmente conmovedora, sobre uno de los miedos más infantiles que tenemos los seres humanos: perder a nuestra madre. Que un día, simplemente, el viento nos pueda desprender sin esfuerzo de la tierra porque ya no haya nada que nos sostenga ahí.

Es muy probable que así haya sentido mi mamá cuando recibió esa llamada.

Y estoy completamente segura que lo mismo me sucederá el día que ella ya no esté.

Pero hoy no quiero pensar en eso.

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