Gertrude Stein: tremenda desvergonzada


Por Concha Moreno. Foto de portada: Gertrude Stein. Hulton Archive/Getty Images

Esta es la regla: las mejores memorias siempre vienen de la pluma de los más desvergonzados. Flying solo, de Roal Dahl, es un recuento sin autocompasión de la Segunda Guerra Mundial. Dahl, famoso autor de libros para niños, de joven fue piloto de la Royal Air Force y sobrevivió a un accidente gravísimo. ¿Cómo lo recuerda él? Como la oportunidad de que sexys enfermeras le dieran baños de esponja.

Otro gran memorista fue el lépero de Gonzalo N. Santos. Su vida de salto de mata durante la Revolución mexicana y después a salto de mato como político del PRI da para varias películas que explicarían la tragedia persistente de nuestro país. De cualquier forma, el personaje es adorable. Un criminal muy simpático.

Y así de divertido es el recuento de Gertrude Stein sobre sus ires y venires como la Gran Madre de la vanguardia intelectual en el París de las entreguerras. Sin Stein no tendríamos a grandes autores de la llamada Generación Perdida, en especial a John Dos Passos y Francis S. Fitzgerald, asiduos asistentes al convite de la matrona. Si ven una foto de Stein verán por qué le llamo matrona: parece la jefa de un burdel, o una especie de carcelaria de mujeres, corpulenta, cabello recogido o de plano corto, severa. Es una de las razones por las que su autobiografía es fascinante.

Y es que uno pensaría que alguien con ese look no sería tan sensual. Gertrude Stein tuvo una vida romántica, amén de la intelectual, plena. Se enamoró de muchas mujeres aunque ella misma no se explicaba su sexualidad, si bien fue una de las primeras escritoras en usar la palabra “gay” en sus textos para referirse a sí misma.

Su pareja durante casi toda la vida fue Alice B. Toklas, famosa por su receta de brownies especiados con mariguana. Gertrude y Alice se amaron de a pecho, se peleaban, pero nunca se abandonaban. Y Toklas le sirvió de voz a Stein para sus memorias (así de mimetizadas estaban las dos). Me explico: Stein, en vez de hablar desde su primera persona, lo hizo desde la de Alice. El título es un chiste que se cuenta solo: La autobiografía de Alice B. Toklas, publicadas en 1933 y que se mantienen como un gran best-seller que sigue siendo muy leído sobre todo por adolescentes (o postadolescentes) con ideas románticas de ese París.

Por las páginas pasan Pablo Picasso, Sherwood Anderson, Ezra Pound, Henri Matisse y otros mitos. En el salón de la casa Stein-Toklas se gestaron movimientos políticos, eróticos y artísticos. Y también hubo muchas borracheras, por supuesto, y negocios no del todo sanos. Usar a Alice como, digamos, interpósita persona hace que Stein narre todo con sorpresa y se divierta como nadie, puesto que todos a su alrededor son unos pretenciosos. Con explosiva agudeza, Gertrude-como-Alice hace cirugía de las personas que las visitan, en especial a los no pocos que van a pedir dinero prestado o nada más a echar el trago sin que aporten otra cosa que buena conversación.

Stein no conoce la vergüenza. Sus memorias –y las de Alice– son geniales no sólo por su corte y estilo, muy a la cabeza del movimiento modernista, sino porque son dignas de una picaresca del Siglo de Oro: ambas salieron libradas de decenas de lances. Sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial con su dignidad de mujeres lesbianas, izquierdistas y judías intacta. Lo que sufrió fue su cartera y por eso tuvieron que vender buena parte de su colección de arte.

Stein murió en 1946. Vivió una vida primorosa. Y si no lo fue, al menos dejó como testimonio Las memorias de Alice B. Toklas. Se van a reír si lo leen. ¿No nos hace falta eso?

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