El declive de los cerezos


Por Irma Gallo

Estos días de estar en casa (no me gusta llamarlo “encierro” pues para mí ha sido lo de lo más placentero, y el término sugiere castigo), como muchas mujeres, he trabajado lo doble o triple porque además del Home Office le he entrado sin remedio a las tareas del hogar. Además, me las he arreglado para hacer ejercicio y lo mejor de lo mejor, para leer con pasión y sin descanso. Creo que llevo fácil 10 libros leídos desde que no tengo que manejar una hora y cuarto de ida y otro tanto de vuelta para ir al trabajo.

Y para mi buena suerte, hace unos días, editorial Sexto Piso anunció grandes descuentos y promociones en su tienda en línea. De inmediato me volqué a ver la oferta y me hice de cuatro novelas: Tinieblas de un verano, de Takeshi Kaikó; Ojos negros, de Fredéric Boyer (ambos títulos traducidos y publicados por Sexto Piso); Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (traducido y publicado por editorial española Minúscula y distribuido por Sexto piso) y Mi madre, de Yasushi Inoue, también publicado y traducido por Sexto Piso.

Con este suculento buffet en la mesa, fue difícil elegir con qué manjar comenzar. Francamente tuve que decidirme por el método tradicional de la infancia: un de tin marín de do pingué… Y el elegido fue Mi madre, de Yasushi Inoue, de quien nunca había oído hablar. Y tampoco me importaba, francamente. Así que lo empecé a leer sin ningún prejuicio (ni a favor ni en contra) y me encontré con un pequeño tesoro. Y ahora que lo escribo, creo que la palabra adecuada es breve, no pequeño.

Breve porque es un libro de apenas 158 páginas, que no necesita ni una más. Publicado por primera vez en su idioma original en 1975, es un texto a caballo entre el ensayo, el testimonio y la novela autobiográfica. Mi madre es el relato sensible, pleno de amor (nunca de cursilería) del declive físico y mental de la madre del autor-protagonista.

Yosushi Inoue (1907-1991). Foto: Marc Gantier/Gamma-Rapho via Getty

Dividido en tres partes: Bajo los cerezos en flor, Claro de Luna y el Rostro de la nieve, el libro narra el grado de demencia senil de la patriarca de la familia –a quien todos, incluidos sus hijos, llaman “la abuela”– conforme va envejeciendo: de los 80 años de edad, cuando enviuda, a los 89, cuando muere.

Ustedes dirán, y con razón, que el tema no es nuevo, ni en el cine ni en la literatura, pero la diferencia está en cómo lo trata Inoue. Ya mencioné que el libro es una suerte de testimonio, ensayo sobre la vejez y autobiografía, pero ahora me gustaría hablar de la infinita ternura con la que el autor pone en palabras el declive de su madre. Por ejemplo cuando narra de cómo él, su esposa, sus hijos y hermanos, trataban de encontrar un significado para el deambular nocturno de su madre, aparentemente sin rumbo ni motivo:

“Aquello que empuja a una madre a buscar a su hijo o a un niño a reclamar a su madre es una fuerza innata, que seguía viva en el cuerpo y el espíritu envejecidos de mi madre”.

Una parte de la familia piensa que la “abuela” ha empezado a deambular por las noches porque sufre una regresión a su juventud, y busca desesperadamente a su hijo (Yasushi, el protagonista-autor), que entonces es un bebé y duerme junto a ella. Pero hay otros miembros del clan familiar que creen que, por el contrario, la regresión en la mente de la “abuela” es tan grande que se ha convertido en una niña pequeña que busca a su madre.

Entre esta dualidad madre-hija, mujer adulta-niña consentida, la mente de la abuela va borrando décadas de su vida: primero deja de hablar de su esposo, el padre del protagonista que murió cinco años antes del lapso que narra el libro, quizá porque, como dice un personaje: “siempre fue muy rígido con ella y a pesar de eso, ella siempre lo cuidó”, y poco después empieza a desaparecer de sus recuerdos toda su década de los setenta años, luego de los sesenta, de los cincuenta, de los cuarenta… y así sucesivamente, hasta que se queda, según Inoue, en “algún punto entre los 20 y los cinco o seis años de edad. Conforme la “abuela” envejece es más difícil cuidarla. Una vez muerto el patriarca, los hijos deciden que se vaya un tiempo a casa de la hija menor, soltera, independiente económicamente, Kuwako. Pero algunos años después, la hija ya no puede más. Está agotada física, mental y desde el punto de vista emocional, de cuidar a la anciana voluntariosa, cuya demencia la vuelve incluso grosera.

Entonces la hermana mayor Shigako se ofrece a hacerse cargo de su madre, pero el deterioro físico y mental provocan, una vez más, el cansancio, la frustración y la pérdida de la paciencia de esta otra hija.

“En sus arrebatos de furia, la anciana senil desaparecía y cedía su lugar a otra persona: el rostro envejecido de la niña de la familia, malcriada y consentida desde que era pequeña”.

Como sucede con la mayoría de los ancianos que son lo suficientemente afortunados de tener una familia que los quiera, se preocupe por ellos y los procure, los últimos años de su vida la “abuela” irá de la casa de un hijo a otra, siempre bien cuidada aunque no siempre feliz, pues como dicen en repetidas ocasiones los personajes que la rodean: un adulto mayor se vuelve como un niño: dependiente y caprichoso, y no siempre se puede hacer su voluntad, pues todos los hijos (dos hombres y dos mujeres) ya tienen su vida arreglada, con sus compromisos, obligaciones, cansancios, desgastes y egoísmos.

Mi madre nos confronta con la posibilidad de nuestra propia decadencia. Esa, que está ahí en un lugar del futuro esperándonos para hincarnos el diente, quizá con un poco más de benevolencia que a la abuela del libro, pero tal vez con igual o mayor crueldad. Como dice Shigako, la hija mayor: ¡Qué terrible envejecer y convertirte en una carga para los demás! (Me permito parafrasear porque no recuerdo la frase exacta).

Yasushi Inoue hace un homenaje poético pero descarnado –con la crudeza de quien recuerda también los momentos dolorosos, ásperos y desagradables– a la mujer que lo tuvo antes de cumplir los 22 años. Es un libro hermoso, con esa bella sencillez de los cerezos en flor, los que adornaban el jardín de la infancia de su madre, y esos que tanto anhelaba volver a ver, aunque fuera una sola vez más.

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