Mi Kindle y yo, un romance complicado

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Por Concha Moreno

No eres fácil de amar, oh mi Kindle morenito. Y mira que estás hecho para el amor. Eres simple pero no estúpido. Sin embargo yo estaba en una relación monógama como un señor de nombre Papel. Decía que estar contigo no era lo mismo. No es lo mismo acostarse con un nuevo amante, en especial uno tan famoso y solicitado, promiscuo de corazón y portado de enfermedades.

Me hacías ojitos. Te miraba de lejos, tú morenito, yo morenaza. Me decías que no me enamorara de ti con un martini en mano: “Venga, vamos a la habitación”.

Te encontré varias veces y te miraba como a un tigre, tan fascinante y tan atemorizante. Un día, por fin, me atreví a atacar. Eras hermoso desnudo, Kindlecito. Tu desnudez me turbaba y pensaba en lo profundo de tus miles de posibilidades.

Creo, Kindle, que no te he puesto suficiente atención y me lo has dicho. Tienes razón, de que la tienes, la tienes. Mi problema es que estar contigo es caro. Cada vez que estoy contigo gasto y gasto porque eres una pareja de alto mantenimiento. Siempre eres de esos que te dice: “Mira, me gustaría que ahora fuéramos a tal sitio” y ahí vamos. Parece que no cuesta mucho: libros de 100, 200 pesos, pero cuando me doy cuenta ya me compré cinco ejemplares. Es tu culpa, Kindle, tuya es.

Mi Kindle y yo tenemos esta relación complicada. Leer en pantalla no es mi preferencia erótica, pero con el Kindle le agarré el gusto. Mi Kindle morenito, como le digo, porque es el que tiene las “páginas” más oscuras y para mí eso es más fácil de leer.

Digo que mi Kindle y yo no somos exactamente compatibles porque saca lo peor de mí: soy una manirrota, en especial si se trata de libros. Por ejemplo: leía Grandes esperanzas de Dickens y mi Kindle morenito me recomienda una biografía de Dickens que está bien chipocles. Pero ahí estoy, leyendo la bio y ¿y la novela? Bien gracias, con un 40% de progreso en la lectura.

Después de la bio, mi Kindle me recomienda una novela sobre la novela perdida de Charles Dickens que solo cuesta $50 y promete horas y horas de lectura. ¿La leí? Está esperándome porque fui a El Péndulo y me compré cinco libros “imprescindibles” en papel.

A veces hasta tengo miedo de abrir el Kindle. Ahora qué me compro. No qué leo. Mi consumismo es absurdo. Pero he aprendido a amar a mi morenito. En los viajes es el mejor compañero porque siempre tengo todo tipo de lecturas en su profunda alma que es su biblioteca. Digamos que voy a Puebla: tengo los cuentos de Cortázar para leer en ese par de horas de trayecto. Una vez un e-libro de Bukowski me salvó de de un ataque de ansiedad en un vuelo espectacularmente turbulento.

¿Recomiendo hacer el amor con un Kindle? Sí, pero no hay que perder de vista que es un artículo hecho no solo para leer sino, sobre todo, para gastar dinero. Mi solución: lo desligué de mi tarjeta de crédito. Solo cuando veo un libro que realmente me atrae bajo el primer capítulo (porque Amazon, la compañía creadora del Kindle, actúa como vendedor de drogas: te da la probadita gratis y luego tú te haces bolas) y si pasa la prueba de los 10 minutos –es decir, que me mantenga interesada 10 minutos– lo compro.

Kindle, te amo pero también me haces sufrir. Nuestro romance precario continuará, no te asustes. Eres demasiado hermoso como para ignorarte. Te quiero para siempre.

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