Chancho, o de cómo descubrí una nueva dimensión del amor


Por Irma Gallo (Fotos de los escritores con sus perros: Jill Krementz)

De niñas y adolescentes, mi hermana Valeria y yo tuvimos un conejo, una rana, un loro, un canario y un gato. Cuando me independicé (bastante grandecita, por cierto), me hice de una gatita de carácter voluble a la que llamé Renata.

Desde que mi hija tuvo uso de razón empezó a pedir un perro. Su padre estaba de acuerdo, pero dado que vivíamos en departamento, no me pareció buena idea: además del evidente problema de espacio, nunca he sido precisamente fan de hacer la limpieza pero sí detesto la mugre y la suciedad. Pensé que quien iba a terminar recogiendo popós, bañándolo y sacándolo a pasear iba a ser yo (lo que al final sucedió, pero a estas alturas ya no me importa porque lo hago con todo el amor).

Total que hasta que el susodicho padre de Camila no se fue, no me decidí a tener un perrito en casa. Pero había una condición indispensable: debía ser adoptado, jamás comprado.

Así que, pensando en eso y en que seguíamos (y seguiremos, supongo) viviendo en departamento, y debía ser un perro de raza pequeña, una amiga me ayudó a iniciar la búsqueda en Twitter. Pronto encontramos el tuit de una chica que adjuntaba un flyer con dos fotos de un perrito negro con algunos detalles en color miel y blanco, mucho pelo alborotado y los ojos más tiernos que hubiera visto en mi vida. A las fotos las acompañaba una leyenda que decía: “Soy Chancho, peludito y juguetón”. De inmediato Cami y yo supimos que ése, y ningún otro, debía ser nuestro perrito.

Chancho unos días después de llegar a casa

Después de firmar no sé cuántos compromisos de baño, paseo, alimento, etc., Cami me suplicó que ya fuéramos por él. La familia que lo había recogido vivía hasta Santa Fé, así que aproveché un día que tuve que cubrir algo por allá para llevarme a mi Cami y recoger, por fin a Chancho.

Era el 31 de enero de 2014. La primera vez que lo vimos estaba dentro de una bolsa de mandado. Ahí lo llevaba la chica que lo recogió de la calle (a él y a sus hermanos) y ya no lo podía tener en su casa porque ya había adoptado otros perritos. Chancho tenía tres meses de edad y se veía más o menos así:

Si ese 31 de enero Chancho tenía tres meses, determinamos que su fecha de nacimiento habría sido el 31 de octubre de 2013. Así que este año cumple 7 años de edad, de los cuales ha pasado la mayor parte con nosotros, enseñándonos un tipo de amor que nunca pensé que podía sentir.

En estos casi siete años hemos vivido muchas cosas juntos: paseos, vacunas, tardes de ver películas juntos en el futón, comidas familiares…

Los animales nos recuerdan esa pertenencia al mismo reino; esa base instintiva sobre la cual se desarrolla la inteligencia, la cultura, el conocimiento, la empatía; ese estar hechos de sangre, huesos, músculos; esa necesidad de armonía con la naturaleza a la que a menudo ignoramos y si somos unos inconscientes, estúpidos y malas personas hasta maltratamos.

Hay muchas imágenes de grandes escritores con sus mascotas. ¿Quién puede olvidar al Cronopio mayor, Julio Cortázar, con su amada gatita Franelle? ¿A Charles Bukowski, quien publicó, además, un libro dedicado a los gatos? ¿O a nuestro Carlos Monsiváis con los muchos felinos que lo acompañaron en su departamento de la colonia Portales?

(Xinhua). Imagen de archivo del año 1967 del escritor Julio Cortázar con su gata Franelle, en París, cedida por el Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina.

Hace poco leía también acerca de Jill Krementz, una fotógrafa que se ha dedicado a fotografiar a escritores con sus perros. (Si quieren leer el artículo original, acá está el link: https://www.estandarte.com/noticias/autores/galera-de-fotografas-de-escritores-y-perros-jill-krementz_1425.html ) Por su lente han pasado Stephen King, Kurt Vonnegut y Donna Tartt, entre otros.

Donna Tartt con Pug. Foto: Jill Krementz

Estas grandes mentes han encontrado más que sólo una compañía en los animales. Su singular inteligencia (la de cada uno de ellos, por supuesto), los llevó a comprender que el lenguaje del amor de estos seres sin palabras está más allá de nuestro conocimiento científico, es decir, de todo aquello que se puede aprender en la escuela y en los libros, porque pertenece a una dimensión que está mucho más cercana a la de los sueños, a la de la poesía que todavía no se escribe.

Escribo este texto mientras llueve. Chancho, como le pasa últimamente (sobre todo cuando hay truenos) está asustado. Lo sé no porque tiemble, sino porque no se me despega: ahora mismo está echado a un lado de la mesa del comedor, que es donde escribo, en piyama, desde que terminé de desayunar, hace unas tres horas. Lo sé porque cada que me paro al baño o a la cocina va detrás de mí (cuando cierro la puerta del baño se queda afuera, muy respetuoso, esperándome).

Stephen King y Marlowe. Foto: Jill Krementz

También cuando leo Chancho me acompaña; si Cami se pone a dibujar se echa a un lado de su escritorio. En las noches se sube a mi cama y con su patita hace a un lado las cobijas y las sábanas para meterse y acostarse junto a mí.

Casi siete años con él, y ahora no me imagino la vida sin su presencia casi siempre silenciosa (excepto cuando quiere que le demos algo de lo que estamos comiendo o cuando escucha que mi papá va subiendo las escaleras del edificio o cuando un desconocido toca a la puerta).

Tengo una deuda enorme con la chica que lo recogió, lo tuvo en su casa los primeros meses de su vida y le dio ese nombre tan chistoso y tan suyo (que nunca quisimos cambiarle). No recuerdo cómo se llamaba esa chica ni su cuenta de Twitter, pero si anda por ahí sólo quisiera decirle gracias, una vez más, porque me cambió la vida.

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