El deseo, una boca anhelante


Breves disertaciones sobre Solo sentir, de Nadia Contreras

Por Irma Gallo

El sexo generalmente es una batalla entre dos (o tres, o quizá más) cuerpos, y la escritura es un acto solitario: escuchar voces que a veces no es posible acallar si no es a través de la escritura (como le sucedía a la autora estadounidense Shirley Jackson), o dejar hablar a las brujas, los demonios y los ángeles que pelean por hacerse escuchar. Escribir sus historias. O inventar otras a partir de las de nuestros antepasados. O también, deshacerse una misma, voltearse el pellejo, dejarse al descubierto, vulnerable y anhelante: llenar páginas y páginas para tratar de ganarle la partida al olvido y a la muerte.

En el acto sexual los amantes se agarran a dentelladas, excavan, se destruyen un poco. Luego vuelven a nacer. Sí, como el Ave Fénix, de las cenizas. Fragmentos de uno han quedado para siempre en el otro, aunque nunca se vuelvan a ver: son dos planetas que colisionaron y el universo se empeñará en que el hilo rojo de la tradición oriental no se rompa nunca.

Sobre la escritura y el sexo, Nadia Contreras (Colima, 1976) va tejiendo palabras. A estos relatos breves y disertaciones los acompañan las ilustraciones de Elena Guerrero (1984). Estoy hablando del libro Solo sentir (Paraíso Perdido, 2017), en el que el lector es ese voyeur que asiste, deslumbrado, a la sinfonía de roces, penetraciones, humedades, exhibiciones, observaciones ocultas, pellizcos y lengüetazos, del universo que se crea cuando dos se entregan al puro y llano deleite de la carne.

Hay poemas en prosa y relatos breves de cuando los cuerpos de dos mujeres se descubren en el goce infinito, de hombres y mujeres que conciben el placer a partir del dolor, de la observación lejana uno de la otra, de la complicidad y el juego.

Pero, como dije, hay también en este libro textos sobre la escritura, sobre la locura que es escribir. Y la extrañeza de saltar al vacío cada vez que se escribe (sí, como cada vez que se hace el sexo).

También hay la narración de una historia de la infancia que comienza con una máquina de escribir Olivetti que al pasar de los años es reemplazada por una computadora. El regalo del padre que se convierte en la brújula de vida. El descubrimiento de Pizarnik, Duras, Woolf y Plath.

El deseo, en Solo sentir, de Nadia Contreras y Elena Guerrero, es una boca anhelante. Bebamos de ella.

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