La generación dorada: fuego en casa


Por Concha Moreno

Los boomers (la generación que nació en la posguerra) son culpables de muchas cosas, pero también son dueños de grandes momentos de la historia. Si no fuera por ellos, el hombre nunca habría llegado a la luna ni, desde luego, hubiéramos nacido los simpáticos millennials. Acabáramos: sin los boomers no habría Internet.

No son la generación más popular, los boomers, pues se dedicaron a dilapidar la riqueza del planeta y nos dejaron con un sistema de pensiones precario.

Pero hay algo que hicieron bien: la literatura. Los grandes libros del siglo XX son obra de la generación de entreguerras y la posguerra. 

Alguna vez Javier Cercas dijo que las grandes novelas bélicas las escriben los nietos de los soldados. En el caso de la generación de la Segunda Guerra Mundial no fue así: Los desnudos y los muertos, escrita por Norman Mailer, es una de las novelas definitivas de ese conflicto; Mailer peleó esa guerra.

Los boomers no escribieron (o casi no) de la guerra. Su conflicto fue la abundancia. De pronto todo Occidente tenía demasiadas cosas –las demasiadas cosas– y nadie era feliz.

En el Reino Unido el asunto era de lo más peliagudo: al mismo tiempo que la clase media medraba, la clase obrera sufría de huelgas. A la sombra de Estados Unidos, la isla británica tenía que crecer a golpes. Ya no eran el imperio sobre el que no se ponía el sol. Su larga historia no la había preparado para lidiar con sus boomers de largas caballeras y música estruendosa.

En la década de los 40 nació la que podría ser una de las generaciones más espectaculares que han dado las letras de cualquier país. Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Martin Amis, Ian McEwan, Salman Rushdie, Christopher Hitchens. Machos todos, algunos más intelectuales que otros, todos escribiendo al mismo tiempo en diferentes puntos de Britannia.

CANADA – OCTOBER 01: Author – Kazuo Ishiguro (Photo by Rick Eglinton/Toronto Star via Getty Images)

Cada uno tiene novelas mejor que la anterior. Si a mí me preguntan, el mejor es Ian McEwan, que va de la comedia más desternillante hasta la historia más triste. Su mejor novela es Sábado. O no: Ámsterdam. Mejor todavía: Expiación. McEwan publica como un loco y es difícil seguirle el paso. Todas sus novelas son de buenas a excelentes.

Hay quien se decantará por Amis y sus novelas más sexuales, violentas y al mismo tiempo intelectuales. Amis es un hombre de acción y tuvo éxito desde muy joven con sus primeras novelas; y lo tuvo a la sombra de su padre, el respetado Kingsley Amis.

Martin Amis en el Hay Festival. © Irma Gallo

Amis es un gran lector de los clásicos ingleses y eso se nota en su prosa que pasa por Austen y Dickens, sin mencionar a Chaucer. 

Mención aparte merece Christopher Hitchens. Aunque no fue un literato como sus adláteres generacionales, fue el gran polemista del siglo XX. Sus ensayos no tienen desperdicio. No importa si no se está de acuerdo con él, sus argumentos son tan logrados que uno quisiera estar de su lado. Hitch era un poder intelectual que lo mismo se metía con las mujeres comediantes que con la madre Teresa.

Pero si a intelectuales nos vamos, la palma se la lleva Julian Barnes, definitivamente el más cerebral del lote. Leí con gozo sin fin hace unos días El loro de Flaubert y es el sueño húmedo de un intelectual; una sátira libresca de un académico obsesionado con Gustave Flaubert y el extraño loro que le sirvió de inspiración. No importa si se ha leído a Flaubert, de cualquier forma la novela de Barnes es divertidísima. Otro libro que arranca carcajadas: El perfeccionista en la cocina, una suerte de memorias de cómo echar a perder un gran banquete.

La generación dorada de las letras inglesas no creció junta pero era inevitable que en algún momento se juntara. Barnes y Amis en particular se hicieron amigos entrañables desde cachorros de literatos. Como suele suceder con las amistades que llegan a vértice de gran intimidad, el punto de quiebre estaba cerca y sería épico. Y ese punto de quiebre fue el dinero.

Cuenta la historia que Amis, quien alcanzó el éxito muy joven, era representado por Pat Kavanagh, la esposa de Barnes. Amis, en un acto de hubris, el dio un ultimátum a Kavanagh: o le conseguía un adelanto de un millón de dólares o abur. La agente le respondió lo lógico: estás loco. Era una suma inaudita, pues. 

Amis no se estuvo quietecito en su lugar. Se fue a buscar a Andrew Wylie, el famoso “Chacal”, un agente sin consideraciones ni escrúpulos que le prometió el mundo a Amis. Y se lo dio.

La amistad entre los Barnes y Amis se rompió para siempre. Causó un cisma generacional irreparable. Ahora los escritores de la generación dorada son algo así como fuegos que suceden por toda la casa. En medio, un personaje que toma su té y dice “Esto está bien”.

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