Rodolfo Walsh, o del español como acto de justicia


Por Concha Moreno

¡Qué terribles son las 5 de la tarde!, lloraba Lorca. Qué terrible fue el 9 de junio de 1956.

“Un fusilado vive”, le dijeron a Rodolfo Walsh un día en la tarde mortecina de un bar donde se jugaba al ajedrez más (mucho más) de lo que se hablaba de política. Rodolfo Walsh era un periodista joven, más dedicado a los temas culturales y a escribir novela policiaca que a cavilar sobre la Revolución de Argentina –así, con mayúsculas–, cuando alguien le habló al oído para afirmarle, pues, que uno de los fusilados en la noche del 9 de junio de 1956 en un potrero de un barrio pobre, había sobrevivido.

Walsh conoce a ese sobreviviente. Los hoyos donde entraron las balas “me insultan”, escribe el periodista. Madre mía, qué español el de Walsh: exquisito y preciso. Un verdadero acto de justicia para hablar de un crimen de Estado del que nadie quería enterarse.

Se dice que Truman Capote con A sangre fría inventó la “no-ficción” o el periodismo narrativo; ese periodismo que utiliza las armas de la literatura, de la ficción, para desvelar la verdad de los hechos. Walsh publicó Operación masacre, el libro en el que Walsh narra aquello de los fusilados que enseguida les cuento, le gana por casi diez años al libro de Capote. ¿Afirmo que el periodismo narrativo nació en Latinoamérica? Lo afirmo.

Era la noche del 5 de junio de 1956. Argentina, bajo la sombra de una nueva dictadura. La vida de la gente sigue: suben al colectivo, van al bar a tomar un fernet, chismean con la vecina. En la noche se rompen las caras dos boxeadores de peso medio por el campeonato sudamericano; la van a transmitir por radio. En un departamento de la zona baja de Buenos Aires un grupo de hombres de diversas edades, orígenes y oficios se reúnen en una actividad de lo más viril: comentar la pelea.

Como dice Leila Guerriero en la introducción de Operación Masacre (tampoco hay que perderse la introducción al volumen que hace Ricardo Piglia para la edición estadounidense), la fatalidad se cernió sobre ellos. En la noche había un alzamiento peronista en contra del gobierno en turno. ¿Participaban esos hombres en el alzamiento? Dejaré que Walsh sea el que se los cuente, solo les adelanto que la policía cree que sí y se los lleva a un baldío y los fusila.

Walsh, madre mía, usa todas las armas del español para hacerles justicia a esos hombres. Persigue la historia desde los márgenes, viaja, se pone en forma, se cambia de nombre, usa un arma: se convierte en un Batman del periodismo. Lo acompaña a todas partes Enriqueta Muñiz –a quien dedica el libro–, una joven reportera que subsana la fallas de oficio que llega a tener Walsh, el escritor de novelas.

Cuando tiene la historia lista, Walsh es rechazado redacción tras redacción: ningún periódico quiere esa papa caliente de publicar el crimen de Estado. Por fin Walsh consigue que una hojita sindical se anime (el editor, dice Walsh, no es ningún superhéroe, “es solo un hombre que se anima, que es más que ser un héroe”) a publicar la historia por entregar. 10 mil folios se agotan de cada entrega. Al autor lo persiguen las autoridades. Los artículos salen publicados con iniciales, no con el nombre de Rodolfo Walsh ni el de Enriqueta Muñiz. Eso hizo que sobrevivieran a las pesquisas.

Qué terribles son las 5 de la tarde. Qué terribles fueron las 5 de la tarde del 25 de marzo de 1977, cuando otro crimen de Estado se perpetra en la Argentina. Walsh recorre Buenos Aires entregando su artículo “Carta abierta a la Junta Militar” cuando es emboscado, acribillado y asesinado como un perro a mitad de la calle.

Walsh deja la herencia del periodismo narrativo. Y una casa, una historia, y una serie de dolores y decisiones, dice Leila Guerriero. No sabemos si pudiera regresarse el tiempo si volvería a tomarlas. Él era solo un hombre que se animó a perseguir la verdad. Y eso es más que ser un héroe.

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