Me acordé de Antonia


Por Concha Moreno. Foto de portada: Mwesigwa Joel en Unsplash

Esto debí haberlo escrito el 15 de mayo pasado, pero todos estábamos tan metidos en asuntos pandiemiosos y otros pandemonios que nomás no se me ocurrió.

Es que me acordé de Antonia. No sé por qué. Hace unos días soñé con gente rara: personas de la secundaria a los que no he vuelto a ver (ni pienso a hacerlo) en más de 25 años. En el centro del ensamble estaba Antonia, mi maestra de literatura de aquel tiempo. Yo le preguntaba: “Tony, ¿en que momento se fue todo al carajo?”. Y llorábamos, yo más que ella.

Antonia, me acuerdo de ella. Le decíamos miss Tony. Era gordita; yo, mala onda, le decía la Tonylada. Nos conocimos el primer día de clases de la secundaria. Teníamos 11, 12 años y éramos unos bestias. Tony era la maestra de español y su labor era quitarnos lo agreste y convertirnos, nos dijeron las monjas del colegio, en muchachos “cristianos e instruidos que se expresaran con propiedad”.

Ja. Tony agarró el gis y nos preguntó si nos gustaba leer. Sólo alcé la mano. Me preguntó si había leído Las batallas en el desierto. No. “¿No? ¿La de la canción de Café Tacuba?”, dijo ella con intención. Nos agarró perplejos: en aquella época a todos los adolescentes nos gustaban los tacubos. Y anotó la letra en el pizarrón. Cantamos con ella a coro. Nos dijo que cada mes íbamos a leer un libro para platicarlo en clase.

Aquel primer año con Tony leímos a Pacheco, Elena Poniatowska, García Márquez, Amparo Dávila, José Agustín, Vargas Llosa, Carpentier, Miguel Hernández, Federico García Lorca… En fin, mucho de lo más granado del idioma castellano, en especial del siglo XX.

Lacie Slezak en Unsplash

Me encantó Lorca, y me dolió que ella me lo recomendara y no lo hubiera encontrado yo solita. No sé por qué a partir de ese momento le agarré mohín.

O, bueno, sí sé. Es cierto, yo leía. Leo desde que aprendí a hacerlo y nunca he parado. Pero en tengo una cultura desordenada, medio lega. No importaba: no iba a permitir que nadie me dijera qué leer. Y a partir de ese momento mi material de lectura dependía de Antonia, la Tonylada. No lo iba a permitir.

La guerra comenzó. No entraba a clase, saboteaba las discusiones literarias gritando a voz en cuello el final del libro, y una vez la mandé a saludar a su madre delante de todos mis compañeros. Tony tenía paciencia de santa conmigo. Sin ser la favorita de la maestra, Tony me tenía cariño, creo. Le gustaba que yo leyera, que de verdad disfrutara leyendo.

Foto: Jorge Fernández Salas en Unsplash

En su clase Tony permitía todo tipo de preguntas. Una vez un compañero alzó la mano (leíamos a Platón; con Tony leí por primera vez a los grandes clásicos) y le disparó: “Miss, ¿por qué todos los griegos son putos?”. La carcajada general no sacó de balance a la profesora . Nos dio una lección sobre la homosexualidad de los grecolatinos y la de hoy. Lo hizo a espaldas de las monjas, que se negaban a que los profesores nos hablaran de temas “que no les correspondían”. Se la rifó y gracias a eso aprendimos lecciones importantes para la vida.

Con Tony conocíamos algo más que el sujeto-verbo-predicado de las lecciones comunes de la clase de Español. Tony nos enseñó que la literatura nos ponía en los zapatos de los demás y caminar con ellos de la mano varias leguas.

A Tony la tuvimos los tres años de la secundaria. Cada clase era un descubrimiento. Yo no le dejé de tener el coraje y el cariño del primer curso. Cuando salí del último examen de su materia me dijo: “La voy a extrañar”. Yo, con toda la perversión de mi 14 años, le contesté: “Yo no”.

Me acordé de Antonia. Y desde acá, donde sea que estoy, le estoy profundamente agradecida.

Foto: Feliphe Schiarolli en Unsplash

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