Cuando las mujeres decidieron


Por Irma Gallo

Esta novela comienza con una nota aclaratoria de su autora, Miriam Toews, en la que narra los hechos que la inspiraron: entre 2005 y 2009, un grupo de mujeres y niñas pertenecientes a una colonia menonita en Bolivia, llamada Manitoba, fueron drogadas con anestésico para animales y violadas sistemáticamente.

Ellas hablan (Sexto Piso, 2020)”, advierte Toews, “es tanto una reacción a través de la ficción a estos hechos reales como un acto de imaginación femenina”.

Así pues, Miriam Toews decide contar esta historia a través de las actas de la reuniones que las mujeres de Molotschna sostienen (mientras los hombres están fuera de la comunidad porque los ocho violadores han sido encarcelados y los demás están buscando recursos para sacarlos de la cárcel) para decidir qué harán al respecto, una vez que han descubierto este crimen –que se suma a los actos cotidianos de violencia que el patriarcado de su comunidad impone sobre ellas y sus hijas–. Tienen tres opciones, que representan con dibujos pues no saben leer y escribir: 1, quedarse y no hacer nada; 2) quedarse y luchar; 2) irse.

Y aquí, en la forma en que la autora decide contar la historia, entra en juego el primer reto literario y sobre todo, de toma de posición política, para la autora: ¿quién toma nota, para dejar un registro de esas reuniones, si todas las mujeres de Molotschna son analfabetas?

Miriam Toews decide que será un hombre, August, el narrador de todas estas escenas, y por lo tanto, de la mayor parte de la novela. Así pues, esta entrevista comienza con esa pregunta: ¿por qué es un hombre el narrador en una novela en la que se trata un tema tan delicado, de violencia patriarcal?

Foto: Adam Rankin, para Nuvo

Desde su hogar en Toronto, gracias al milagro del Streamyard, Toews responde:
“Mucha gente me ha preguntado acerca del personaje masculino, un narrador masculino en un libro llamado Ellas hablan, porque es irónico. Pero creo que en ese momento no me pareció un riesgo; sólo me pareció que era lo que tenía que hacer. Era algo natural, auténtico, que debía hacer si iba a estructurar el libro a partir de las minutas de las reuniones, porque dado que las mujeres son analfabetas y no iban a poder escribirlas, y sólo los hombres en esa comunidad son educados –aunque tampoco mucho–, pero como August, el narrador, ha dejado la comunidad, fue el primero en hacerlo, fue educado de otro modo”.

“Lo que también estaba tratando de hacer es voltear los papeles, los roles estereotipados que tienen los hombres y las mujeres en este tipo de comunidades. Así que August está ahí para escuchar y aprender y entonces tomar lo que ha aprendido de las mujeres para educar a los niños a los que les da clases. Y las mujeres son las que hacen los planes, son las filósofas y las que toman la acción. Entonces, hay un poco de eso: de revertir los roles”.

Ona, quien invitó a August a tomar nota de las reuniones, es un personaje esencial. No sólo porque con ello desencadena la acción de la novela, sino porque dentro de la comunidad es considerada una outcast: es una mujer de mediana edad que ha conseguido mantenerse soltera, porque no le interesa casarse, pero además está embarazada como resultado de la violación.

Miriam Toews dice que se inspiró en su hermana, ya fallecida, para crear a Ona:

“Era mi única hermana, y pensé en ella cuando estaba creando al personaje de Ona: su inteligencia, y como dices, su dulzura, en el sentido de cómo las guía. Tiene cierto amor para todos, un amor genuino para todos, incluyendo a August”.

“También esa sensación de estar apartada de las otras mujeres; ha sido arrancada, de cierto modo: ignorada y desestimada por los mayores de la comunidad, por supuesto, y por la mayoría, que piensa que está loca”.

“Pero sabemos que no lo está; simplemente está tomando el control de su propia vida, y es, de cierto modo, una especie de profeta sabia en la comunidad. Suena muy extremo porque es una mujer común en muchos sentidos pero también es sabia, e influye en las demás mujeres de la comunidad, y en los hombres también”.

Un personaje de la altura de Ona tenía que tener su contraparte: Maliche es la mujer que a pesar de ser víctima de la violencia en carne propia –un día llega a la reunión con un ojo morado y la mandíbula rota porque el esposo volvió a la comunidad para recoger al ganado y venderlo, y de ese modo contribuir al pago de la fianza de los hombres que están presos–, constantemente discute todos los argumentos de Ona: rechaza la sola mención de la palabra “revolución”, por ejemplo.

“Mariche no quiere admitir que esto está sucediendo, porque ¿eso con qué las deja?, ¿cuáles son sus opciones?”, dice Miriam Toews. “Y tiene miedo, como la mayoría, porque no conocen el mundo de afuera. Saben que el mundo en el que están es un lugar violento, y que no están seguras y tampoco sus hijos, pero ignoran qué les espera en el mundo de afuera”.

“El personaje de Mariche tiene miedo y opone resistencia a esta idea de organizarse e irse. Pero también quiere escapar de la violencia y está aterrorizada. Sabe que en esa comunidad es obligación y deber de las mujeres quedarse con su esposo”.

En Ellas hablan, las mujeres discuten sobre temas como la igualdad de género, la violencia machista, el patriarcado y el feminismo sin llamarlos por sus nombres porque nunca han tenido acceso a la educación formal. Su escuela es el campo, la naturaleza de la que toman lo que necesitan para alimentarse y alimentar a su comunidad, y el hogar, donde son violentadas sistemáticamente, generación tras generación. Pero aunque no les den estos nombres impuestos, muchas veces desde la academia, saben que están hablando de temas fundamentales para su supervivencia; los ponen a la mesa, los discuten, los problematizan.

“La manera en que las mujeres hablan de ideas como la libertad, la justicia, el perdón o cualquier clase de idea filosófica, es dentro del contexto de su propia experiencia”, afirma la autora. “Por eso pueden comparar sus vidas, y preguntarse ¿somos animales?, ¿somos humanas? Pueden hacer metáforas del mundo que conocen, que es, en su mayor parte, natural: los animales, la naturaleza, el cielo, y ese tipo de cosas”, dice.

Foto: Adam Rankin, para Nuvo)

“Parece que hablan con simpleza y quizá hasta con ignorancia acerca de ciertas cosas pero no es así; están hablando de ideas realmente esenciales, como la libertad y la justicia; que significa ser humana, y lo que significa ser mujer. Es una conversación feminista, la que tienen, pero nunca la categorizarían de ese modo. Nunca la describirían así. No se piensan como feministas; ni siquiera conocen la palabra. Ni como radicales, ni como revolucionarias, nada de eso”.

Una frase que una de las mujeres pronuncia en las asambleas se marca como hierro a punto de fundición en la carne: dice algo así como que los varones usan a las mujeres hasta que una de 40 años de edad parece de 60, y hasta que sus úteros prácticamente caen al piso de la cocina. Y entonces se van en busca de una más joven.

Le pregunto a Miriam acerca de estas palabras lapidarias y me responde, que si bien no todas las familias de todas las comunidades menonitas son iguales,

“el número de incestos, violencia doméstica y ataques sexuales, es enorme. No tienen acceso a anticonceptivos. Hay familias con 10, 12 o 15 hijos. Mi abuela tuvo 13 hijos. Y ese es su rol, como esposas, como mujeres de esas comunidades”.

“Hay incesto entre padres e hijas, hermanos y hermanas” continúa. “Es un gran problema en estas comunidades porque están aisladas; no hay nada que las mujeres y los niños puedan hacer (o los hombres que también son violados) para conseguir ayuda”.

Ciertamente (y ¡qué bueno!) Ellas hablan no es un panfleto escrito con la sola intención de la denuncia. Ya la autora advirtió que se una ficción basada hechos reales; una respuesta, una creación de la imaginación. Una obra literaria con valor per se.

Pero ojalá también sirva para voltear a ver a estas ¿decenas o centenas de miles? de mujeres y niñas que sufren todo tipo de violencias en comunidades como estas.

Porque creo que este, también, debe ser el papel de la literatura.

Foto: Kevin Van Passeen para The Globe and Mail

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