El volantín


Por Vanessa Ortiz. Foto de portada: Alex Quezada en Unsplash

Don’t hang on/ nothing last forever/ but the earth and sky/ it slips away/ and all your money/ won’t another minute buy. 

Dust in the Wind, Kansas

Desde el día que abrí los ojos y llené mis pulmones con un grito agudo, ya estaba ahí. Te habitaba por todo el cuerpo, pero aún no te consumía. Muchas personas saben lo que es vivir con esa carga tan pesada y cansada. Yo lo he conocido toda mi vida, aunque nunca en carne propia. Solamente te habita a ti. Empezó siendo muy noble, prácticamente invisible. Pocos podían notarlo porque te movías con agilidad, fumabas Marlboro blanco y hablabas tanto de como corriste aquel Jueves de Corpus. Era tan silencioso como los aros de humo que dibujabas en el cielo todos los domingos para mí.

¿Recuerdas cuando me llevabas al parque? Veíamos al señor que vendía tejuino y aquellos cuerpecitos risueños volando cometas. El olor a churros freídos en aceite requemado. El vuelo de las semillas del diente de león arrastrado por el viento fresco. Me subías al volantín y empujabas mi cuerpo. Yo gritaba porque sentía tanta alegría que no me cabía en el pecho. Siempre me gustó sentir vértigo, aunque nunca pensé que al final lo que más apreciaría sería poder tocar el suelo. Poder sentir mis pies en el pasto junto a los tuyos. Que me limpiaras los mocos, me tomaras cuidadosamente de los hombros para bajarme de aquel juego y me susurraras con ternura “yo nunca te voy a soltar.”

Ahora me siento de nuevo en ese volantín. Siento como el viento me revuelve el cabello y los brazos se cansan de sostener mi cuerpo. Siento como mis manos tiemblan porque ya pasó mucho tiempo. Siento como mis pies flaquean y se vuelven pesados. Pero no sé cómo parar, no puedo parar porque tú nunca me soltaste y yo nunca te podré soltar. Y a pesar de sentir este vértigo, de no ver un final cercano ni lejano, a pesar de que mis brazos ya no pueden sostener mi cuerpo, aun te sostengo.

Foto: michael schaffler en Unsplash

Tenía 11 años cuando por primera vez tuve que meterte una aguja. Ella me enseñó cómo hacerlo con mucha paciencia usando cítricos que simulaban tu barriga. “Mira, así la tienes que agarrar. Fíjate bien porque no puedes dejar ni una sola burbuja.” Porque las burbujas son hermosas cuando los niños las soplan en el parque y las truenan con un aplauso, pero las que nacen dentro de ese tubo pueden ser mortales. Así que lo tomo entre mis pequeñas manos y usando mi índice y mi pulgar lo golpeo lo mejor que puedo. Lo golpeo como si al hacerlo, pudiera terminar con todos mis miedos. Porque la vida se acaba, aunque no me imaginaba que pudiera ser culpa de aquello que perseguía de pequeña cuando íbamos a Mazamitla.

Aprendí para qué sirve la atorvastatina y que la insulina glargina no es lo mismo que la humana. Aprendí que una persona puede tomar 8 pastillas cada comida y que el café no puede llevar azúcar. Aprendí que el plátano tiene mucho fósforo y por eso no te puedo volver a hacer tu licuado favorito. Aprendí que se necesitan dos galletas para dejarte quince días en el hospital y que nunca más puedas caminar sin trastabillar. Aprendí que antes no me lavaba bien las manos y que ya no puedo usar esmalte en mis uñas. Aprendí que necesitas dos bolsas al día de una solución con sodio, cloro y carbonato de hidrógeno y que el catéter se cierra con un tapón con yodo. Aprendí que la máquina pita toda la noche si no tomas suficiente agua y que tú nunca lo haces. Aprendí que si te sube el colesterol si hay solución, pero si te sube la creatinina te conviertes en un humanoide, en un robot.

Aunque ya pasaron 15 años desde la última vez que estuve en ese volatín, aun siento como el viento me revuelve el cabello y como mis brazos se cansan de sostener mi cuerpo y tu cuerpo. Quisiera bajarme de este juego que me sigue arrastrando, dando vueltas y que parece que no tiene final. Quisiera que se detuviera, que parara, que me dejara respirar y sentir mis pies de nuevo en el pasto. Sentir tus pies a mi lado. Quisiera caerme, tomar tu mano e irnos juntos a comer un helado.
Antes me gustaba el vértigo del volantín, pero hoy quisiera poder sentir la calma que en mí habitaba cuando aún era niña, cuando eras tú quien me sostenía y cuando esta chingadera todavía no te consumía.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s