Sobre la experiencia trans y los avatares de la representación


Por Gilberto Cornejo Álvarez

Conocí a La Veneno como la mayoría de las personas de mi generación: fragmentos de sus apariciones en la televisión, especialmente de las entrevistas donde se enojaba, se viralizan por temporadas en internet. Así, mi primer recuerdo de ella es el de una mujer extremadamente pálida, con un vestido largo que se pelea con el conductor porque la considera una persona sin cultura. Reconozco que en ese primer acercamiento me dio risa y un poco de miedo. 

No imaginé que en unos años me fascinaría la historia de la vedette Cristina Ortiz, popularmente conocida como La Veneno, ni que su serie estrenada en marzo del año pasado en una plataforma española de suscripción lograría capturar la atención del mundo y daría el salto a HBO, para el disfrute de todas las audiencias. ‘Veneno’ — de ocho episodios, creada por Javier Ambrossi y Javier Calvo— se sumó a la lista de producciones que hicieron del 2020 el año de las representaciones positivas de la comunidad trans. 

Fotograma de Veneno. © Artesmedia

Porque aunque el 2020 pasara a los libros de historia como el año pandémico, en una tesitura más agradable fue también el año de las representaciones positivas de la sexodiversidad, con énfasis en la comunidad trans. En este tenor, encontramos dentro de la industria del entretenimiento, además de ‘Veneno’, los documentales ‘Disclosure: ser trans más allá de la pantalla’, de Sam Feder (disponible en Netflix) y ‘Transhood’, de Sharon Liese (disponible en HBO). A la lista anterior tenemos que sumar un momento más, aunque del universo literario: la novela  Las malas (Tusquets, 2019), de Camila Sosa Villada, que se alzó con el premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2020.

Y es que aunque parezca que la única relación entre estas cuatro obras es que tienen a protagonistas trans, nos permiten ahondar en las pulsiones que existen en la(s) experiencia(s) trans y que encuentran eco en Estados Unidos,  Argentina y España. Así, tomando como base ‘Veneno’, desglosemos algunas de estas historias compartidas y rescatemos algunas lecciones importantes en materia de representación trans para los productos culturales. 

A muy temprana edad Cristina Ortiz conoció la violencia: en la localidad de Adra le llamaban maricón por ser diferente. Y en su familia, núcleo que en teoría debería mantenerle a salvo, se enfrentó con el rechazo de su madre, que no teme en recurrir a los golpes para corregir sus amaneramientos. Aunque en otra tesitura, esta es la misma violencia que enfrentan Leena, Jay, Avery y Phoenix —protagonistas de ‘Transhood’—en la Ciudad de Kansas, cuando comienzan su transición en la infancia/adolescencia, situación que obligó a Avery a ser educada en casa. 

Y aunque la violencia nunca se va, así lo confirman las declaraciones de las figuras que aparecen en ‘Disclosure’, la situaremos en un segundo plano temporalmente para poner la atención en la creación de familias, comunidades y resistencias trans. Ya que lxs trans han sido excluidxs sistémicamente a la periferia, es allí con otrxs marginalizadxs, donde han construido afectos, tejido redes y resistido. Para el caso de La Veneno, la familia la encontró en el Parque del Oeste, mientras que Camila, protagonista de Las malas, lo hizo en el Parque Sarmiento. 

La caja de resonancias y los juegos de espejos no paran ahí: ambas mujeres ejercen la prostitución, la única forma que han encontrado para conseguir algo de dinero. Al respecto, Nick Adamas señala en ‘Disclosure’ que el grueso de las representaciones de las mujeres trans en los medios de comunicación es como prostitutas, lo que plantea una situación compleja. 

Disclosure. Foto: Netflix

El también director del área de  representación trans en los medios de comunicación de Gay and Lesbian Alliance Against Defamation (GLAAD) señaló que es cierto que en Estados Unidos, hasta principios del siglo XX, el grueso de las mujeres trans ejerció la prostitución, aunque no por decisión propia, sino obligadas por las faltas de oportunidades. Sin embargo, los tiempos han cambiado y con nuevos mecanismos de inclusión las desigualdades entre personas cis y trans disminuyen. El problema radica en que en series y películas se sigue presentando a este sector como trabajadoras sexuales, lo que valida un imaginario anacrónico que alimenta un discurso de odio. 

Esto va de la mano con el grueso del canon de los productos culturales: la diversidad sexual ha sido retratada desde la cisheterosexualidad y con resultados verdaderamente catastróficos. Cintas como ‘El silencio de los inocentes’ (1991) o ‘Vestida para Matar’ (1980) —específicamente la secuencia en la que Michael Cane aparece “vestido como mujer” y mata a Angie Dickinson en el elevador— dieron a las personas la idea de que las personas trans tienen problemas mentales y asesinan a otras personas, especialmente mujeres.  

Y cuando las representaciones trans no se centran en la narrativa de asesinx sanguinario, su existencia es sólo un alivio cómico —‘Soap Dish’ (1991)— o como apoyo para el desarrollo del personaje principal, especialmente si éste es un hombre cisheterosexual —‘El club de los desahuciados’ (2014). Por ello, la existencia de producciones como ‘Veneno’, ‘Transhood’ y ‘Disclosure’ es tan importante: son auténticas. Sin afán de ofender, los productos que han realizado de la comunidad LGBT+ las personas cisheterosexuales son prácticamente fanfics y muestran el profundo desconocimiento acerca de la(s) experiencia(s) de la heterodisidencia. 

Por ello, estas narrativas que parten de la primera persona —‘Veneno’ se basa en las memorias de la vedette: ‘¡Digo! Ni puta, ni santa. Las memorias de La Veneno’ (2016), amén de que contó con la asesoría de Valeria Vegas, periodista y amiga de Cristina, que compiló sus memorias— y que se originan desde la periferia tienen no sólo un aire de autenticidad, sino que son una verdadera reivindicación sobre la materia. 

A la heteronorma siempre le ha gustado que la única diferencia que exista sea aquella que no se pueda ver, que se porte bien (es decir, dentro de los parámetros del binarismo), los cuerpos fácilmente identificables (el temor que causan las corporalidades transgénero porque “no han concretado” el cambio, y de la invisibilización intersexual mejor ni hablamos), que no incomode y que sirva como alivio cómico o para el desarrollo personal de lo cis. 

Portada de Las Malas. © Irma Gallo

Fue en este contexto que ‘Las malas’ llegó para poner al centro temas que al cis-tema siempre han incomodado. Allí, donde se pidió que lxs cuerpos tienen que ser fácilmente identificables (en todos los sentidos) llegaron las Camilas —Camila Sosa Villada y Camila narradora— a darle el foco a un grupo de travestis; a la diferencia que se le pidió que se quedará en las sombras y se portara bien la retratan como una que trabaja de noche, pero que no por ello es incapaz de construir afectos entre pares ni de sentir placer (pecado original); y lo más importante, a aquellxs a los que Clarice Starling definió como pasivos están llenxs de vida: tienen vida social, celebran la vida y también sienten una rabia por todos los tipos de violencia (estructural, simbólica, física) que enfrentan en el día a día. 

Antes de esta publicación, salvo algunas excepciones como las de Lemebel o la de Mayra Santos-Febre, no existía un retrato en primera persona de la experiencia de la heterodisidencia y mucho menos de la experiencia trans. El siglo XX fue testigo del nacimiento de la loca del barrio, una figura del travestismo que en ocasiones servía como burla, en otras para cargar con los males de toda una comunidad y, en menor medida, como un reto para los roles cerrados del género y de la sexualidad (literatura de señoros o de cñores al final del día). Y entonces llegó la familia de travestis liderada por la tía Encarna con la misma solicitud que hizo La Veneno a su madre antes de salir en la televisión: ¡Mírame!

Pedro Lemebel

Esa es la misma solicitud que tienen esas producciones, que veamos a la comunidad trans como es y en todos sus matices, no como el retrato malvado-caricaturizado-desdibujado-unidimensional que los medios y las representaciones nos han vendido por año. Salieron de las sombras y destaca que sus creadores (Camila Sosa Villadas, Valeria Vegas, Cristina Ortiz) e intérpretes (Daniela Santiago, Isabel Torres, Paca La Piraña) son parte de la comunidad trans. Estamos avanzando en materia de representaciones positivas y aun así falta mucho (no podía ser de otra forma considerando el atraso en el reconocimiento de los derechos humanos de la sexodiversidad). 

Para el caso particular mexicano siguen sin aparecer en los espacios tradicionales personas trans (relegadas a la creación de contenidos en redes sociales) y peor aún, en televisión abierta se continúa con el discurso de odio en contra de esta parte de la sexodiversidad: el 05 de enero de este año la ex reina de belleza Lupita Jones hizo declaraciones transfóbicas en compañía de un periodista que la entrevistaba: desde “hombres que se convierten en señoras” hasta “hay espacio para todos” (en referencia a que las mujeres trans no deberían competir en Miss Universo), el odio estuvo a la orden del día. 

Lo anterior no sería tan alarmante si nuestro país no fuera el segundo —sólo detrás de Brasil— en crímenes de odio contra las personas trans y el caso de la doctora Elizabeth Montaño lo confirmó el año pasado. Y pese a ello la sexodiversidad, con énfasis en la comunidad trans, seguirá existiendo, resistiendo, tejiendo redes y tomando todos los espacios. Las representaciones positivas son un primer paso, y una vez que aterricen en México, esperemos que al igual que Cristina, todxs puedan bailar ‘Always On My Mind’ mientras recuerdan los mejores momentos de su vida. 

Gilberto Cornejo Álvarez. Periodista cultural para Crea Cuervos. Escribo sobre cine, televisión y representación en Los Lunes Seriéfilos. En La libreta de Irma practico el ensayo y la reseña. Amante de la ficción especulativa y las letras LGBT+

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